Rue20 Español/Rabat
La madrugada del martes dejó una imagen insólita en los aledaños del imponente MetLife Stadium: un mar de camisetas verdes y amarillas inmóvil, envuelto en un silencio que solo rompían algunas voces airadas. Senegal acababa de ceder ante Noruega (3-2) y, con dos derrotas en el casillero del Grupo H, su aventura en el Mundial 2026 pende de un hilo. Pero los dedos acusadores no apuntaban al césped, sino al banquillo.
El seleccionador, Pape Thiaw, se ha convertido en el centro de todas las miradas. No es para menos: su equipo, subcampeón de África, llegó a la cita mundialista con la etiqueta de firme candidato a sorprender, y en apenas una semana ha dilapidado gran parte de su crédito. La derrota ante Noruega, en un partido donde el gigante Erling Haaland impuso su ley, no hizo sino amplificar un malestar que ya era audible tras el traspié inicial frente a Francia (3-1).
El diagnóstico de los seguidores desplazados hasta Nueva Jersey es unánime en la forma, aunque con matices en el fondo. «El problema es él, el entrenador. Basta de excusas. El Mundial no perdona», espetaba un aficionado con la voz quebrada por la frustración, según recogen varios medios.
A su lado, una mujer sostenía una bandera mientras razonaba, de acuerdo con las mismas fuentes: «Tenemos calidad de sobra, jugadores en los mejores clubes. ¿Por qué esperar al minuto 54 para mover el banquillo? En esta competición, si no reaccionas al descanso, estás muerto». Efectivamente, cuando Thiaw introdujo los primeros cambios, su equipo ya perdía 2-1.
La repetición del once inicial con respecto al debut ante Francia es quizás el punto de mayor fricción. «Hay chicos jóvenes en un estado de forma espectacular. ¿Por qué insistir con los mismos? Dos partidos, dos derrotas. Es normal pedir responsabilidades», argumentaba otro seguidor, apuntando a un posible fin de ciclo para algunos de los héroes que llevaron a Senegal a la gloria continental.
Sin embargo, entre el coro de críticas también emergen voces que invitan a una reflexión más profunda. «La responsabilidad es compartida entre el técnico y los jugadores. Los cambios no se hicieron en el momento justo, es cierto», concedía una aficionada. Pero el análisis más descarnado lo ofreció un seguidor senegalés residente en Estados Unidos, que puso el foco en las entrañas del equipo: «Kalidou Koulibaly se le vio sufrir físicamente. Los suplentes entraron con otra chispa, pero ya era tarde. Ahora bien, el entrenador no cobra, la preparación ha sido un caos… ¿Cómo van a estar concentrados al cien por cien?».
Sus palabras no son una mera especulación. En los días previos, un periodista senegalés destapó una serie de disfunciones que dibujan un panorama institucional preocupante: salarios impagados al seleccionador, primas pendientes para los futbolistas, una calidad alimentaria tan deficiente que varios jugadores optaron por costearse sus propias comidas y, como colofón, la presencia de familiares de directivos de la Federación con gastos sufragados por el organismo. Un cóctel explosivo que, según numerosos observadores, resulta incompatible con el máximo rendimiento deportivo.
«El entrenador tiene que leer mejor los partidos y asumir sus decisiones. Pero si el entorno falla, al final es él quien queda señalado», sentenciaba otro aficionado, con la mirada perdida en la mole del estadio.
La realidad es tozuda: Senegal se jugará su supervivencia en el torneo el próximo viernes 26 de junio a las 20:00 (hora marroquí) en el BMO Field de Toronto frente a Irak. Una final anticipada en la que los ‘Leones de la Teranga’ están obligados a ganar para aspirar a una de las ocho plazas de mejores terceros que dan acceso a los dieciseisavos de final. Más que un partido, será un juicio sumarísimo al proyecto de Pape Thiaw. Y, quizás, a toda una federación.
