Rue20 Español/Rabat
En un escenario internacional complejo, Argelia, bajo la presidencia de Abdelmadjid Tebboune, despliega una intensa actividad diplomática que, a un análisis más profundo, se asemeja más a una elaborada puesta en escena que a una estrategia geopolítica sólida.
Desde fastuosas recepciones a embajadores hasta acuerdos bilaterales sin contenido tangible, el régimen argelino parece priorizar la forma sobre el fondo, generando una diplomacia de la apariencia que busca enmascarar su creciente aislamiento.
Un ejemplo paradigmático de esta tendencia es el reciente desfile de embajadores en el Palacio El Mouradia. La despedida de cuatro diplomáticos (Egipto, Sudán, Suecia y Suiza) al término de sus misiones se convirtió en un evento mediático magnificado por la presidencia y los medios oficiales, presentándolo como una prueba de la relevancia de Argelia en el panorama mundial. Sin embargo, esta «diplomacia de las despedidas» contrasta con la falta de avances concretos en temas cruciales para el país.
En el ámbito económico, la visita de representantes de ExxonMobil y Chevron a Argel, tras la escala del emisario estadounidense Massad Boulos, generó expectativas infladas.
La prensa oficial, como El Moujahid, anunció la inminente revitalización de la economía argelina gracias a estas asociaciones. No obstante, la realidad dista mucho de la narrativa oficial.
La ausencia de altos ejecutivos de las compañías y la limitación de las conversaciones a estudios exploratorios a largo plazo revelan la fragilidad de estos supuestos avances.
Mientras tanto, Estados Unidos, a través de Donald Trump y posteriormente reiterado por Massad Boulos en el diario El Watan, reafirmó su reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, dejando a Argelia en una posición diplomáticamente incómoda.
La visita de Tebboune a Roma a finales de julio ilustra aún más esta diplomacia de la fachada. Los cuarenta acuerdos anunciados con gran pompa carecen de presupuesto, cronograma y detalles concretos.
Más allá de la cooperación en seguridad e inmigración, los acuerdos se reducen a gestos simbólicos como el reconocimiento mutuo del permiso de conducir.
Mientras tanto, según revelaciones del periodista Abdou Semmar, Argelia vende su gas a Italia a precios significativamente inferiores a los del mercado, generando pérdidas millonarias para el país. A cambio, Tebboune obtiene una «legitimidad» internacional superficial, coqueteando con la extrema derecha italiana, en una contradicción flagrante con la retórica del régimen argelino.
Ante la falta de aliados de peso, Argelia busca acercamientos con líderes de menor envergadura, como los presidentes de Zimbabue y Líbano. La pomposa recepción del presidente libanés Joseph Aoun y la promesa de reconstruir el sur del Líbano, con un «regalo» de 200 millones de dólares, contrastan con la precaria situación económica interna de Argelia, donde hospitales carecen de recursos y la población enfrenta una austeridad creciente. Esta «diplomacia de la limosna» refleja la desconexión del régimen con las necesidades reales del país
Para completar el cuadro, Tebboune recurre a la desinformación. El anuncio de una inversión multimillonaria de un conglomerado malasio, diez veces superior a su facturación anual, se revela como una manipulación mediática destinada a crear una ilusión de prosperidad. Esta «diplomacia de la mentira» solo profundiza la desconfianza en un régimen que prioriza la imagen sobre la sustancia.,
En definitiva, la diplomacia argelina bajo Tebboune se caracteriza por la «coreografía del vacío», privilegiando la puesta en escena sobre la estrategia, la apariencia sobre el impacto real. Mientras el régimen persista en esta «diplomacia del espejismo», Argelia seguirá aislada en el desierto internacional, desconectada de las necesidades de su propia población.
