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miércoles, junio 10, 2026

Exceso de fuerza en El Sadar ‘avergüenza’ a Louzán por sus declaraciones tras la final de Copa África

 

Rue20 Español/Madrid

La noche del sábado en el estadio de El Sadar, tras la victoria del Club Atlético Osasuna frente al Real Madrid, se vivieron escenas que pocos aficionados desearían presenciar en un partido de fútbol.

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Imágenes difundidas en redes sociales muestran a agentes de la Policía Nacional cargando contra asistentes, provocando carreras, caídas y momentos de pánico entre los socios del club.

Dos civiles y dos policías resultaron heridos, y dos personas fueron arrestadas, mientras el Osasuna anunciaba una investigación interna para esclarecer lo ocurrido.

Estos incidentes, aunque aislados, ponen sobre la mesa un debate incómodo: ¿Están preparados los grandes eventos deportivos en España para gestionar la seguridad de manera equilibrada?

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La respuesta, a la luz de lo ocurrido en Pamplona, invita a la reflexión. La intervención policial, según las autoridades, se desencadenó por la necesidad de identificar al responsable de un lanzamiento de botella; pero el resultado fue desproporcionado y generó alarma entre quienes solo buscaban celebrar un triunfo.

Este contexto español contrasta marcadamente con lo que Marruecos ha demostrado en la organización de eventos internacionales recientes. La Copa Africana de Naciones 2025, celebrada en nueve estadios y con infraestructura de transporte interconectada, transcurrió con un nivel de seguridad y profesionalidad que sorprendió al mundo. Ni lluvias torrenciales ni imprevistos provocaron incidentes de gravedad, y la experiencia de los aficionados fue prioritaria en cada decisión logística.

Marruecos mostró que la planificación detallada, la inversión en infraestructuras y la formación de los equipos de seguridad permiten que grandes multitudes celebren sin miedo a cargas policiales excesivas ni desórdenes.

Es importante recordar que durante la final de la CAN entre Senegal y Marruecos, donde se registraron disturbios provocados por la reacción de la afición senegalesa, las autoridades marroquíes no recurrieron a la violencia para controlar la situación.

El Reino se limitó a garantizar la seguridad del torneo de manera profesional, evitando enfrentamientos con los aficionados y permitiendo que la celebración deportiva se desarrollara dentro de un marco ordenado. Esta actuación refuerza la reputación de Marruecos como un país capaz de gestionar eventos de alto riesgo sin recurrir al exceso de fuerza.

El exceso de fuerza desplegado en El Sadar también pone en entredicho las declaraciones de Rafael Louzán tras la final de la Copa África, cuando defendió la capacidad organizativa de España y cuestionó la actuación de la CAF y de Marruecos.

Las imágenes de cargas policiales contra aficionados pacíficos, caídas y momentos de pánico demuestran que incluso en un país con experiencia en grandes eventos, la gestión de la seguridad puede generar episodios que avergüenzan a sus propios representantes.

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La realidad en Pamplona contradice sus palabras, recordando que la planificación y la prudencia son tan importantes como la infraestructura en la organización de torneos internacionales.

A cuatro años del Mundial 2030, este contraste no es menor. Mientras algunos sectores en España insisten en promover sus candidaturas para albergar la final, olvidan que la seguridad de los aficionados es un criterio clave para la FIFA, tan importante como la calidad de los estadios o la conectividad entre ciudades anfitrionas.

Lo sucedido en El Sadar recuerda que una infraestructura histórica no garantiza un entorno seguro si la gestión de los riesgos no se ajusta a la realidad de eventos masivos.

Marruecos, por el contrario, ha construido estadios modernos, sistemas de transporte eficientes y protocolos de seguridad que priorizan la experiencia del público. La futura “Joya de Benslimán”, junto a Casablanca, Rabat, Marrakech, Agadir y Tánger, representa un modelo planificado para grandes torneos.

La pregunta que se plantea hoy no es solo quién albergará la final del Mundial 2030, sino dónde los aficionados podrán disfrutar de la fiesta del fútbol sin temor a cargas policiales o incidentes evitables.

En definitiva, los hechos de El Sadar son una advertencia: el éxito de un Mundial no se mide únicamente por la belleza de los estadios ni por la tradición deportiva, sino por la capacidad de garantizar seguridad, orden y disfrute.

Si la FIFA valora estas lecciones, Marruecos no solo estará listo para albergar la final de 2030, sino que lo hará demostrando que en el fútbol, la planificación y la responsabilidad superan con creces la improvisación y el exceso de fuerza.

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