Rue20 Español/ Madrid
Abdelhamid Beyuki*
En la geopolítica entre España y Marruecos, los gobiernos juegan un papel evidente, sin embargo hay un actor discreto, pero decisivo que son las monarquías de ambos países. Atrás quedan las simples relaciones protocolares; a menudo lazos personales entre los reyes de España y Marruecos han construido puentes, apaciguado crisis y abierto espacios de diálogo cuando la diplomacia formal parecía demasiado lenta o demasiado tensa.
Desde los tiempos de Hassan II, la relación con la Corona española fue más que una alianza de conveniencia, estuvo marcada por una confianza personal profunda entre los dos Reyes. Según el CIDOB (Barcelona Center forinternational affairs), ese vínculo fue descrito por ambos monarcas como “fraternal”.

Ese afecto no solo era retórica. En marzo de 1986, durante la fiesta de conmemoración del 25º aniversario del trono de Hassan II en Marrakech, Juan Carlos I fue recibido con gran pompa y fervor popular. Miles de marroquíes salieron a las calles con banderas de España y Marruecos para aclamar al monarca español. Aquella visita, aunque oficial, tuvo también instantes privados significativos. Según medios diplomáticos preguntados por el periódico “el País”, se esperaba que Juan Carlos I y Hassan II mantuvieran conversaciones reservadas sobre el estado de las relaciones bilaterales.
Ese carácter personal de la relación se vio también en gestos diplomáticos menos formales. Se ha documentado que muchos de los conflictos más agudos entre España y Marruecos se suavizaron gracias a llamadas telefónicas directas entre Juan Carlos I y Hassan II según el periódico La Razón digital del 17 de noviembre de 2025.
No es exagerado decir que, detrás de la tensión migratoria, las negociaciones pesqueras o las disputas territoriales, existía una “línea monárquica” que mantenía la comunicación cuando las vías institucionales podían resultar lentas o rígidas.
Un episodio particularmente simbólico fue la firma del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperaciónen 1991, que se rubricó por dos poderosos ministros de interior en presencia de ambos reyes. Esa rúbrica no era solo formal, representaba un compromiso duradero sustentado no solo en intereses nacionales, sino también en la relación personal entre dos monarcas.
Más allá de los actos públicos, surgieron anécdotas con trasfondo estratégico e historias que ilustran cómo la amistad real trascendía la diplomacia rígida.
Aunque la Marcha Verde emprendida por Hassan II en 1975 representó un gran desafío para España —con la reivindicación de Marruecos su legitima soberanía sobre el Sahara occidental—, la relación entre el monarca marroquí y Juan Carlos I ya comenzaba a madurar. Según el historiador Mourad Zarrouk en una declaración recogida en un despacho de EFE publicado el 4 de agosto de 2020 , incluso esos primeros choques no rompieron la amistad entre ambos, porque priorizaban “los lazos personales” frente a las fricciones políticas. Con el tiempo, esa cercanía se consolidó mediante gestos significativos como cuando en 1988 Hassan II envió una carta a Juan Carlos I para justificar el aplazamiento de una visita a España por “razones de oportunidad”, y a través del príncipe heredero– actual Rey de Marruecos– hizo llegar un mensaje personal al monarca español, un gesto que mostraba cómo incluso los asuntos diplomáticos podían canalizarse de manera casi familiar según el periódico “ el país” edición del 30–31 de octubre de 1988.
Con la llegada al trono de Mohamed VI en 1999, después de la muerte de Hassan II, la relación monárquica no se rompió, pero sí cambió de tono. Juan Carlos I siempre mantuvo una relación cercana con su sucesor, incluso en el funeral de Hassan II, el rey emérito expresó que consideraba a Mohamed VI como a su “hermano menor”.

Este vínculo personal ha tenido repercusiones diplomáticas, por ejemplo, durante la crisis de la isla de Perejil en julio de 2002 cuando la tensión entre los gobiernos fue intensa, la relación entre monarcas facilitó desactivarla y facilitar la labor mediadora del ex secretario de estado americano Colen Paul, algunos analistas sugieren que los canales monárquicos pudieron haber jugado un papel en moderar la escalada.
La llegada al trono de Felipe VI y Mohamed VI ha llevado la relación bilateral a un terreno más institucional y menos personal, aunque sin restar importancia a este último. El antiguo vínculo de confianza entre Juan Carlos y Hassan II mostraba cómo la sintonía entre monarcas podía funcionar como un seguro diplomático y aportar continuidad en medio de cambios políticos. Sus herederos mantienen ese legado, pero también evidencian los límites del poder simbólico. Asuntos como Ceuta y Melilla, el Sáhara occidental marroquí , la pesca o la inmigración exigen políticas y acuerdos formales. Aun así, las monarquías siguen siendo útiles como canales de diplomacia discreta, capaces de influir entre bastidores cuando la agenda pública lo complica.
En definitiva la relación entre España y Marruecos no puede comprenderse plenamente sin tener en cuenta el papel central que han desempeñado sus monarcas. Juan Carlos I y Hassan II no fueron solo jefes de Estado alineados en intereses estratégicos, sino dos figuras que tejieron una amistad personal capaz de trascender crisis y barreras institucionales. Ahora, ya con Felipe VI y Mohamed VI, la monarquía sigue siendo un actor clave —aunque menos emocional y más institucional— en la compleja danza diplomática entre Madrid y Rabat.
Este legado regia-regio es más que una anécdota histórica, es un activo político, aunque tiene sus límites, y los grandes desafíos de las relaciones hispano-marroquíes no se resolverán únicamente mediante llamadas entre tronos.

*Experto en las relaciones hispano-marroquíes.
