Rue20 Español/ Fez
Meryem Ghoua
El fútbol africano vive un día negro. Lo que ocurre en la Confederación Africana de Fútbol (CAF) no es solo un escándalo aislado: es un espectáculo de descontrol institucional que recuerda al hundimiento de un Titanic moderno.
Detrás de las sonrisas calculadas y los gestos de cortesía, se esconde una realidad alarmante: la gobernanza se ha convertido en un cascarón hueco, permeable al amateurismo y a la ilegalidad.
El escándalo arbitral destapado por Olivier Safari, responsable de la Comisión de Árbitros, transforma los rumores en evidencia concreta. La final de la CAN estuvo marcada por instrucciones a los árbitros para ignorar sabotajes en el campo. La ética deportiva se sacrificó en el altar de pactos políticos de pacotilla, dejando a las reglas del juego en el olvido.
El intento de Patrice Motsepe de suavizar las tensiones con gestos de fraternidad fracasó. Samuel Eto’o recordó que los abrazos y el sentimentalismo no sustituyen la ley ni los estatutos. La CAF no puede depender del clientelismo como brújula: la confederación ha perdido el norte, y sus decisiones reflejan un vacío de liderazgo alarmante.
La burocracia opera en zonas sombrías. Con mandatos caducados y límites de edad sobrepasados, la legalidad de las decisiones posteriores a octubre de 2025 es cuestionable.
El Secretario General se comporta como un chamán de la sombra, manejando la institución desde la opacidad y la manipulación, mientras el continente observa perplejo.
Entre propuestas de una Nations League improvisada y una CAN ampliada a 28 equipos, la CAF intenta disfrazar la política interna como progreso deportivo. El mensaje es claro: comprar apoyos políticos a costa de la meritocracia, maquillando la competición para agradar a futuros votantes, mientras la justicia deportiva queda relegada.
El comunicado posterior al incidente Al Ahly – AS FAR fue solo un gesto cosmético. La tibieza del texto refleja la prioridad de la estética sobre la verdad.
La CAF, en manos de directivos que juegan con la institución como un tablero de ajedrez, demuestra que el engaño y la manipulación prevalecen sobre la integridad.
El continente asiste, atónito, al naufragio de su principal organismo futbolístico. El fútbol africano merece algo más que promesas vacías y melodías impostadas: merece una CAF que respete sus normas, a sus dirigentes y, sobre todo, a sus aficionados. Mientras la orquesta siga tocando, el barco sigue hundiéndose.
