Rue20 Español/Buenos Aires
José María Quevedo*
La discusión no es solo deportiva. Cada vez que se habla de una nueva edición de la Finalissima —ese trofeo que hoy articulan UEFA y CONMEBOL— lo que en realidad está en juego es quién define el mapa simbólico del fútbol mundial. Y en ese mapa, Europa sigue ocupando el centro, incluso cuando el talento que sostiene su espectáculo llega, en gran medida, desde otras latitudes.
Por eso, pensar en una Finalissima entre el campeón de América y el campeón de África no es una ocurrencia exótica: es una propuesta que interpela directamente ese orden establecido. Un cruce entre la selecciones de la Argentina y Marruecos condensaría mucho más que un partido: sería la expresión de dos continentes históricamente decisivos en la construcción del fútbol global, pero sistemáticamente relegados en su gobernanza.
El mérito deportivo ya está sobre la mesa
La legitimidad de una Finalissima “Sur-Sur” no necesita forzarse. África hace tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad competitiva. Lo demostró Marruecos en la Copa Mundial de la FIFA 2022, alcanzando unas semifinales históricas que no fueron casualidad, sino consecuencia de procesos formativos, identidad táctica y una generación de élite.
Sudamérica, por su parte, no ha dejado de producir selecciones de máximo nivel, con Argentina como referencia reciente tras su consolidación como campeón continental y mundial. El cruce entre ambos campeones no sería un gesto simbólico vacío: sería, simplemente, un duelo entre equipos que ya probaron estar entre los mejores del planeta.
Talento exportado, valor concentrado
Hay una paradoja difícil de ignorar: el negocio más poderoso del fútbol se desarrolla en Europa, pero su materia prima es global. Figuras como Achraf Hakimi, Vinícius Júnior, Enzo Fernández, Julián Álvarez o Lautaro Martínez son protagonistas centrales de ese espectáculo, aunque sus trayectorias se originan en sistemas formativos africanos y sudamericanos.
Europa organiza, factura y capitaliza. África y Sudamérica forman, nutren y compiten. La asimetría no es nueva, pero sí cada vez más evidente. En ese contexto, sostener que los grandes eventos intercontinentales deben seguir orbitando exclusivamente alrededor del eje europeo empieza a parecer más una inercia que una decisión justificada.
Política, calendario y poder
No se trata de una supuesta “superioridad” europea en la cancha. Cuando los cruces se dan, la paridad es real. El punto es otro: Europa concentra poder institucional, define calendarios y protege los intereses de sus clubes, que son los principales empleadores de las figuras globales.
Ahí radica el verdadero obstáculo para una Finalissima alternativa. No es la falta de nivel ni de atractivo, sino la arquitectura política del fútbol internacional. Para que un cruce entre campeones de América y África se materialice, la Confederación Africana de Fútbol debería integrarse en acuerdos que hoy no la incluyen.
Más que un partido, un cambio de eje
Imaginar una Finalissima entre América y África es, en el fondo, imaginar un fútbol menos eurocéntrico. No implica excluir a Europa, sino dejar de asumir que todo debe validarse a través suyo.
Un torneo intercontinental más amplio, rotativo o verdaderamente global podría ser una evolución lógica. Pero incluso un solo partido —Argentina vs Marruecos, por ejemplo— alcanzaría para enviar un mensaje claro: el fútbol no pertenece a un solo centro de poder.
Porque si el talento es global, la representación también debería serlo. Y quizás ha llegado el momento de que el calendario empiece a reflejar lo que la cancha ya viene diciendo hace tiempo.
*Periodista argentino.
