Brahim Díaz y el juego al borde de la pertenencia

 

Rue20 Español/Madrid

Abdelhamid El Beyuki*

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Brahim Díaz se ha convertido en una de las figuras más destacadas del fútbol africano tras su decisión histórica de vestir la camiseta de la selección marroquí en las grandes competiciones. Nacido en Málaga, de padre marroquí y madre española, y poseedor de ambas nacionalidades. Díaz optó finalmente por representar a Marruecos a nivel internacional, después de haber pasado por las selecciones españolas de categorías inferiores. ¿Por qué y cómo?

En los estadios, como en las grandes novelas, las historias no se escriben solo con tinta, sino con decisiones; con aquello que se susurra más que con lo que se proclama. Brahim Díaz no entró en la historia del fútbol africano únicamente por sus goles, sino por una pregunta inquietante: ¿a quién pertenece un jugador cuando la geografía lo desgarra, cuando el origen lo confunde y cuando los Estados, a veces, fallan al calibrar su memoria y su talento?

En sus primeros pasos en los campos españoles, Díaz parecía una joya colocada en una vitrina, hermosa, prometedora, pero no urge exponerla. En un país experto en fabricar estrellas como España, su nombre no despertaba prisa ni ansiedad. Era como si en sus rasgos hubiera una sombra incómoda, o como si sus raíces marroquíes hubieran convertido la espera en su destino natural.

España, que lanzó a otros a la velocidad de la luz, lo dejó aprender la paciencia con calma. Y un día se despertó al verlo girar la mirada hacia el sur, hacia un lugar donde la memoria es más cálida y donde la camiseta se viste primero con el corazón y solo después con el cuerpo.

Cuando se enfundó la camiseta de los “Leones del Atlas”, no fue un simple cambio de colores, sino un vuelco profundo en el relato deportivo. De pronto, Díaz pasó a ser “una estrella africana”, y el reconocimiento se duplicó, como si Marruecos hubiera querido compensarlo por años de duda y vacilación española.

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En las gradas, su nombre se alzó como el del hijo que regresa a casa. En los medios, fue presentado como prueba de una elección sabia y como símbolo de la capacidad de Marruecos para recuperar a sus hijos dispersos por las diásporas.

Pero toda narración tiene su nudo. El mismo cántico que se eleva con rapidez puede caer aún más deprisa. Hoy se le aclama como héroe; mañana —si falla un pase o desperdicia una ocasión— pueden surgir preguntas pequeñas, insidiosas, que nada tienen que ver con el fútbol, dudas sobre su “pertenencia total”, sobre su “espíritu”, incluso, en momentos de mala fe, sobre su religión, como si la fe solo se invocara en el fracaso y no en el éxito. Así actúan a veces las sociedades con quienes consideran diferentes, los aman cuando ganan y registran sus identidades cuando tropiezan.

España, mientras tanto, observa desde la distancia. Elogia su elegancia en el juego y presume de que fue “formado en La Liga”, pero no dice en voz alta que lo dejó escapar. A nadie le gusta admitir que, en ocasiones, el talento se pierde por cálculos estrechos o por estereotipos que no figuran en las normas, pero sí influyen en las decisiones.

Hoy Brahim Díaz se mantiene en el centro de un puente entre dos orillas, una que cultivó su talento sin llegar a abrazarlo del todo, y otra que lo acogió, pero que podría ponerlo a prueba con dureza si tropieza. En ese equilibrio frágil, su historia se revela como un espejo del fútbol moderno, un juego que habla de globalidad, pero que sigue prisionero de viejas preguntas sobre el origen, la identidad y quién tiene derecho a una pertenencia plena, “pura” y sin matices.

Quizá lo más hermoso de la historia de Díaz es que aún no ha terminado. Brahim sigue escribiendo sus capítulos con los pies, intentando adelantarse a los juicios con goles. Y nosotros, al leer su trayectoria, entendemos que la verdadera estrella no es quien nunca falla, sino quien continúa jugando aun sabiendo que el amor en los estadios —como en la vida— es condicionado, cambiante y siempre al borde del olvido.

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Abdelhamid Beyuki

*Experto en las relaciones hispano-marroquíes.

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