La sangre no marca goles

 

Rue20 Español/Madrid

Abdelhamid Beyuki*

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       «Rajoy, el fútbol y el viejo espejismo de las identidades puras».

Hay debates que duran noventa minutos y otros que llevan siglos disputándose. El partido entre España y Francia terminó con un marcador; la discusión sobre quién tiene derecho a vestir una camiseta nacional sigue sin conocer el pitido final.

Bastó una frase de Mariano Rajoy para que Europa volviera a mirarse al espejo. Ya no se hablaba de fútbol, sino de sangre; ya no de goles, sino de genealogías. Como si el derecho a pertenecer a una nación pudiera medirse con un árbol genealógico o con el color de la piel.

El problema no es únicamente lo que dijo un expresidente del Gobierno. Lo preocupante es que esa idea continúa encontrando eco, la sospecha permanente hacia quien tiene un apellido extranjero, un rostro distinto o unos padres nacidos al otro lado del mar. Como si la ciudadanía necesitara una certificación étnica.

Si siguiéramos esa lógica hasta sus últimas consecuencias, España tendría que expulsar de su memoria a buena parte de sus propios héroes. No habría espacio para quienes llegaron de Irlanda, de Italia, de Flandes o de Francia y terminaron formando parte de la historia española. Tampoco para millones de ciudadanos cuya historia familiar comenzó en otro lugar pero cuya vida, sus impuestos, sus alegrías y sus derrotas pertenecen plenamente al país donde nacieron.

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La paradoja resulta fascinante.

Europa, que durante siglos exportó población, cultura y poder hacia los cinco continentes, descubre ahora que aquellos viajes también regresan. Los hijos de la historia llaman a la puerta de la historia. El nieto del inmigrante marca un gol para Francia; el hijo del refugiado decide un campeonato para España; el muchacho cuyos padres llegaron desde Ghana, Marruecos o Argelia canta con absoluta naturalidad un himno nacional que algunos todavía creen reservado para otros.

El fútbol únicamente hace visible una realidad mucho más profunda.

Porque las selecciones nacionales han dejado de ser el retrato de una supuesta pureza para convertirse en el espejo de sociedades complejas. Francia, Inglaterra, Bélgica, Portugal, Países Bajos o España ya no pueden explicarse con los mapas del siglo XIX. Tampoco Marruecos.

La selección marroquí constituye el reverso exacto del mismo fenómeno. Buena parte de sus internacionales nacieron o crecieron en Europa. Hablan varias lenguas, estudiaron en escuelas europeas y fueron formados por academias europeas. Sin embargo, eligieron representar al país de sus padres o de sus abuelos. ¿Son menos marroquíes? Difícil sostenerlo cuando emocionan a millones de personas desde Tánger hasta Lagüera.

La identidad ha dejado de ser una línea recta para convertirse en un puente.

Y quizá ahí reside la gran dificultad de nuestro tiempo.

Hace ya un cuarto de siglo, Amin Maalouf escribió en Identidades asesinas que el mayor error consiste en reducir al ser humano a una sola pertenencia. Cuando obligamos a alguien a elegir entre una parte de sí mismo y otra, comenzamos a fabricar resentimientos. Ningún individuo es únicamente su nacionalidad, ni su religión, ni su lengua, ni el país donde nació. Somos la suma de nuestras historias.

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Juan Goytisolo fue todavía más lejos. Defendió que las identidades puras son una ficción peligrosa y que la única identidad verdaderamente humana es mestiza, híbrida, «bastarda». Una afirmación que escandaliza a quienes necesitan fronteras perfectamente delimitadas para sentirse seguros, pero que describe con extraordinaria precisión la realidad del Mediterráneo.

El Mediterráneo nunca fue una muralla.

Fue un inmenso lugar de mezcla.

Fenicios, romanos, judíos, árabes, amazig, castellanos, portugueses, italianos, franceses… Todos dejaron palabras, músicas, recetas, técnicas, arquitectura y memoria. Pretender que cualquiera de nuestras naciones es el producto de una sola raíz constituye una negación de la propia historia.

Por eso sorprende que todavía existan discursos empeñados en buscar certificados de autenticidad nacional.

Sin embargo, tampoco conviene caer en el extremo contrario.

Existe una tentación creciente de utilizar el multiculturalismo únicamente cuando resulta útil. Algunos celebran la diversidad mientras gana partidos o genera beneficios económicos, pero la cuestionan cuando aparecen problemas sociales o tensiones de integración. Otros hacen exactamente lo contrario, convierten cualquier éxito deportivo en prueba irrefutable de una convivencia perfecta que, evidentemente, todavía presenta enormes desafíos.

Ni el racismo explica toda la realidad.

Ni la diversidad resuelve por sí sola todas las dificultades.

La integración exige derechos, pero también deberes; reconocimiento mutuo, pero también un proyecto común. Una nación democrática no puede definirse por el origen biológico de sus ciudadanos, pero tampoco puede sobrevivir sin una cultura cívica compartida que permita convivir a personas con historias muy distintas.

El fútbol, con toda su aparente frivolidad, ha terminado convirtiéndose en un extraordinario laboratorio político.

Cada convocatoria de una selección nacional plantea preguntas que hace apenas unas décadas parecían impensables. ¿Qué pesa más, el lugar de nacimiento, la sangre, la educación, la cultura, la voluntad, el afecto? ¿Puede alguien sentirse plenamente francés y plenamente africano? ¿Español y marroquí? ¿Europeo y árabe? La respuesta de millones de ciudadanos ya no es una elección excluyente, sino un rotundo sí.

Quizá el verdadero problema no sea la complejidad de las identidades.

Quizá el problema sea nuestra incapacidad para aceptar que las identidades ya no caben en las viejas categorías.

Europa está aprendiendo a convivir con esa realidad.

África también.

Y el resto del mundo no tardará en hacerlo.

Las patrias del siglo XXI probablemente no se parecerán a las imaginadas por los nacionalismos del siglo XIX. Serán más diversas, más contradictorias y, precisamente por ello, más difíciles de definir. Pero también pueden ser más libres.

En el fútbol, como en la democracia, el único fuera de juego debería ser el racismo.

La verdadera patria no es la de los apellidos. Es la de los ciudadanos, carajo…

*Experto en las relaciones hispano-marroquíes.

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