Rue20 Español/Madrid
Desde el podio del Ministerio de Asuntos Exteriores español, el ministro marroquí Nasser Bourita defendió a capa y espada el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara. Lanzó un dardo certero, dirigido con precisión quirúrgica a un sector muy específico del ecosistema político español: esa izquierda radical —a menudo más ruidosa que relevante— que aún cree vivir en una asamblea universitaria de los años setenta.
Bourita no habló para convencer a los convencidos. Habló para poner nombre y rostro a una realidad que Marruecos conoce de sobra: el encarnizamiento de ciertas fuerzas de la extrema izquierda española que, con la bandera de los “pueblos oprimidos”, buscan eternizar un conflicto al que solo Rabat ha ofrecido una salida política, seria y viable.
«Quienes sostienen posturas antiguas e insisten en reclamar un referéndum de autodeterminación no quieren una solución», declaró Bourita, según recogió El País; subrayando que esos grupos prefieren “mantener otros 50 años más a los retenidos en los campamentos del desierto argelino”.
La frase no deja lugar a interpretaciones. Es una denuncia directa a quienes viven el conflicto como un teatro ideológico y no como una tragedia humana real.
Lo que algunos llaman lucha solidaria es, en realidad, ceguera ideológica. Porque no se puede abanderar los derechos humanos y, al mismo tiempo, apoyar ciegamente a un grupo armado financiado y dirigido por un régimen argelino represor, que instrumentaliza la tesis separatista como peón en su guerra fría contra Marruecos.
Desde Madrid, Bourita subrayó que el respaldo de España al plan de autonomía marroquí se inscribe en una tendencia europea amplia y consolidada, con más de 22 países de la UE alineados en esa misma posición.
Francia ha actualizado sus mapas oficiales. Estados Unidos, con Trump y ahora con Rubio, reitera su posición: el Sáhara es marroquí. Marruecos no está solo, como algunos aún pretenden. Está rodeado de aliados estratégicos que entienden que la estabilidad regional y el desarrollo pasan por soluciones realistas, no por referendos imposibles.
Mientras tanto, desde el otro extremo ideológico, el silencio es ensordecedor. Ningún grito por los niños secuestrados en Tinduf. Ninguna marcha por la libertad de movimiento de los retenidos que quieren integrarse plenamente en su patria. Ningún cartel con el rostro de quienes son castigados por negarse a ser peones de Argel.
En vez de aportar ideas, la izquierda radical española sigue anclada en símbolos muertos y posturas que solo perpetúan la desgracia. No defienden a los retenidos en Tinduf; defienden una causa vacía que les da sentido político.
