Rue20 Español/Rabat
El Abbas Tahri Joutey Hassani
En el tablero energético del continente, tres naciones dibujan el futuro del hidrógeno limpio africano. Entre ellas, Marruecos no solo aparece como protagonista, sino como país llamado a liderar una transformación que, de concretarse, redibujaría el mapa de suministro energético entre África y Europa. Sin embargo, la distancia entre los planes estratégicos y la tierra movediza de la inversión efectiva sigue siendo abismal.
Un reciente informe de la Unidad de Investigación sobre la Energía sitúa al Reino junto a Egipto y Namibia como el trío que, en 2030, concentrará más del 80 % de la producción de hidrógeno limpio de África. La cifra suena contundente, pero esconde una paradoja: el continente entero apenas produce hoy unas 6.000 toneladas de hidrógeno de bajas emisiones, y solo el 2 % de los proyectos anunciados ha logrado alcanzar la Decisión Final de Inversión (FID), ese umbral técnico y financiero que separa la promesa del cemento.
Marruecos no espera sentado. En febrero de este año, el jefe del Gobierno, Aziz Akhannouch, rubricó en Rabat los contratos preliminares de reserva de suelo con cinco consorcios internacionales, un paso que la administración calificó como un «giro decisivo» hacia la fase operativa. La operativa se enmarca en la «Oferta Marruecos», el dispositivo institucional lanzado en marzo de 2024 por instrucciones del Rey Mohamed VI y que pone sobre la mesa un millón de hectáreas de terrenos públicos —300.000 en una primera fase— para albergar proyectos integrados de generación renovable, electrólisis y transformación en amoníaco, metanol o combustibles sintéticos.
El presupuesto gravitacional de esta oferta supera los 319.000 millones de dirhams, cerca de 30.000 millones de euros, una cifra que ilustra la dimensión de la apuesta. La Agencia Marroquí para la Energía Sostenible (MASEN) actúa como interlocutor único y ventanilla de trámites, un mecanismo diseñado para acortar la distancia entre el inversor y la administración. El objetivo oficial no es modesto: capturar el 4 % de la demanda mundial de hidrógeno para 2030.
Pese al impulso marroquí, el diagnóstico continental es frío. El informe estima que, si los 31 proyectos actualmente en desarrollo entran en funcionamiento, África podría alcanzar 1,2 millones de toneladas de hidrógeno limpio en 2030. Pero ese «si» condicional pesa toneladas. Hasta la fecha, apenas dos proyectos a pequeña escala operan en el continente, ambos en Namibia, con una capacidad conjunta de 23,5 megavatios. El resto vive en un limbo de estudios de prefactibilidad y memorandos de entendimiento.
La electrólisis es la tecnología elegida: 17 gigavatios de capacidad instalada proyectada, con una media de 560 megavatios por proyecto. Pero sin contratos de compra a largo plazo y sin infraestructuras de transporte consolidadas, la financiación se resiste. El Consejo de las Industrias Energéticas (EIC) advierte que la ausencia de acuerdos de offtake vinculantes, sumada a costos todavía elevados y a la escasez de redes de tuberías, frena la conversión de anuncios en realidades operativas.
Más allá de los obstáculos, el argumento geográfico y climático resulta implacable. África concentra más de 1.000 teravatios de potencial solar y eólico terrestre, y más del 60 % de ese recurso se localiza en países que han adoptado políticas explícitas de transición energética. Marruecos, con sus costas atlánticas y sus vastos territorios del sur, posee algunos de los mejores factores de capacidad eólica y solar del planeta. La proximidad con Europa —a apenas 14 kilómetros del continente— convierte al Reino en candidato natural para abastecer un mercado que, impulsado por el Pacto Verde, prevé importar 10 millones de toneladas de hidrógeno renovable para 2030.
Alemania ya ha señalado a Marruecos como socio prioritario dentro de su iniciativa H2Global, y el corredor H2Med —que podría extenderse hasta el norte de África— aparece como una vía potencial para canalizar ese flujo. La reconversión del gasoducto Magreb-Europa es, en este sentido, una pieza estratégica que el Reino no ha dejado de barajar.
Curiosamente, mientras el hidrógeno verde —obtenido por electrólisis con energías renovables— acapara titulares, su primo azul permanece inaudible en el continente. Pese a que África alberga el 7 % de las reservas mundiales de gas natural, concentradas en Nigeria, Argelia, Egipto y Libia, no existe hoy ningún proyecto comercial de hidrógeno azul en marcha. La única excepción es una planta de procesamiento de gas en Libia, con capacidad para 1,6 millones de toneladas y entrada en funcionamiento prevista antes de 2030. El resto del continente parece haber apostado decididamente por la vía verde, dejando el azul en un limbo de oportunidad no explorada.
La ambición no se detiene en la próxima década. El informe identifica 20 proyectos adicionales cuya operación está prevista para después de 2030. Si llegan a buen puerto, elevarían la capacidad productiva del continente hasta 8,5 millones de toneladas anuales, de las cuales más de 1,9 millones corresponderían a Egipto. Para Marruecos, la meta a 2050 es aún más expansiva: 10 millones de toneladas anuales, 12.000 millones de dólares en ingresos y 100.000 empleos creados, según la hoja de ruta nacional.
Pero el camino es de resistencia. La escasez hídrica, la necesidad de plantas desalinizadoras, la ampliación de redes eléctricas y la incertidumbre regulatoria son obstáculos que Marruecos comparte con sus vecinos. La OCP, gigante fosfatario del país, ya trabaja con Engie en la escalada de amoníaco verde, mientras que el consorcio T2 HE —con TotalEnergies y EREN Group— avanza en la región de Guelmim-Oued Noun con un proyecto de 1 gigavatio destinado a producir 200.000 toneladas anuales de amoníaco verde para el mercado europeo.
En la carrera del hidrógeno limpio, África corre, pero todavía no ha salido de los bloques. Marruecos, al menos, ha tomado la delantera en el dibujo de la pista.
