Rue20 Español/Rabat
Hay selecciones que pierden partidos. Y hay selecciones que, además, pierden la compostura. Senegal, a estas alturas del año futbolístico, ha demostrado pertenecer sin discusión al segundo grupo.
Lo de Seattle, con las protestas y el intento de Pape Thiaw Siss de sentarse sobre el punto de penalti para desconcentrar a Tielemans, no fue un exabrupto aislado. Fue la confirmación de un patrón que Rabat ya había dejado escrito con letras mayúsculas cinco meses antes.
Conviene recordar los hechos con la frialdad que los senegaleses no fueron capaces de mantener. El 18 de enero de 2026, en el Estadio Príncipe Moulay Abdellah, Senegal se adjudicó momentáneamente el resultado sobre el campo por 1-0 frente a Marruecos, un resultado que nunca llegó a consolidarse como título. Lo consiguió, además, después de un episodio que debería avergonzar a cualquier federación con vocación de grandeza: ante un penalti señalado a favor de los locales por una falta sobre Brahim Díaz, el seleccionador Pape Thiaw ordenó a sus jugadores abandonar el terreno de juego. El partido quedó suspendido durante unos catorce minutos.
Ese detalle importa más de lo que parece. Porque incluso dentro del vestuario senegalés hubo quien entendió que abandonar el campo era una vergüenza impropia de una selección con aspiraciones de campeona. El problema es que esa lucidez llegó tarde y a medias: los futbolistas volvieron, sí, pero el gesto ya había quedado registrado en las actas, en las cámaras y, finalmente, en la memoria institucional del fútbol africano.
La Confederación Africana de Fútbol tardó dos meses en hacer justicia, pero la hizo. El 17 de marzo, la Junta de Apelación resolvió que la conducta senegalesa constituía una incomparecencia administrativa conforme a los artículos 82 y 84 del reglamento, y adjudicó el título a Marruecos por un contundente 3-0 en el papel. La conclusión, por tanto, no admite matices: Senegal no fue campeona de la Copa Africana de Naciones 2025. El campeón es Marruecos, por resolución oficial de la CAF, y así consta en el palmarés del torneo mientras el recurso senegalés ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) sigue pendiente de resolución. Todo lo demás —desfiles, coronas fotografiadas, discursos de agravio— es ruido posterior a un veredicto que ya existe. No fue un capricho ni una maniobra de despacho, como quisieron presentarlo desde Dakar: fue la aplicación literal de una norma que existe precisamente para que ningún equipo se erija en juez de las decisiones arbitrales a golpe de plantón.
La reacción senegalesa, sin embargo, fue reveladora. En lugar de asumir con deportividad una sanción fundamentada en su propio reglamento, la federación y el propio Gobierno de Senegal optaron por la épica del agravio. El secretario general de la FSF, Abdoulaye Sow, llegó a calificar a la CAF de organismo corrupto. El seleccionador se dejó fotografiar con el trofeo semanas después de que ya no le perteneciera. El propio presidente Bassirou-Diomaye Faye cambió su foto de perfil para mostrar una copa que, oficialmente, ya no era senegalesa. Todo un ejercicio de desafío institucional disfrazado de orgullo nacional, cuando en realidad no era más que la negativa a mirar de frente un error propio.
Lo de Seattle, el 1 de julio, confirma que la lección no se aprendió del todo, aunque esta vez el cálculo pesara más que el arrepentimiento. Cuando el árbitro hondureño Said Martínez señaló penalti por la entrada de Lamine Camara sobre Youri Tielemans en el 119, y Bélgica remontó un 0-2 hasta el 3-2 definitivo, los jugadores senegaleses no repitieron la salida del campo. Rodearon al colegiado, protestaron, perdieron minutos preciosos con el sentado teatral sobre el punto fatídico. Pero no se fueron. Y no hace falta demasiada perspicacia para entender por qué: el 28 de abril, el IFAB había aprobado a propuesta de la FIFA una norma que permite expulsar a cualquier jugador que abandone el campo en señal de protesta, y el reglamento del Mundial castiga con la derrota automática al equipo responsable de suspender un partido. Senegal no se contuvo por convicción deportiva. Se contuvo porque la nueva letra pequeña convertía la rabieta en un suicidio competitivo.
Ese matiz es importante para no caer en la ingenuidad de premiar una contención que fue puramente instrumental. El propio Thiaw, tan resuelto para las declaraciones incendiarias tras Rabat, se mostró esta vez extrañamente cauto, admitiendo ante la prensa senegalesa que «los penaltis pueden dar lugar a distintas interpretaciones». Qué distinto discurso del que sostuvo cuando el perjudicado, según su relato, era su propia selección. La coherencia, para ciertos técnicos, parece depender exclusivamente de a quién beneficia el marcador.
Nadie exige a Senegal que renuncie a discrepar de un árbitro; eso forma parte del juego y ocurre en todas las canchas del mundo. Lo que resulta insostenible es la construcción sistemática de un relato de víctima cada vez que una decisión no le favorece, sea en una final continental disputada en casa ajena o en unos dieciseisavos de un Mundial.
El fútbol africano y el fútbol mundial no necesitan selecciones que abandonen el campo cuando pierden el control del partido; necesitan selecciones que compitan, que acepten el VAR como lo que es —una herramienta, no un enemigo— y que entiendan que perder con la cabeza alta vale más que ganar con el berrinche por bandera. Senegal tiene talento de sobra para no necesitar excusas. Ya es hora de que lo demuestre también en la manera de perder.
