Rue20 Español/Rabat
El Abbas Tahri Joutey Hassani
La política exterior de América Latina está experimentando una metamorfosis silenciosa pero profunda. Lo que durante décadas fue un tablero dominado por herencias ideológicas de la Guerra Fría y discursos de liberación anticolonial —que otorgaban oxígeno político a las tesis de Argelia y su Polisario— está cediendo paso a un pragmatismo creciente. El resultado, visto desde Rabat, es inequívoco: un número cada vez mayor de capitales latinoamericanas están reajustando sus posiciones sobre la cuestión del Sáhara marroquí, alineándose con la realidad geopolítica y los intereses económicos concretos.
El fenómeno no es casual ni aislado. Responde a una ofensiva diplomática calculada por parte del Reino de Marruecos, que ha sabido combinar la defensa de su integridad territorial con una propuesta de valor tangible para sus socios latinoamericanos: inversión, cooperación en seguridad, acceso a mercados africanos y un papel creciente como plataforma de conectividad entre continentes.
Frente a este escenario, el discurso ideológico pierde fuelle; gana terreno la lógica de los intereses nacionales bien entendidos.
El punto de inflexión colombiano
El caso más reciente y elocuente de esta transformación se está escribiendo en Bogotá. La elección de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente de Colombia no es un simple relevo en el poder, sino un síntoma de un reajuste geopolítico más amplio que podría redefinir la dinámica diplomática regional y reforzar la posición internacional de Marruecos.
La derrota del bloque político de izquierdas asociado al expresidente Gustavo Petro —cuyo gobierno había endurecido su postura contra el Reino de Marruecos— abre la puerta a una reevaluación sustancial de las prioridades de la política exterior colombiana.
Los gestos ya son visibles. El propio De la Espriella ha calificado el mensaje de felicitación del Rey Mohammed VI como «una de las manifestaciones internacionales más significativas» recibidas tras su victoria, y ha apostado por una «nueva dinámica» en las relaciones bilaterales.
El futuro mandatario ha identificado ámbitos concretos de cooperación —comercio, inversión, seguridad alimentaria, desarrollo portuario y conectividad transatlántica— que dibujan un horizonte de asociación estratégica muy diferente al de la etapa anterior.
Una tendencia continental
Colombia no es una excepción, sino un eslabón más de una cadena de movimientos diplomáticos que se extiende por todo el subcontinente. El Salvador, por ejemplo, reafirmó en mayo su apoyo a la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara y anunció su intención de abrir un consulado en El Aaiún, un gesto de alto valor simbólico.
Ecuador y Panamá, por su parte, retiraron su reconocimiento a la autoproclamada “rasd” a finales de 2024.
Incluso en países con gobiernos de izquierda, donde históricamente el Polisario encontraba un caldo de cultivo favorable, la dinámica está cambiando. Marruecos ha firmado con Brasil acuerdos de cooperación en la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y la delincuencia organizada, y ha reforzado sus vínculos con Argentina y Uruguay mediante visitas parlamentarias y diálogo institucional.
Hoy, el Reino mantiene muy buenas relaciones con casi todos los países de América Latina y El Caribe, y la inmensa mayoría de ellos apoya y reconoce la marroquinidad del Sáhara. Algunos incluso han abierto consulados en el Sáhara marroquí, confirmando su apoyo a la iniciativa de autonomía presentada por Marruecos ante la ONU en 2007.
El fin de una era ideológica
¿Qué explica este giro? La respuesta se encuentra en el agotamiento de un paradigma. Durante años, varios gobiernos latinoamericanos mantuvieron posturas influenciadas por el legado de la Guerra Fría y los discursos de los movimientos de liberación. Pero los actuales cambios internacionales y económicos han llevado a numerosas capitales a revisar sus prioridades diplomáticas desde una perspectiva más realista y vinculada a sus intereses estratégicos.
Los países latinoamericanos afrontan crecientes desafíos económicos y presiones derivadas de la reconfiguración de las alianzas internacionales. Sus políticas exteriores se orientan cada vez más hacia criterios de comercio, inversión, seguridad y estabilidad, en lugar de posiciones simbólicas basadas en consideraciones ideológicas. En este contexto, la cuestión del Sáhara comienza a abordarse desde la óptica de la estabilidad regional y de soluciones realistas y viables.
Marruecos ha sabido leer esta tendencia y adaptarse a ella. Su diplomacia no se limita a defender políticamente sus posiciones, sino que construye asociaciones concretas y proyectos de desarrollo de beneficio mutuo. Un enfoque que ha contribuido a ampliar el respaldo internacional a la marroquinidad del Sáhara, especialmente entre los países que consideran a Rabat un socio fiable para promover el desarrollo, fortalecer la seguridad regional y facilitar el acceso a los mercados africanos. El viento del pragmatismo sopla en América Latina. Y, por ahora, parece soplar a favor de Marruecos.
