Rue20 Español/Rabat
Moisés Amselem Elbaz*
A lo largo de mi vida, mi camino ha estado marcado por la experiencia de la diáspora, viviendo en diversos países y conociendo distintas realidades. Sin embargo, cada día que pasa, al mirar hacia mis raíces, me doy cuenta con mayor claridad de la grandeza de nuestro Reino. Marruecos no es solo un punto en el mapa; es un ejemplo vivo de convivencia y una monarquía ejemplar que el mundo debería observar con atención.
Bajo la guía de nuestro querido Monarca, Su Majestad el Rey Mohamed VI —que Dios le asista—, descendiente del Profeta y Comendador de los Creyentes (Amir al-Mu’minin), nuestro país respira un discurso de paz que trasciende fronteras. Es en este entorno de estabilidad y respeto donde la relación entre judíos y musulmanes encuentra su expresión más pura.
El Corán: Un puente de respeto, no de división
A menudo, desde el exterior, se malinterpreta la relación del Islam con el judaísmo. Pero al acudir a las fuentes originales, la verdad brilla con fuerza. El Corán reconoce al Zabur (los Salmos) como una revelación divina entregada al Profeta David (Dawud). Esta conexión es tan profunda que el texto sagrado del Islam llega a citar pasajes que resuenan en nuestra propia tradición, recordándonos que los justos son quienes heredarán la tierra (Sura 21:105).
Para el musulmán, David no es un extraño, sino un profeta amado. Esta base teológica es la que permite que, lejos de los conflictos políticos, exista una hermandad real. El Corán establece límites claros y protectores:
Libertad de culto: «No cabe coacción en la religión» (Sura 2:256).
Valor de la vida: «Quien salva una vida, es como si hubiera salvado a toda la humanidad» (Sura 5:32), una máxima que compartimos desde nuestra Mishná.
Vínculos cotidianos: El permiso de compartir la mesa y formar familias (Sura 5:5) demuestra que el odio no tiene lugar en el diseño divino de la convivencia.
La Constitución de Medina y el espíritu marroquí
Este respeto no es nuevo. Ya en el siglo VII, la Constitución de Medina sentó las bases de una ciudadanía compartida donde judíos y musulmanes eran una sola unidad política, libres en su fe y unidos en la defensa de su hogar.
Ese mismo espíritu es el que hoy encarna nuestro Monarca. En Marruecos, la identidad hebrea no es un añadido, sino una parte indisoluble de nuestra constitución y nuestra historia. Mientras en otros lugares la diáspora busca referentes de paz, nosotros los tenemos en casa. La monarquía marroquí ha sabido preservar esta esencia abrahámica, recordándonos que somos, ante todo, hermanos.
Conclusión
Mi vivencia en el extranjero solo ha servido para confirmar lo que ya sentía: nuestro Reino es un faro de luz en tiempos de incertidumbre. La sabiduría de un Monarca que promueve la paz y la protección de todas sus «hijas e hijos de Abraham» es el legado más valioso que podemos ofrecer al mundo. Sigamos caminando juntos, con el Zabur y el Corán como testigos de una hermandad que ningún conflicto podrá borrar.
*Colaborador.
