Rue20 Español/Houston
La selección marroquí no conoce el techo. Cuatro años después de haber pulverizado todos los pronósticos en Catar, el equipo nacional ha vuelto a escribir una página inédita en los anales del fútbol mundial.
La victoria por tres goles a cero sobre Canadá en los octavos de final de la Copa del Mundo 2026 no solo selló el pase a cuartos; confirmó a Marruecos como la primera nación africana y árabe en repetir, de manera consecutiva, esta gesta en la cita orbital del balompié.
El partido disputado en el NRG Stadium de Houston fue un ejercicio de madurez. Donde otros equipos hubieran sentido la presión de la historia, los hombres de Walid Regragui desplegaron un fútbol de alta intensidad, ordenado y letal, que dejó a la selección canadiense sin opciones reales de reacción. El marcador de 0-3 refleja una superioridad construida desde la concentración defensiva que caracterizó a esta generación en Catar 2022, pero también desde una contundencia ofensiva que ha ido creciendo a lo largo del torneo norteamericano.
El camino hasta este momento no ha sido lineal, lo cual hace más valioso el logro. En la fase de grupos, el empate inaugural ante Brasil (1-1) en el MetLife Stadium de Nueva Jersey ya dejó entrever que esta selección no era una visitante más. La victoria por la mínima sobre Escocia en Boston y el triunfo por 4-2 ante Haití en Atlanta permitieron a los Leones del Atlas terminar segundos en el Grupo C, detrás de la Verdeamarela. Sin embargo, fue en la fase eliminatoria donde el carácter del equipo se reveló en toda su dimensión. En Monterrey, ante Países Bajos, el empate a un gol se resolvió en la tanda de penales con una sangre fría memorable: 2-3 desde los once metros, con una actuación decisiva de Bono y una definición certera de los lanzadores marroquíes.
Contra Canadá, la historia fue diferente. No hubo necesidad de llegar a los penales. El dominio fue tal que el marcador de 0-3 apenas condensa la superioridad ejercida sobre un conjunto canadiense que, pese a contar con el factor local en el torneo tripartito de Estados Unidos, Canadá y México, no encontró respuesta al ritmo impuesto por los marroquíes.
Lo que ocurrió este 4 de julio trasciende el resultado aislado. Marruecos se ha convertido en la primera selección del continente africano y del mundo árabe en acceder a los cuartos de final en dos ediciones consecutivas de la Copa del Mundo. Antes de esta generación, el techo continental estaba fragmentado: Camerún lo tocó en Italia 1990, Senegal en Corea-Japón 2002 y Ghana en Sudáfrica 2010. Tres selecciones distintas, tres momentos brillantes pero esporádicos. Ninguna había logrado repetir la hazaña, y mucho menos de forma seguida.
Pero los números solo cuentan la mitad de la historia. En Catar 2022, esta misma generación —con los Hakimi, Ziyech, Amrabat, Saïss y Bono como alma del proyecto— ya había roto la barrera del cuarto de final para convertirse en la primera selección africana y árabe en semifinales de un Mundial. Aquella gesta, que culminó con el cuarto puesto, cambió la percepción global del fútbol marroquí y africano. Lo que ocurre ahora en Norteamérica demuestra que aquello no fue un relámpago en la noche, sino la consolidación de una escuela de juego, de una identidad y de un proyecto deportivo que ha sabido renovarse sin perder su esencia.
La cifra de dos presencias consecutivas en cuartos de final coloca a Marruecos en una dimensión inédita para el fútbol del continente. No es solo el mejor historial de una selección africana en la historia de los Mundiales; es una declaración de que el éxito puede ser sostenible, que la excelencia no tiene por qué ser accidental en estas latitudes.
El horizonte, lejos de detenerse aquí, apunta a Boston. El próximo 9 de julio, los Leones del Atlas se medirán al vencedor del duelo entre Francia y Paraguay, programado para la misma jornada del 4 de julio en Filadelfia. La posibilidad de repetir, o incluso superar, la gesta de 2022 está viva. Y si algo ha demostrado esta selección es que los límites están para ser desdibujados.
En un torneo que se juega en suelo norteamericano, Marruecos ha convertido cada estadio en un fragmento de casa. La diáspora marroquí, presente en Houston, Boston, Nueva York y Atlanta, ha tejido una red de apoyo que hace sentir a los jugadores como si disputaran cada partido con el estruendo del Estadio de Tánger o del Moulay Abdellah de Rabat a sus espaldas. Esa conexión entre equipo y afición es, en sí misma, otra forma de victoria.
El fútbol africano y árabe tiene, desde hoy, un nuevo punto de referencia. Y lleva el nombre de Marruecos.
