La hora de Marruecos en el fútbol mundial

 

Rue20 Español/Rabat

Hay derrotas que duelen y victorias que trascienden. Lo ocurrido anoche en el Estadio de Monterrey pertenece a la segunda categoría, pero con un matiz: ya no es una sorpresa.

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Marruecos eliminó a Países Bajos en la tanda de penaltis (1-1, 3-2) y selló su pase a octavos de final del Mundial 2026; y lo hizo con la autoridad de quien sabe que aquel escenario ya no le queda grande.

Porque si la epopeya de Qatar 2022 fue el anuncio, este triunfo en tierras mexicanas es la confirmación. Los Leones del Atlas ya no piden permiso. Entran, se sientan y dictan las condiciones.

La paciencia como arma

Durante setenta minutos, el planteamiento de Ronald Koeman pareció dar resultado. Cody Gakpo, infalible en las grandes citas, adelantó a la Oranje en el minuto 71. El gol pudo haber sido un mazazo para cualquier equipo. Para este Marruecos, fue un estímulo.

El equipo de Mohamed Ouahbi no se descompuso. No cambió su libreto ni renunció a su identidad. Siguió moviendo el balón, buscando espacios, asfixiando a un rival que veía cómo su ventaja se diluía minuto a minuto. La posesión fue abrumadoramente marroquí, el centro del campo neerlandés quedó reducido a un páramo sin capacidad de reacción.

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Issa Diop, inesperado héroe, empató en el minuto 91 con un cabezazo que fue la justa recompensa a una insistencia que rayaba en la obsesión. No fue un gol de la fortuna. Fue el desenlace lógico de un equipo que había decidido no perder.

Países Bajos acumula veinte años sin perder en los 90 minutos reglamentarios de una Copa del Mundo. Una estadística extraordinaria que, sin embargo, esconde una verdad incómoda: cuando el partido se alarga, los fantasmas aparecen. Argentina en 2014, Argentina de nuevo en 2022, y ahora Marruecos. La tanda de penaltis se ha convertido en su particular calvario.

Pero no se trata solo de la fragilidad ajena. Se trata de la fortaleza propia. Yassine Bounou, el mismo que ya fue héroe ante España, volvió a ser un muro. Su parada a Crysencio Summerville en el quinto turno fue una obra de arte: la manopla arriba, el cuerpo firme, la seguridad de quien ha estado aquí antes.

Hubo errores, por supuesto. Achraf Hakimi estrelló su lanzamiento en el poste. Los nervios no perdonaron a nadie. Pero en el momento decisivo, Ismael Saibari, formado en el PSV Eindhoven, asumió la responsabilidad y envió a Marruecos a octavos. El símbolo es perfecto: un jugador criado en la cantera neerlandesa fue quien asestó el golpe definitivo al fútbol de su país de adopción.

El fin de una era de complejos

Este triunfo no es un espejismo. Es la constatación de que Marruecos ha dejado de ser el «equipo revelación» para convertirse en una realidad consolidada. Durante décadas, el fútbol africano fue visto como un digno animador, capaz de dar la campanada pero destinado a caer ante la experiencia europea. Ese relato ha muerto.

Marruecos ya no especula. No espera atrás. No confía en el contraataque como único recurso. Frente a Países Bajos, los Leones del Atlas monopolizaron el balón, impusieron su ritmo y jugaron de tú a tú con una de las selecciones más experimentadas del planeta. Esa transformación no es casual: es el fruto de un modelo de desarrollo que ha convertido a la Federación Marroquí en una referencia internacional.

Los jugadores ya no eligen la camiseta marroquí por razones sentimentales. La eligen porque saben que se incorporan a un proyecto ganador, con infraestructuras de primer nivel y una hoja de ruta clara. Mazraoui, formado en el Ajax, dominó su banda con la autoridad de quien conoce el fútbol europeo por dentro y lo supera. Saibari, desde el PSV, castigó a Países Bajos con el lanzamiento definitivo. El talento está ahí, pero lo que lo hace diferente es la estructura que lo canaliza.

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El rival en octavos será Canadá, el próximo 4 de julio en Houston. Un adversario físico, intenso, que no concederá nada. Pero este Marruecos ya no se esconde. El efecto sorpresa se ha disipado; los rivales estudian a los Leones del Atlas con el mismo respeto con el que analizan a cualquier potencia tradicional.

Esa es, quizá, la mayor victoria de todas. Marruecos ya no es una incógnita. Es una certeza. Y las certezas, en el fútbol, solo las tienen los grandes.

La historia continúa. Pero lo que está escribiendo esta generación ya no admite discusión. Los Leones del Atlas han derribado el techo de cristal. Ahora vuelan sin red.

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