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La reciente desaparición de Nasser El-Djinn, cuyo nombre real es Abdelkader Haddad, exdirector general de seguridad interior (DGSI), ha puesto de manifiesto las profundas fracturas y rivalidades que persisten en el seno del poder argelino, a pesar de los esfuerzos del presidente Abdelmadjid Tebboune por proyectar una imagen de control y estabilidad. El caso, que ha generado especulaciones y revuelo en los círculos de poder, revela una lucha de influencia entre diferentes facciones dentro del aparato estatal.
Según un informe exhaustivo publicado por Le Monde, la desaparición de El-Djinn, ocurrida tras su destitución y puesta en arresto domiciliario, ha desencadenado una serie de eventos que exponen la fragilidad del sistema de control presidencial.
La operación de seguridad masiva desplegada en los alrededores de Argel los días 18 y 19 de septiembre, con una magnitud que recordó los años de conflicto de la década de 1990, sumió a la capital en un silencio mediático inusual.
Los medios de comunicación estatales, sometidos a la línea oficial, no informaron sobre los acontecimientos, dejando a la población en la incertidumbre. Solo algunas fuentes extranjeras e influencers argelinos en el exilio mencionaron la posibilidad de una fuga rocambolesca o una negociación secreta.
La crisis pone de relieve la inestabilidad en la cúpula de los servicios de inteligencia, con una serie de remodelaciones que han afectado a la Dirección de Seguridad Interior (DGSI), el Departamento de Inteligencia y Seguridad (DRS), la Dirección de Inteligencia Exterior y el mando de la Gendarmería.
Esta situación plantea interrogantes sobre el papel del ejército, tradicionalmente el árbitro de los equilibrios internos desde la independencia del país en 1962. Los intentos de los presidentes sucesivos, desde Ahmed Ben Bella hasta Abdelaziz Bouteflika, por redefinir las relaciones de poder entre la presidencia y los servicios de seguridad no han logrado una dominación completa.
El actual jefe de Estado, por su parte, ha recurrido a antiguos cuadros del DRS, incluido El-Djinn, antes de apartarlos cuando su influencia se consideraba excesiva.
Esta constante reconfiguración, según Le Monde, refleja un debilitamiento del centro de decisión y una competencia abierta entre facciones.
En este contexto, los partidos políticos, reducidos a una «pluralidad de aparato», se ven marginados de los verdaderos entresijos del poder. El vacío político se agrava en un momento en que el país enfrenta crecientes desafíos económicos y sociales.
Mientras el misterio sobre el paradero de Nasser El-Djinn persiste, este caso pone de manifiesto la dificultad del régimen argelino para mantener la unidad interna, al tiempo que intenta proyectar la imagen de un Estado fuerte y controlado. La situación plantea serias dudas sobre la estabilidad a largo plazo y la capacidad del gobierno para abordar los desafíos que enfrenta el país.
