Rue20 Español/Tetuán
Mohamed Benabdelkader*
Argelia repite desde hace décadas, y de manera aún más explícita en estos dos últimos años, que su posición respecto a la cuestión del Sáhara se basa en principios inalienables heredados de su propia revolución de noviembre de 1954 y de su doctrina de política exterior. Es en este contexto que la antigua Meca de los revolucionarios reaccionó con firmeza ante el giro español de marzo de 2022, apoyando el plan de autonomía marroquí para el Sáhara. No solo consideró este cambio como una “traición” y una “violación” del derecho internacional, sino que en junio de 2022 decidió llamar a consultas a su embajador, suspender el tratado de amistad con España y congelar las relaciones comerciales.
Sin embargo, durante la visita del ministro español de Asuntos Exteriores a Argel, ambas partes evitaron cuidadosamente evocar públicamente la cuestión del Sáhara. Madrid no modificó su posición y Argel dejó de lado sus condiciones previas, a modo de la máxima popular árabe que dice: «Cuántos asuntos hemos resuelto simplemente ignorandolos».
Si Argelia, en el origen de su crisis diplomática con España, había afirmado una firmeza de principio, presentándose como defensora de la autodeterminación de un pueblo que busca su independencia, era porque creía inscribirse en una lógica de ética de la convicción. En cambio, la reactivación progresiva de las relaciones bilaterales, coronada por la visita del ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, a Argel y por la reanudación del tratado de amistad y cooperación, sin que España haya renunciado a su posición pro-marroquí, revela un flagrante abandono de esa supuesta ética de la convicción, sin por ello inscribirse plenamente en una ética de la responsabilidad. En efecto, la restauración de las relaciones bilaterales parece estar dictada más por una doble preocupación de necesidad económica y de desenclavamiento geopolítico, que por una elección explícita y asumida de responsabilidad respecto a las consecuencias políticas y morales a largo plazo de esta reconciliación.
Miseria y arrogancia
Esta ruptura unilateral irreflexiva, seguida de un restablecimiento de las relaciones desprovisto de justificación clara, revela una dinámica de posicionamiento que trasciende la simple elección entre «ética de la responsabilidad» y «ética de la convicción», hasta rozar una lógica oportunista marcada por una profunda hipocresía diplomática. Se observa así un comportamiento político típico de la mentalidad de los dirigentes argelinos, criticado desde hace tiempo por el propio difunto presidente Abdelaziz Buteflika, quien denunciaba una cultura del Estado en la que la miseria evidente y la arrogancia faraónica (الزلط والتفرعين) se conjugaban en una especie de paradoja: economía rentista, medios limitados, pero tono diplomático engolado y postura de potencia regional sin una verdadera base estratégica.
Cuando el presidente Buteflika añadía a esta fórmula paradójica que «la fantasía mal colocada no es más que palabra vacía», caricaturizaba un modo de gestión interna marcado por esa pretensión verbosa de aparentar dureza, sin profundidad ni verdadera voluntad de sostener hasta el final la postura adoptada. Hoy, ese mismo contraste se refleja en el ámbito diplomático mediante una postura de firmeza proclamada y paradójicamente unas retractaciones prácticas dictadas por la necesidad económica, hasta el punto de revelar al resto del mundo lo que los marroquíes saben desde hace décadas: que las posiciones argelinas sobre el Sáhara nunca han sido posiciones de principio, sino un simple instrumento de chantaje y de presión geopolítica o, como solía repetir el presidente Huari Boumédiène, una piedra en el zapato de Marruecos, destinada más a incomodar al vecino que a sostener sinceramente una causa.
La alternancia entre ruptura espectacular y reconciliación calculada, sin garantías políticas ni clarificación de fondo, termina así por hacer aparecer la diplomacia argelina como un instrumento de supervivencia interna, más que como un vector de proyecto coherente, arraigando una imagen de poder autoritario, incierto y desfasado respecto a las realidades que pretende defender.
El régimen argelino exhibe así una rigidez de principios para reforzar su legitimidad interna y su imagen regional, pero retrocede o se reajusta en cuanto los costos económicos o diplomáticos se vuelven demasiado elevados, sin asumir plenamente ni la coherencia de una línea de convicción ni la transparencia de un cálculo responsable de las consecuencias. Esta postura, a medio camino entre lo simbólico y lo pragmático, produce una forma de inestabilidad moral en la diplomacia argelina: se sitúa en la frontera entre convicción y responsabilidad, sin comprometerse del todo con ninguna, y termina por desenvolverse en una ética del ni… ni, una ética que no es ni de convicción ni de responsabilidad, ni verdaderamente ideal ni claramente responsable.
Esto significa que se trata de una lógica diplomática que no encarna ni el compromiso firme de Argelia con los principios proclamados (ética de la convicción), ni la asunción lúcida de las consecuencias de su acción (ética de la responsabilidad), sino más bien una postura inestable en la que los principios no estructuran realmente la decisión, que en realidad sigue guiada por cálculos de interés erróneos, una imagen de sí misma sobredimensionada y un temperamento excesivamente emocional; en suma, una verdadera ética de la irresponsabilidad.
Dicho de otro modo, cuando Argelia decide retirar a su embajador en España en marzo de 2022, provocando una crisis diplomática de más de diecinueve meses en reacción al apoyo de Madrid al plan de autonomía marroquí para el Sáhara, no adopta esa posición a partir de valores claros ni de un análisis racional de las consecuencias, sino más bien desde una lógica de irresponsabilidad. Actúa entonces como si no tuviera que asumir plenamente ni sus principios proclamados en favor del supuesto derecho del “pueblo saharaui” a la presunta autodeterminación, ni los efectos de sus propias decisiones, oscilando entre posturas de firmeza simbólica y capitulaciones oportunistas, sin la mínima coherencia ni una verdadera preocupación por la credibilidad.
Dos pesos y dos medidas
Cabe precisar, además, que esta forma de fanfarronada en la práctica diplomática de los dirigentes argelinos se articula en función del Estado al que se dirigen y de su peso en la escena internacional: formulan sus posiciones y calibran su retórica según el interlocutor. Frente a Trump, se limitan a recordar que la cuestión del Sáhara compete a las Naciones Unidas y que el reconocimiento de su marroquinidad no puede tener valor jurídico alguno, evitando toda ruptura o escalada, como si midieran de antemano la imposibilidad de sancionar a un socio demasiado poderoso, un enfoque que revela claramente una lógica de doble rasero en la diplomacia argelina. Frente a Macron, en cambio, adoptan un tono sensiblemente más incisivo, denunciando un «grave error», una «violación de la legalidad internacional» y «una colusión entre potencias coloniales».
Esta diferencia de registro en la diplomacia argelina no se basa en una jerarquía de principios, sino en una lógica de cálculo de poder y de riesgo. Argelia trata a Estados Unidos con prudencia para preservar sus intereses económicos y estratégicos, mientras que continúa instrumentalizando a Francia como figura colonial para alimentar un discurso de denuncia y de movilización interna. Ahora bien, en esa misma lógica, el parlamento argelino tuvo que retroceder en el proyecto de ley destinado a «criminalizar la colonización francesa», atenuando o suprimiendo ciertas disposiciones consideradas demasiado restrictivas o demasiado explícitas, con el fin de conciliar la retórica anticolonial con la necesidad de mantener una relación de fuerzas menos conflictiva, de modo que no se comprometa el futuro de las relaciones.
Se observa así una diplomacia del ni… ni: ni una verdadera ética de la convicción, puesto que los principios no se defienden de la misma manera según el interlocutor, ni una ética de la responsabilidad clara, ya que la modulación del lenguaje obedece más a la preservación de la posición argelina que a un arbitraje honesto entre valores y consecuencias. En última instancia, la causa invocada sirve menos para guiar la acción que para justificar una postura cínica, en la que la ética se reduce a un arsenal retórico ajustado en función de la credibilidad que el Estado puede permitirse perder frente a cada interlocutor.
Puede verse en ello una forma de ética degradada, en la que el régimen argelino adopta una posición firme en nombre de la causa del Sáhara y luego la abandona en la práctica, lo que erosiona su credibilidad diplomática y permite constatar que sus principios respecto a dicha causa son negociables en cuanto implican un costo mayor. Se trata de una diplomacia incapaz de asumir ni una ética de la convicción (firmeza en los principios) ni una ética de la responsabilidad (prudencia, moderación, cálculo de las consecuencias), lo que reduce su acción a una postura de no-ética, o más precisamente, a una ética que no encarna ni la fidelidad a valores claros ni la responsabilidad asumida de sus efectos
Conviene señalar en este mismo contexto que la visita de José Manuel Albares a Argel puso de manifiesto que no todos los actores regionales tienen la misma disposición (o capacidad) para soportar una ruptura prolongada cuando entran en juego intereses económicos, energéticos o migratorios. Marruecos logró con España obtener un apoyo considerable a su causa nacional, mientras que Argelia prefirió «pasar página» sin la menor compensación en lo relativo al Sáhara marroquí.
Esto equivale a decir que el discurso diplomático argelino sigue moviéndose en el plano moral, pero neutralizándolo: utiliza el lenguaje de los principios sin asumir sus costos. No se sitúa ni a la altura de la convicción, que exige poder soportar la pérdida o el aislamiento, ni a la altura de la responsabilidad, que implica decidir teniendo en cuenta las consecuencias sobre el terreno.
Una no ética mal asumida
En esta ética del ni… ni, la diplomacia se convierte sobre todo en una gestión de supervivencia, de costos y de apariencias: las posiciones son cinéticas (cambian cuando aumenta la presión), pero no están estructuradas éticamente. La diplomacia argelina deja entonces de ser evaluada únicamente a la luz de sus errores o de sus compromisos, para ser juzgada sobre todo por una falla de integridad, hasta el punto de que el régimen argelino es percibido como un actor desconectado del tríptico fundamental entre palabra, acto y consecuencia, donde la coherencia pasa a un segundo plano en beneficio de una gestión oportunista de las apariencias. En este sentido, una ética diplomática que no logra encarnar ni la firmeza de la convicción ni la prudencia de la responsabilidad se transforma en una simple ética de superficie, una fachada moral detrás de la cual se despliega una lógica de poder o de cálculo, y que, precisamente, se revela como una no ética mal asumida.
Es precisamente esta falta de credibilidad diplomática profundamente embarazosa la que, sin duda, ha llevado a los medios cercanos al poder argelino a presentar el aumento de aproximadamente un 12,5 % de las exportaciones de gas hacia España como una excelente recompensa estratégica, o incluso como un delicado gesto de gratitud de Argelia hacia Madrid por su posición crítica respecto a Gaza y a la guerra en Irán.
No obstante, más allá de esta acrobacia discursiva notablemente sutil, la cuestión que los separatistas saharauis y sus fans, especialmente en España, deberían plantearse es la siguiente: actúa Argelia, en el asunto del Sáhara, en nombre de convicciones – solidaristas, revolucionarias, o las que sean – sin preocuparse por las consecuencias de sus actos, o bien asume la responsabilidad de lo que hace y de lo que de ello resulta? Es precisamente en esta pregunta donde se revela el núcleo del desafío ético en la política exterior argelina: Argel no es juzgada aquí únicamente por sus declaraciones, sino por su capacidad de articular de manera clara los principios que pretende defender y las consecuencias que está dispuesta a asumir.
En este marco, la postura del ni… ni que estructura la diplomacia argelina aparece como una falla de la vocación política tal como la concibe Max Weber: quien no se atiene ni a sus principios ni a la responsabilidad de los efectos deja de pertenecer por completo a estas dos lógicas éticas y deriva hacia una no-ética del poder puro, donde la acción queda desligada tanto de la lealtad a los valores como de la consideración de las consecuencias.
Es precisamente en esta perspectiva donde la manera en que Marruecos ha gestionado su diplomacia en torno al conflicto artificial sobre el Sáhara, desde la Marcha Verde hasta la resolución 2979, ilustra perfectamente cómo las tomas de posición – firmes, moderadas, estratégicas o tácticas – sirven como señal política: dibujan, a menudo de cara a los demás actores, aquello que el Estado está dispuesto a sacrificar (costes económicos, riesgo de aislamiento) para defender sus principios, sus derechos históricos, y hasta qué punto acepta negociar o imponer decisiones.
En el caso marroquí, la posición prolongada y condicional en la crisis con España refleja la voluntad de imponer una línea política clara – el plan de autonomía – y de obligar al otro a ceder, escenificando así una postura resuelta en la que la defensa del principio estructura la negociación. Por el contrario, en el caso argelino, la ruptura con España seguida de una reconciliación sin contrapartida sugiere que la prioridad ya no es el principio, sino la preservación de relaciones funcionales y de intereses materiales. España asegura su abastecimiento energético y su frontera sur, mientras que Argelia sale relativamente de su aislamiento diplomático, pero sin ningún avance en su tesis separatista, lo que revela una gestión de la crisis más orientada hacia la estabilización práctica que hacia la afirmación normativa.
Retórica y descrédito diplomático
Estas dos configuraciones muestran que una posición en situación de crisis revela también la visión geopolítica del Estado, la manera en que se percibe a sí mismo, pero también cómo busca ser percibido por los demás. Marruecos muestra aquí una voluntad de afirmación activa: se posiciona como un actor capaz de empujar a una potencia europea a revisar su postura sobre una cuestión central. Argelia, por su parte, oscila entre una postura de portavoz de principios inalienables (causa saharaui, respeto del derecho internacional) y una postura de pragmatismo forzado, lo que modifica en gran medida la manera en que sus socios la perciben.
En suma, estos dos casos ponen de relieve que la posición diplomática es una forma de discurso político cargado de significado: expresa al mismo tiempo lo que el Estado quiere hacer aceptar, lo que está dispuesto a conceder y el lugar que ocupa en la jerarquía de las potencias. Analizar una posición no consiste tanto en comentar un simple golpe de fuerza o una debilidad puntual, sino en interrogar la manera en que un Estado utiliza su poder y su discurso para definirse en la escena internacional y posicionarse frente a los demás.
La comparación muestra claramente que una diplomacia que defiende sinceramente una causa justa debería mantener su firmeza independientemente de las ventajas materiales inmediatas, mientras que el uso de esa misma causa como un simple instrumento de presión selectiva -manteniéndola cuando conviene y desactivándola cuando los intereses vitales (energía, fronteras o influencia) lo exigen – responde más a una lógica de chantaje geopolítico que a una convicción inquebrantable. Los dos titulares de El País citados más arriba ilustran de manera cruda esta asimetría: en un caso, hubo una concesión española favorable a la soberanía marroquí en el Sahara a cambio del fin de la crisis; en el otro, un retroceso argelino sin contrapartida política visible para la tesis separatista.
La diplomacia argelina parece así definirse menos por la gestión pragmática de sus propios intereses nacionales que por un recurso sistemático a un discurso de grandeza. Frente a vulnerabilidades internas – económicas, sociales e institucionales – y externas – tensiones regionales y presiones geopolíticas -, Argel parece buscar constantemente un refugio simbólico en la exhibición de un compromiso moral inquebrantable. Este discurso, a menudo articulado en torno a la defensa de los derechos inalienables de los pueblos y de principios firmes de justicia y libertad, permitiría proyectar hacia el exterior una imagen de poder ético y de coherencia estratégica.
Sin embargo, esta postura puede analizarse como una estrategia de evasión más que como un enfrentamiento directo de las fragilidades internas y de las limitaciones del contexto internacional. La diplomacia argelina se refugia así detrás de principios universales, a veces desconectados de la realidad concreta. Al exaltar causas justas, Argelia cree encontrar un medio para legitimar su acción en la escena internacional, al mismo tiempo que desvía la atención de los límites de su capacidad operativa. Esta forma de arrogancia moral – a menudo confundida con el valor diplomático – funciona como un escudo protector contra la angustia ligada a la vulnerabilidad, pero también puede conducir a desilusiones, tanto internas como externas, si los compromisos proclamados no se acompañan de medios y estrategias realistas.
La diplomacia argelina ilustra, de hecho, un dilema clásico: el recurso a los principios y a la retórica universal puede reforzar temporalmente el prestigio y la influencia de un Estado, pero si esta elección oculta la confrontación con sus propias fragilidades, corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de ilusión más que en un vector duradero de poder real. La grandeza proclamada termina por chocar con la complejidad del mundo real, revelando que la arrogancia moral puede ser tanto una defensa como un reconocimiento de vulnerabilidad.
De hecho, frente a situaciones concretas, este refugio en la retórica de la firmeza y de los principios puede resultar contraproducente. La reciente crisis con España ilustra cuánto una postura basada en el discurso moral y en la exhibición de un compromiso incondicional puede chocar con la realidad. Mientras Argelia proclamaba en voz alta su defensa del derecho de los saharauis a la autodeterminación, la ausencia de estrategias concretas y de palancas tangibles para actuar sobre el terreno expuso los límites de esta diplomacia basada únicamente en la retórica. El contraste entre las proclamaciones solemnes y la incapacidad de transformar estos principios en resultados tangibles termina por minar la credibilidad del país, no solo ante la comunidad internacional, sino también frente a sus propios ciudadanos.
Así, lo que la diplomacia argelina pretendía que fuera un escudo frente a su vulnerabilidad interna y externa se transforma paradójicamente en un factor de descrédito. La ilusión de grandeza cede el paso a la percepción de una arrogancia vacía, y la imagen de un Estado capaz de defender causas justas se debilita cuando sus discursos no se acompañan de una capacidad efectiva de acción. El recurso sistemático a la exhibición moral, cuando no es sincero y no se acompaña de pragmatismo y de medios concretos, revela entonces que la retórica por sí sola no basta para preservar ni la credibilidad ni el prestigio de un país.

*Mohamed Benabdelkader, exministro de Justicia, Doctor en Ciencias de la Información y la Comunicación.
