Rue20 Español/ Fez
Meryem Ghoua
Mientras las grandes figuras acaparan focos y portadas, los Mundiales también construyen héroes silenciosos. Futbolistas que no necesitan un gol espectacular para dominar un partido, porque su influencia se mide en cada recuperación, en cada pase que rompe líneas y en cada metro recorrido para sostener el equilibrio colectivo. Marruecos, una vez más, está demostrando que su crecimiento no responde únicamente al talento de sus estrellas ofensivas, sino a la aparición de una generación que entiende el fútbol como una obra coral, donde cada pieza tiene un propósito.
La selección que maravilló al planeta en Qatar 2022 ha cambiado de rostro sin perder su identidad. Bajo la dirección de Mohamed Ouahbi, los Leones del Atlas han encontrado nuevas voces que enriquecen una historia que sigue escribiéndose con ambición. Achraf Hakimi continúa siendo el líder natural, Ismael Saibari deslumbra con su creatividad y Ayoub Bouaddi representa el futuro. Sin embargo, hay un nombre que, lejos del ruido mediático, se ha convertido en el auténtico motor del equipo: Neil El Aynaoui.
Como destaca el diario Marca, el centrocampista nacido en Nancy ha dado un paso al frente hasta convertirse en el «capitán general» de la sala de máquinas marroquí, una figura indispensable en el equilibrio de una selección que ya ha asegurado su presencia en los octavos de final del Mundial.
Su historia, además, parece escrita contra cualquier pronóstico. Hijo del legendario tenista marroquí Younes El Aynaoui, todo apuntaba a que su destino estaría ligado a las pistas de tenis. Durante su infancia creció rodeado de raquetas, torneos y pelotas amarillas. Sin embargo, el balón terminó conquistando su corazón. El fútbol dejó de ser un simple pasatiempo para convertirse en una vocación irrenunciable.
Su ascenso ha sido tan constante como silencioso. Formado en el Nancy, llamó la atención del Lens, que apostó por él cuando el club atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia. Apenas dos años después, la Roma decidió invertir más de 23 millones de euros para convertirlo en una de las incorporaciones más importantes del mercado del conjunto italiano.
El salto a la élite llegó acompañado por otro sueño: vestir la camiseta de Marruecos. Pese a haber nacido en Francia y contar con la posibilidad de representar a los Bleus, nunca dudó sobre el país al que quería defender. Su padre llegó a revelar que la decisión siempre estuvo clara y que el orgullo de representar a Marruecos pesó más que cualquier otra posibilidad.
Paradójicamente, el protagonismo que todavía busca consolidar en la Roma ya lo ha encontrado con la selección nacional. Si en la pasada Copa de África comenzó a consolidarse como una de las revelaciones del torneo, este Mundial parece haber confirmado definitivamente su dimensión internacional.
Su actuación frente a Países Bajos fue una demostración de autoridad. Tocó más balones que cualquier otro jugador marroquí, firmó un impresionante 97 % de acierto en el pase, lideró las recuperaciones del equipo y dominó el centro del campo con una serenidad impropia de alguien que apenas tiene 24 años. Cada intervención transmitía seguridad. Cada decisión parecía simplificar un juego que, bajo la presión de un Mundial, suele convertirse en un territorio caótico.
Ni siquiera el penalti que envió al poste durante la tanda empañó una actuación sobresaliente. Bono apareció para mantener vivo el sueño marroquí y el definitivo lanzamiento transformado por Ismael Saibari convirtió aquel error en un simple episodio dentro de una noche inolvidable para los Leones del Atlas.
Ahora Marruecos mira hacia Canadá con la ilusión intacta. El recuerdo de Qatar sigue vivo, pero este equipo parece decidido a escribir su propia historia sin vivir a la sombra de aquella generación. Y en esa nueva narrativa, Neil El Aynaoui ya no es únicamente el hijo de un mito del tenis ni un prometedor centrocampista europeo. Es el corazón que marca el ritmo de Marruecos, el futbolista que sostiene el equilibrio de un equipo que vuelve a desafiar los límites y que, partido a partido, sigue convenciendo al mundo de que su ambición está muy lejos de haber tocado techo.
