Rue 20 Español/Alhucemas
Fikri SOUSSAN
El 31 de marzo, el profesor Carlos Jiménez Piernas publicó en ABC una tribuna titulada «Sánchez y Mohamed VI», en la que critica duramente la política exterior del presidente Pedro Sánchez hacia Marruecos. Lo acusa de haber cedido, de haber actuado en solitario y de haber abandonado al «pueblo saharaui». Como marroquí y seguidor cercano de la actualidad política española, me veo en la necesidad de responder. No por orgullo, sino por claridad… y sobre todo por justicia.
Sánchez no ha cedido, ha elegido
Lo que algunos llaman «cesiones» no son más que decisiones estratégicas orientadas al interés mutuo. Pedro Sánchez ha asumido que Marruecos no es una amenaza, sino un socio imprescindible para España. Desde 2022, ambos países han logrado restablecer una relación que se había deteriorado profundamente, y lo han hecho sobre la base del respeto y la cooperación.
Fruto de ese entendimiento se han reactivado las reuniones de alto nivel, se han firmado acuerdos económicos y sectoriales, se ha reanudado la coordinación en materia migratoria y antiterrorista, y España ha alcanzado cifras récord en su comercio con Marruecos. Esos son hechos. No hay servidumbre, hay reciprocidad.
¿No es eso precisamente lo que se espera de una política exterior eficaz y realista?
La carta a Mohamed VI: liderazgo y Estado
La famosa carta de marzo de 2022 que Pedro Sánchez dirigió al Rey Mohamed VI fue sin duda un gesto valiente. Cambió el rumbo diplomático y supuso un punto de inflexión. ¿Se tomó en solitario? Posiblemente. ¿Debió explicarse más y mejor? Seguramente. Pero lo que no puede negarse es que fue un acto de liderazgo en un momento crítico, que permitió desbloquear una relación estancada y evitar una crisis mayor.
Hoy, esa decisión se ha convertido en política de Estado. Ningún gobierno posterior, ni de izquierda ni de derecha, revertirá fácilmente ese paso. Porque apostar por Marruecos es apostar por la estabilidad en la frontera sur, por la cooperación estratégica y por una visión realista del mundo.
¿Abandono del “pueblo saharaui”? ¿O ruptura con un mito colonial?
Una de las críticas más repetidas es que España ha abandonado al «pueblo saharaui». Pero ¿qué significa exactamente ese concepto? Numerosos estudios recientes, como el del antropólogo marroquí Rahal Boubrik, demuestran que la noción misma de «pueblo saharaui» fue una invención política del régimen franquista para justificar su permanencia colonial en el Sáhara. Esa identidad diferenciada no existía antes de la ocupación española, y fue construida artificialmente con ayuda de antropólogos y propagandistas coloniales.
El objetivo era dividir lo que históricamente había estado unido: las tribus saharianas siempre formaron parte del entramado social, económico y espiritual del Marruecos precolonial. No existía una nación saharaui con instituciones propias, ni una conciencia nacional separada. Lo paradójico es que hoy, ciertos sectores ideológicos del progresismo español repiten sin cuestionar ese relato colonial, mientras ignora las luchas de los marroquíes –incluidas las de las propias tribus saharianas– contra el colonialismo.
¿Significa esto que no hay saharauis con identidad y derechos propios? Por supuesto que no. Pero esa identidad puede reconocerse y respetarse dentro de una solución política como la autonomía, sin necesidad de perpetuar un conflicto basado en una construcción histórica artificial. El plan marroquí propone precisamente eso: autogobierno, derechos y reconocimiento, sin romper la integridad territorial del país.
Apoyar esta vía no es traicionar a nadie. Es romper con una herencia colonial y abrir una puerta realista hacia el futuro.
¿Y acaso no es eso lo que define a un liderazgo con sentido de Estado?
La verdad histórica y jurídica: el Sáhara siempre fue parte de Marruecos
Más allá de la propaganda y los discursos ideológicos, hay una realidad que los archivos, la historia y el derecho internacional no pueden ignorar: el Sáhara ha sido históricamente parte del Reino de Marruecos.
Durante siglos, las tribus saharauis han mantenido lazos de lealtad con los sultanes marroquíes a través de la baiʿa, la forma tradicional de juramento de fidelidad en el Magreb islámico. Estas relaciones políticas y espirituales se remontan a mucho antes de la llegada del colonialismo europeo. Incluso en la Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de 1975 se reconoce la existencia de esos vínculos jurídicos y de lealtad entre las tribus saharauis y el sultanato marroquí. Lo que algunos interpretan como ambigüedad, en realidad fue un reconocimiento de una verdad histórica incontestable.
A esto se suman pruebas documentales contundentes. Por ejemplo, un documento diplomático francés recientemente desclasificado confirma la marroquinidad de Tinduf y denuncia cómo, en 1960, las autoridades coloniales francesas expulsaron por la fuerza a marroquíes residentes en esa ciudad. La protesta oficial de Marruecos evidencia que su soberanía sobre esas regiones no responde a un capricho reciente; al contrario, se trata de un principio que ha sido defendido con firmeza mucho antes de la descolonización.
Y es que el término «Sáhara Occidental» en sí mismo es una invención colonial. Como han demostrado investigadores como Jillali El Adnani y Rahal Boubrik (El Sáhara a prueba la Colonización. Una nueva narrativa histórica y La cuestión del Sáhara. En los orígenes de una invención colonial 1884-1975, respectivamente) esta denominación fue diseñada por las potencias coloniales —principalmente Francia y España— con fines geopolíticos, especialmente para cortar el acceso de Marruecos a África Occidental. El propio régimen franquista dio forma al concepto de «pueblo saharaui» como una construcción útil para oponerse a las reivindicaciones marroquíes y mantener el control sobre un territorio estratégico.
Negar la historia compartida entre el Sáhara y Marruecos es caer en una ficción geopolítica heredada del colonialismo. Es olvidar que las mismas potencias que hoy se presentan como guardianas del derecho internacional trazaron fronteras arbitrarias que dividieron pueblos y culturas con escuadra y compás.
Hoy, más de 60 países han expresado su apoyo al plan de autonomía marroquí, considerado por Naciones Unidas como una solución «seria, creíble y realista».
¿Qué más necesita la comunidad internacional para reconocer que la marroquinidad del Sáhara no es una afirmación ideológica, sino una realidad fundada en la historia, en el derecho y en la voluntad de millones de ciudadanos que viven y trabajan cada día en Dajla, El Aaiún o Smara?
Un acierto estratégico que beneficia a ambos
En política internacional, lo ideal a veces es enemigo de lo posible. Pedro Sánchez ha optado por lo posible, lo viable, lo que permite construir. Y esa apuesta le ha dado a España más estabilidad, menos tensión migratoria y mayor presencia en el norte de África.
España no ha perdido nada. Ha ganado interlocución, influencia, y la posibilidad de resolver un conflicto que lleva décadas sin salida. Marruecos, por su parte, ha respondido con hechos, no solo con palabras. Quienes critican esta política desde viejos esquemas ideológicos harían bien en observar los resultados concretos.
Al final, Marruecos y España no pueden vivir de espaldas. Sus destinos están entrelazados. Entenderse no es ceder, es avanzar. Como escribió con lucidez el diplomático Alfonso de la Serna, es hora de que ambos países se miren «de frente, a los ojos», y no «de través», para disipar de una vez por todas las sombras que aún oscurecen el Estrecho (ABC, 24 de septiembre de 1989).
¿No ha llegado ya, entonces, el momento de mirar sin reservas hacia esa orilla común que compartimos desde hace siglos?
Un apunte final
Es comprensible que una figura de la talla académica del profesor Jiménez Piernas defienda con pasión sus convicciones jurídicas. Pero a veces, incluso desde la cátedra, conviene recordar que el Derecho Internacional no se reduce a citas selectivas ni a categorías rígidas. También se escribe en el terreno, se moldea con la práctica diplomática, y se adapta —como la historia misma— a los nuevos equilibrios regionales. Saber mucho de derecho, como insinúa con autoridad el autor de la tribuna en ABC, no siempre equivale a comprender del todo la geopolítica de un conflicto que lleva medio siglo esperando soluciones reales. Y en eso, quizás Pedro Sánchez haya mostrado más intuición histórica que muchos manuales.
Quizá el profesor Jiménez Piernas invocó con razón el principio latino do ut des —«doy para que me des»— como eje de las relaciones internacionales. Pero a veces, en política exterior, no se trata solo de dar para recibir, sino de reconocer lo que ya es, para construir lo que debe ser. Y en eso, veritas y prudentia pesan más que la nostalgia.
(Pecaré de atrevido —pecata minuta, espero— si me permito añadir un humilde complemento al título escogido por el profesor en ABC: “Sánchez y Mohamed VI… o cuando la política exterior se ejerce con la mirada puesta en el Estado, y no en el retrovisor de la nostalgia”. Y ya que hablamos de Derecho, terminaré con una máxima jurídica reinterpretada por Hegel: fiat iustitia ne pereat mundus —hágase justicia, sí, pero para que el mundo no perezca).
