La injusticia que toleramos

 

Rue20 Español/Madrid

Fatima Zohra Farati Hajjar*

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Hablar de un mundo injusto se ha convertido casi en un acto reflejo. Lo repetimos ante la desigualdad económica, la precariedad laboral, las guerras que parecen lejanas hasta que dejan de serlo, las discriminaciones que sobreviven disfrazadas de normalidad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a formular la pregunta incómoda: si el sistema es injusto, ¿cómo logra mantenerse con tanta estabilidad?

La respuesta no es sencilla, pero tampoco es ajena a nosotros. Ningún sistema se sostiene únicamente por la fuerza. Como señalaba Antonio Gramsci, el poder necesita algo más profundo que la coerción: necesita consenso. Necesita que lo asumamos como inevitable, que lo consideremos el único orden posible, que aprendamos a convivir con sus grietas como si fueran parte del paisaje.

La injusticia moderna rara vez se presenta con rostro brutal. Se disfraza de meritocracia, de libertad de mercado, de estabilidad institucional. Nos dice que quien no progresa es porque no se esfuerza lo suficiente. Nos convence de que cuestionar demasiado es peligroso, que protestar es exagerar, que aspirar a cambios estructurales es ingenuo. Así, poco a poco, la crítica se diluye en la resignación.

No se trata de culpar a las víctimas ni de ignorar que muchas personas luchan diariamente por sobrevivir dentro de estructuras que no eligieron. Se trata, más bien, de reconocer que también participamos ,a veces sin darnos cuenta, en la reproducción de aquello que denunciamos. Consumimos productos fabricados en condiciones injustas. Compartimos discursos que refuerzan estereotipos. Votamos sin informarnos o dejamos de votar convencidos de que “nada cambia”. Callamos cuando la injusticia no nos afecta directamente.

La historia demuestra que ningún orden es eterno. Las transformaciones sociales han surgido cuando una masa crítica decidió que la normalidad era inaceptable. Jean-Jacques Rousseau defendía que la soberanía reside en el pueblo, no como consigna romántica, sino como principio político: si el poder emana de la ciudadanía, también su legitimidad depende de ella.

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Aceptar que contribuimos ,en alguna medida, a la continuidad del sistema no significa asumir una culpa paralizante. Significa recuperar agencia. La injusticia no desaparece solo por señalarla; necesita ser cuestionada en hábitos cotidianos, en conversaciones incómodas, en decisiones políticas y económicas concretas.

Tal vez el mundo es injusto porque lo hemos aprendido a tolerar. Y tal vez el primer gesto de cambio no sea una revolución grandilocuente, sino la ruptura íntima con esa tolerancia. Cuando dejamos de normalizar lo inaceptable, el sistema comienza a perder su mayor sostén: nuestra conformidad.

La pregunta, entonces, no es únicamente por qué el mundo es injusto. La pregunta sería «cuánto más estamos dispuestos a permitirlo.»

*Periodista y activista hispano-marroquí.

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