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lunes, junio 8, 2026

Elecciones legislativas en Marruecos 2026: Entre la continuidad del poder y la fragilidad de la representación

 

Rue20 Español/Rabat

Safia ABAHAJ*

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A menos de seis meses de las elecciones legislativas previstas para el 23 de septiembre de 2026, Marruecos entra en una secuencia política decisiva. No tanto porque el resultado vaya a alterar de forma radical la arquitectura del poder, sino porque estos comicios medirán algo más profundo y más delicado: el estado real de la relación entre el sistema partidista y la sociedad marroquí. La fecha del escrutinio ya ha sido fijada oficialmente, y el calendario electoral está en marcha. Pero la pregunta esencial no es únicamente quién ganará, sino con qué nivel de legitimidad política y social gobernará el próximo Ejecutivo.

En Marruecos, toda lectura electoral seria debe partir de una premisa básica: las elecciones cuentan, pero no agotan la comprensión del poder. La vida política se desarrolla dentro de un marco institucional en el que la monarquía sigue siendo el eje estructurante del sistema, tanto por su función arbitral como por su capacidad de orientación estratégica. Eso significa que las legislativas son importantes, pero no pueden analizarse como si el país funcionara bajo una lógica estrictamente parlamentaria occidental. El verdadero reto de 2026 no reside solo en la formación de una mayoría, sino en saber si el sistema de partidos conserva todavía una capacidad suficiente de mediación entre el Estado y la ciudadanía.

I. La crisis de confianza ya no es una intuición: es un dato político

La principal debilidad del campo partidista marroquí no es hoy la fragmentación, sino la desconfianza. Una encuesta de Sunergia publicada en enero de 2026 muestra que, entre quienes declaran que no irán a votar, el 53% explica su abstención por la falta de confianza en los partidos políticos. No se trata, por tanto, de una simple apatía cívica ni de una indiferencia difusa: se trata de una impugnación explícita del canal partidista como instrumento útil de representación.

Ese dato se ve reforzado por otras mediciones. El estudio del Centre Marocain pour la Citoyenneté, difundido en septiembre de 2025, reveló que 94,8% de los encuestados afirmaban no confiar en los partidos políticos. En la misma línea, EcoActu resumía ese mismo diagnóstico señalando que los partidos aparecían como las instituciones más golpeadas por la crisis de confianza, con valoraciones extremadamente negativas. Aunque estas encuestas no son idénticas metodológicamente, convergen en una misma conclusión: el descrédito partidista ha dejado de ser sectorial o coyuntural; se ha convertido en un problema estructural.

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Afrobarometer, por su parte, aporta un matiz particularmente importante: la desconfianza es todavía más fuerte entre los jóvenes. En su publicación de marzo de 2026, el organismo señala que solo 37% de los jóvenes marroquíes de 18 a 35 años dice confiar en el Parlamento, 34% en el consejo municipal, y 33% tanto en el jefe del gobierno como en los partidos políticos. Además, los jóvenes son más propensos que sus mayores a percibir corrupción en los consejeros municipales, los parlamentarios y los responsables de la Primatura. Esto es central, porque una democracia puede soportar el desgaste de sus élites, pero difícilmente puede hacerlo cuando el segmento generacional que debería renovar la representación se relaciona con la política desde la sospecha.

II. El problema marroquí no es solo electoral: es social, territorial y generacional

Reducir la secuencia de 2026 a una lucha de aparatos sería un error. La política marroquí actual está fuertemente condicionada por factores socioeconómicos que pesan sobre la percepción del gobierno, de las instituciones y de la utilidad del voto.

El primero es el empleo. Según el Haut-Commissariat au Plan, el desempleo se situó en 13% en 2025 a escala nacional, con un dato mucho más inquietante: 37,2% entre los jóvenes de 15 a 24 años, 20,5% entre las mujeres y 19,1% entre los titulados. Aunque hubo una ligera mejora respecto de 2024, la situación sigue siendo especialmente dura en los sectores y categorías que más deberían alimentar la confianza en la promesa de movilidad social. En política, la persistencia de estas cifras no se traduce automáticamente en voto opositor; a menudo se traduce en retirada, desencanto y abstención.

El segundo factor es territorial. El RGPH 2024 mostró que la población legal del Reino alcanzó 36.828.330 habitantes y que la tasa de urbanización llegó al 62,8%. Este dato parece técnico, pero tiene una dimensión política considerable. Marruecos se vuelve más urbano, más periférico y más desigual en sus ritmos territoriales de crecimiento. La expansión de las coronas urbanas y de los espacios periurbanos no siempre ha venido acompañada del mismo nivel de servicios públicos, equipamientos e integración económica. Esa descompensación alimenta una sensación de distancia entre el discurso de modernización y la experiencia cotidiana de los ciudadanos. Además, el propio debate sobre la futura redistribución de escaños y el peso del censo de 2024 en el mapa electoral añade una dimensión nueva al juego político de 2026.

El tercer factor es el clima social. Durante 2025, Marruecos vivió protestas juveniles de notable amplitud, centradas en el coste de la vida, el desempleo, la calidad de la sanidad y de la educación, y la percepción de que las prioridades públicas no siempre responden a las urgencias sociales. Reuters subrayó que estas movilizaciones evidenciaron grietas profundas en el modelo económico y en la distribución de sus beneficios, mientras AP informó de una respuesta institucional que combinó medidas de apertura hacia la juventud con una gestión más securitaria de las protestas. Este contexto no equivale a una crisis de régimen, pero sí indica una crisis de confianza en la eficacia distributiva del gobierno y en la traducción social del relato de modernización.

III. La mayoría saliente sigue siendo favorita, pero no por entusiasmo

La actual mayoría, compuesta por RNI, PAM e Istiqlal, sigue partiendo con ventaja. En la Cámara de Representantes, el RNI dispone de 102 escaños, el PAM de 87 y el Istiqlal de 81. Juntos suman una base parlamentaria muy sólida. Esa fuerza institucional importa, pero no lo explica todo. La verdadera ventaja de la coalición no reside solo en el número de escaños heredado de 2021, sino en su capilaridad territorial, su dominio de los recursos organizativos, su implantación en notables locales y su capacidad para activar electorados disciplinados allí donde la participación es baja.

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Ahora bien, sería intelectualmente deshonesto presentar a la mayoría como políticamente cómoda. El desgaste existe. Aziz Akhannouch anunció en enero de 2026 que no buscaría un nuevo mandato al frente del RNI, y Mohamed Chaouki fue elegido posteriormente presidente del partido. Ese relevo no implica ruptura doctrinal ni estratégica; más bien sugiere una transición cuidadosamente controlada, destinada a preservar la continuidad del aparato sin exponer más de lo necesario la figura del jefe del gobierno. Es, en cierto modo, una maniobra de reajuste interno para desacoplar parcialmente la marca partidista del coste político acumulado por el Ejecutivo.

El PAM, por su parte, conserva una estructura disciplinada y una presencia territorial robusta. El Istiqlal mantiene su tradicional valor como partido de anclaje histórico, con una combinación de memoria nacional, notabilidad local y capacidad de negociación. La pregunta no es si estos partidos siguen siendo relevantes; lo son. La cuestión es si su fuerza expresa una adhesión social renovada o más bien la superioridad de sus mecanismos de reproducción electoral. Y hoy, a la luz del clima político, la segunda hipótesis parece más sólida que la primera.

IV. La oposición existe, pero todavía no ha demostrado que pueda encarnar una alternativa

En el Parlamento, la oposición está presente pero no unificada. La USFP dispone de 34 escaños, el PPS de 22, el grupo haraki de 28, y el PJD, muy debilitado desde 2021, conserva 13 escaños en la Cámara. Sobre el papel, esto configura un campo opositor plural. En la práctica, no se ha traducido todavía en una alternativa política coherente, con liderazgo, proyecto, discurso social inteligible y capacidad de agregación electoral.

El caso del PJD merece una lectura menos simplista de la que suele hacerse. Es cierto que el partido sigue lejos de su antiguo peso y que la derrota de 2021 lo dejó severamente golpeado. Pero sería precipitado considerarlo políticamente muerto. Abdelilah Benkirane continúa siendo su secretario general y sigue intentando ocupar un espacio moral y discursivo dentro del sistema, combinando referencias a las constantes nacionales con críticas al deterioro social y político. El problema del PJD no es solo organizativo; es estratégico. Ya no monopoliza el voto de protesta, y parte de ese descontento ha emigrado fuera del juego partidista clásico. Eso limita seriamente su capacidad de reconquista.

La USFP y el PPS, por su parte, conservan cuadros, memoria militante y un discurso más programático, pero siguen padeciendo una dificultad recurrente: convencer a los sectores descontentos de que una alternancia bajo su liderazgo modificaría materialmente la vida pública. El desafío de la oposición no es tener razón en el diagnóstico; es lograr que la sociedad crea en su capacidad de gobierno. Y, por ahora, ese salto de credibilidad no está consolidado.

Uno de los hechos políticos más significativos del ciclo preelectoral ha sido la introducción de mecanismos destinados a favorecer la participación de jóvenes, mujeres, MRE y personas en situación de discapacidad. El Consejo de Ministros de octubre de 2025 aprobó una reforma orgánica que facilita el acceso de los menores de 35 años a la competición legislativa, y en marzo de 2026 el gobierno adoptó decretos de aplicación relativos a la elección de la Cámara de Representantes. MAP informó además que el nuevo esquema de apoyo público refuerza de manera explícita la financiación orientada a estos perfiles, incluyendo el reembolso de hasta 75% de determinados gastos de campaña para listas jóvenes.

Este cambio es importante, pero no conviene idealizarlo. Facilitar el acceso financiero no resuelve por sí solo los déficits de socialización política, de apertura interna de los partidos, de competencia programática ni de confianza pública. Puede ayudar a introducir nuevos perfiles; no garantiza que esos perfiles transformen la lógica de fondo del sistema. De hecho, parte de la juventud movilizada en 2025 expresó su distancia respecto de los partidos tradicionales, lo que sugiere que el problema no es únicamente de acceso, sino de credibilidad, escucha y utilidad política.

VI. La abstención puede ser el verdadero actor central de 2026

Si se quiere entender quién parte realmente con ventaja en septiembre, hay que mirar menos a los discursos de campaña y más a la sociología de la participación. Una abstención alta no reparte costes de manera neutra. Penaliza sobre todo a quienes necesitan movilizar un electorado volátil, urbano, joven o desencantado; y favorece a quienes disponen de redes locales, clientelas estables, notabilidad y organización.

Sunergia ya identifica una reserva significativa de abstención potencial; Afrobarometer confirma que los jóvenes muestran niveles bajos de confianza y participación política; y el propio contexto socioeconómico no invita a pensar en una movilización entusiasta. En consecuencia, el escenario más realista no es el de una ola opositora masiva, sino el de una participación moderada o desigual que mantenga la ventaja comparativa de las fuerzas mejor implantadas. Dicho de otro modo: en Marruecos, una elección no se gana solo convenciendo; muchas veces se gana siendo capaz de movilizar mejor en un contexto de descreimiento general.

VII. Tres escenarios plausibles, sin triunfalismos ni dramatización excesiva

El primer escenario, y hoy el más probable, es el de una continuidad corregida. La mayoría saliente revalida una posición dominante, quizá con reajustes en los equilibrios internos o en la composición del Ejecutivo. No sería tanto una victoria de entusiasmo como una victoria por superioridad organizativa, fragmentación opositora y abstención diferencial.

El segundo escenario sería el de un avance opositor limitado, insuficiente para producir alternancia, pero bastante visible como para alterar el tono político del siguiente mandato. La oposición podría mejorar su presencia, capitalizando parte del descontento social, sin lograr por ello construir una mayoría de gobierno coherente. Ese escenario es posible, pero requiere una traducción electoral del malestar que, hasta hoy, no está demostrada.

El tercer escenario, menos probable pero no imposible, es el de una fragmentación más alta de la esperada, impulsada por nuevas candidaturas, ajustes demográficos, voto disperso y recomposiciones locales. En ese caso, la gobernabilidad seguiría siendo posible, pero a costa de negociaciones más complejas y de una mayoría políticamente menos homogénea. El sistema marroquí tiene capacidad para absorber ese tipo de resultados, pero el coste sería una percepción añadida de política táctica y de representación debilitada.

VIII. La verdadera cuestión no es quién mandará, sino quién representará

El error más frecuente en el análisis electoral marroquí consiste en confundir estabilidad con legitimidad. Marruecos dispone de una estructura estatal sólida, de una monarquía central y de una capacidad de continuidad institucional que muchos países de la región no tienen. Pero esa estabilidad no debe ocultar un problema de fondo: una parte significativa de la ciudadanía no se reconoce ya en los partidos ni cree que el voto permita influir de forma sustantiva sobre la orientación de las políticas públicas.

Eso no significa que el país esté al borde de una ruptura política. Significa algo quizá más sutil y más importante: que la mediación partidista se ha debilitado, y que el sistema funciona cada vez más por inercia institucional que por adhesión ciudadana. Cuando eso ocurre, las elecciones siguen siendo necesarias, pero dejan de ser plenamente integradoras. Producen gobiernos, sí; pero no necesariamente reconstruyen confianza.

Conclusión

Las legislativas de 2026 no decidirán únicamente la composición del próximo gobierno. Dirán mucho sobre la salud real de la representación política en Marruecos. Todo indica que la continuidad sigue siendo el escenario más probable. Pero incluso una continuidad victoriosa puede encubrir una fragilidad de fondo: la distancia creciente entre un sistema político que se reproduce con eficacia y una ciudadanía que ya no siempre se siente convocada por él.

La gran cuestión de septiembre no será solo quién obtiene más escaños. Será si el próximo ciclo político logra algo que hoy parece más difícil que ganar unas elecciones: restituir a la política marroquí una parte de la confianza que ha perdido.

*Activista saharaui y presidenta de la Asociación GERMUN.

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