Rue20 Español/Rabat
El Abbas Tahri Joutey Hassani
Marruecos acumula reservas para hasta un lustro de abastecimiento, impulsado por unas lluvias históricas y una ambiciosa apuesta infraestructural.
Durante siete años, Marruecos convivió con una sombra que pesaba sobre sus campos, sus ciudades y su economía: la sequía. Pero ese ciclo oscuro parece haber llegado a su fin. Las abundantes precipitaciones registradas a lo largo de este 2026 han transformado radicalmente el panorama hídrico del país, hasta el punto de que las autoridades ya hablan de reservas suficientes para abastecer a la población y al sector agrícola durante un período de entre dos y cinco años.
Así lo confirmó el ministro de Fomento y Agua, Nizar Baraka, en declaraciones recientes a la prensa, recogidas por varios medios, que rápidamente resonaron en la esfera pública marroquí. Las palabras del titular no eran solo un parte meteorológico favorable: eran el cierre simbólico de una etapa que entre 2018 y 2025 golpeó con especial dureza al mundo rural y a la producción agrícola del reino.
De presas casi vacías a embalses que desbordan esperanza
El dato más elocuente de la recuperación no está en las palabras del ministro, sino en los números. Cuando la sequía apretaba con más fuerza, los embalses marroquíes apenas alcanzaban el 23,2% de su capacidad. Hoy, esa cifra se ha disparado hasta el 74,1%, una diferencia que lo cambia todo: desde la disponibilidad de agua potable en los hogares hasta la posibilidad de regar los campos sin restricciones.
Este giro no ha sido exclusivamente obra de la naturaleza. Marruecos ha venido construyendo una arquitectura hidráulica de largo aliento: ocho nuevas presas han sido inauguradas recientemente, que se suman a las 156 grandes represas con que ya contaba el país. Otras 14 están en plena fase de construcción, y tres más iniciarán obras antes de que termine el año. Un despliegue de ingeniería que, según el propio ministro Baraka, no solo sirve para almacenar agua, sino también para mitigar el riesgo de inundaciones en un clima cada vez más impredecible.
El punto de inflexión puede fecharse con cierta precisión. El pasado enero, el Gobierno marroquí anunció oficialmente que el país había logrado superar la sequía tras cuatro meses de precipitaciones extraordinarias. La media registrada en ese período fue de 108 milímetros, lo que equivale a prácticamente duplicar las cifras del mismo lapso del año anterior: un incremento del 95% que nadie esperaba con tanta intensidad ni tan pronto.
Esas lluvias no solo llenaron embalses. Devolvieron oxígeno a un sector agrícola que llevaba años en cuidados intensivos y reactivaron conversaciones sobre la gestión del agua que en tiempos de escasez parecían aplazadas indefinidamente.
La buena noticia, sin embargo, no debería convertirse en excusa para la complacencia. El ciclo de sequía que acaba de cerrarse fue también una advertencia sobre la vulnerabilidad estructural de un país expuesto a los efectos del cambio climático. Las reservas actuales ofrecen un margen valioso, pero la historia reciente demuestra que ese margen puede agotarse en pocos años si no se acompaña de políticas de ahorro, reutilización y gestión eficiente del recurso.
Marruecos tiene hoy agua. La pregunta que sus gestores deben hacerse ya no es cuánta hay, sino cómo conservarla para que el próximo ciclo seco no vuelva a pillarlo con los embalses al mínimo.
