Rue20 Español/Ciudad de México
Moisés Amselem Elbaz*
El despegue de la misión Artemis II de la NASA ocurrió exitosamente el miércoles 1 de abril de 2026 a las 6:35 p.m. EDT, marcando un hito histórico mientras la atención global permanecía dispersa en conflictos terrenales y polémicas digitales. Un cohete más alto que la Estatua de la Libertad llevó a cuatro humanos hacia la Luna, no solo en un regreso, sino en una declaración rotunda. Estados Unidos volvió a enseñar la lección más cruda de la geopolítica moderna: un país que abandona la investigación y el desarrollo está condenado a retroceder a las cavernas. Mientras algunas naciones se consumían en la destrucción mutua, otros avanzaron, literalmente, hacia otro mundo.
Los datos, fríos y elocuentes, hablaron por sí solos:
1.102.400 kilómetros de travesía, superando el récord de distancia de la accidentada Apollo 13.
Una reentrada a 40.000 km/h, con un escudo térmico que soportó 2.700 °C, la mitad de la temperatura superficial del Sol.
Un equipo que hizo historia: Christina Koch (primera mujer en orbitar la Luna), Victor Glover (primer hombre afrodescendiente en una misión lunar), Jeremy Hansen (el primer canadiense y no estadounidense en salir de la órbita terrestre) y Reid Wiseman al mando.
El experimento AVATAR: medicina personalizada en el espacio profundo, con chips de médula ósea de los astronautas monitoreando en tiempo real los efectos de la radiación cósmica.
Innovar no es un lujo; es lo que nos proyecta, como especie, años luz hacia delante. La verdadera primacía del desarrollo no se mide en armamento, sino en la capacidad de extender la vida y el conocimiento más allá de nuestro planeta. Esta misión encarnó ese principio: fue ciencia pura al servicio de un futuro expandido.
En estos momentos de fractura global, donde el ruido ensordece cualquier señal de progreso, países como Estados Unidos y sus aliados persiguen una misión distinta: la de construir un mundo de luz, esperanza y estabilidad duradera. El SLS, con sus 4 millones de kilos de empuje, no llevó solo astronautas; llevó una promesa de que la humanidad puede aún unirse alrededor de una hazaña común.
Sin embargo, el silencio mediático fue ensordecedor. En los 60, el mundo contuvo la respiración. Hoy, esta proeza compitió con un reel de TikTok. Hemos perdido la capacidad de asombrarnos por lo que no genera polémica. Artemis II es el recordatorio urgente de que el futuro no se gana en las redes sociales, sino en los laboratorios, en los centros de lanzamiento y en la voluntad inquebrantable de mirar hacia las estrellas, justo cuando otros insisten en mirar al abismo.
El despegue fue un éxito. El cohete cumplió. La pregunta sigue en el aire: ¿y nosotros? ¿Nos conmueve el avance de la humanidad o nos molesta? ¿Queremos ser la especie que construye faros, o la que se dedica a apagarlos?
*Colaborador.
