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martes, junio 23, 2026

La convergencia de los extremos

 

Rue20 Español/Madrid

Abdelhamid Beyuki*

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“El bloqueo político al acuerdo UE-Mercosur”  

El acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Mercosur es, sin duda, uno de los proyectos comerciales más ambiciosos de las últimas décadas. Negociado durante más de 25 años, busca eliminar más del 90 % de los aranceles entre ambas regiones y crear una de las mayores zonas de intercambio del mundo. Sin embargo, lejos de debatirse únicamente en términos técnicos, económicos o estratégicos, el acuerdo ha terminado convertido en rehén de una dinámica política cada vez más habitual en Europa que es la convergencia de los extremos.

La reciente votación del Parlamento Europeo, en la que se decidió enviar el acuerdo al Tribunal de Justicia de la UE en lugar de ratificarlo, es un ejemplo claro de ello. No se trata de un rechazo frontal, pero sí de un bloqueo efectivo. Y lo más revelador no fue solo el resultado ajustado, sino quiénes votaron juntos son la extrema derecha y la extrema izquierda.

Desde posiciones muy distintas, pero con métodos sorprendentemente similares, se alinearon para frenar un proyecto impulsado por la mayoría de gobiernos y por la Comisión Europea.

Los argumentos esgrimidos por los opositores no son irrelevantes. Existen preocupaciones legítimas sobre el impacto ambiental, la protección de la agricultura europea o la capacidad regulatoria de la UE. Ignorar estos debates sería un error. Sin embargo, el problema no está en plantear dudas, sino en convertirlas en una herramienta de bloqueo permanente. Los extremos no buscan mejorar el acuerdo, sino impedirlo. No aspiran a corregir, sino a paralizar.

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La extrema derecha rechaza el acuerdo desde una lógica proteccionista y nacionalista, miedo a la competencia exterior, el eslogan trampista “primero lo nuestro” y rechazo a cualquier cesión en un marco multilateral.

La extrema izquierda, por su parte, lo hace desde una desconfianza estructural hacia el comercio internacional, al que presenta como una amenaza inevitable para el medio ambiente y los derechos sociales. Discursos distintos, mismo resultado.

Frente a esta lógica, la moderación – imperfecta, pragmática y negociadora- queda atrapada. Los partidos centristas y socialdemócratas, junto con liberales y conservadores tradicionales, ven el acuerdo como una oportunidad estratégica, diversificar mercados, reducir dependencias externas y reforzar el papel de la UE en un mundo cada vez más fragmentado. Saben que el acuerdo no es perfecto, pero también saben que la política comercial no se construye desde la pureza ideológica, sino desde el equilibrio.

El daño que provocan los extremos no es solo económico. Es también institucional y político. Cuando acuerdos negociados durante décadas pueden ser bloqueados por alianzas circunstanciales entre fuerzas que rechazan el propio proyecto europeo.

La moderación no es tibieza, como a menudo se caricaturiza, sino responsabilidad. Implica aceptar que gobernar significa elegir entre opciones imperfectas, mejorar lo posible y avanzar. Los extremos, en cambio, se encuentran cómodos en el “no”, no al acuerdo, no al compromiso, no al matiz. Y cuando se juntan, ese “no” pesa más que cualquier propuesta constructiva.

El caso del acuerdo UE-Mercosur debería servir como advertencia. No solo sobre comercio internacional, sino sobre el rumbo político de Europa. Cuando los extremos se encuentran, no se equilibran, más bien se refuerzan. Y en ese choque, quien pierde no es solo un tratado, sino la capacidad de la Unión Europea para actuar como un actor serio, coherente y relevante en el mundo.

La política europea vive una paradoja cada vez más evidente, la paradoja de los extremos ideológicos, que se presentan como antagonistas irreconciliables, y terminan comportándose de forma sorprendentemente similar cuando se trata de política exterior, comercio o relaciones estratégicas. Ocurre en Bruselas, pero también en los Estados miembros. España ofrece un ejemplo claro en su relación con Marruecos y su soberanía sobre el Sáhara, donde la extrema izquierda y la extrema derecha, desde argumentos distintos, coinciden en una misma conclusión, rechazo frontal, bloqueo y ausencia de propuestas viables.

En el caso español, ambos extremos han convertido la relación con Marruecos en un campo de batalla ideológico. Para la extrema derecha, cualquier acercamiento es una claudicación ante un vecino percibido como amenaza. Para la extrema izquierda, cualquier movimiento diplomático es una traición a principios morales absolutos. El resultado es idéntico: incapacidad para asumir que la política exterior no se construye desde la consigna, sino desde el interés estratégico, la estabilidad y el equilibrio.

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“Curiosa coincidencia, pero es verdad”

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Abdelhamid Beyuki

*Experto en las relaciones hispano-marroquíes.

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