Argelia pide a España que vuelva… al pasado

 

Rue20 Español/ Rabat

Argelia lo ha vuelto a hacer. Esta vez, a través del presidente de su Parlamento, Ibrahim Boughali, quien se ha dirigido al embajador de España en Argel, Fernando Morán, para solicitar formalmente que Madrid reconsidere su postura de apoyo al plan de autonomía marroquí para el Sáhara. En otras palabras: que renuncie al presente, a la razón de Estado, y regrese obedientemente a los tiempos en que fingía no tener opinión.

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Según fuentes argelinas, Boughali lamentó “profundamente” el cambio de postura española, instando a una vuelta al “histórico” papel neutral de España. Curiosa nostalgia por una neutralidad que servía más a los intereses de Argelia que a los principios del derecho internacional. Una neutralidad entendida como sumisión al relato unilateral que brota desde los despachos opacos de El Mouradia.

Frente a esta petición, el embajador español recordó con la cortesía que exige el protocolo que España mantiene su apoyo a una solución mutuamente aceptable en el marco de las resoluciones de la ONU. Traducido sin rodeos: la decisión está tomada y no hay vuelta atrás.

El problema no es España. El problema es que Argelia no soporta que el mundo se mueva sin su venia. Sufre una alergia diplomática cada vez que una capital europea decide actuar con pragmatismo y coherencia. Y cuando ese pragmatismo se traduce en respaldo a Marruecos, entonces en Argel se activa el reflejo doctrinario de exigir “rectificaciones” como si todavía estuvieran vigentes los manuales polpotianos donde la historia solo tenía una dirección: la que dictaba el partido único.

España, como tantas otras naciones, ha comprendido que el plan de autonomía marroquí no es solo la solución más realista: es la única sobre la mesa. Mientras tanto, Argelia insiste en revivir un relato agotado, con un guion que ya nadie sigue fuera de sus propias fronteras y que ni siquiera logra consenso interno.

En definitiva, Argelia exige a España que retroceda en nombre de una causa que ni el tiempo ni la realidad logran sostener. Pero los relojes diplomáticos europeos ya no giran según el compás de Argel, y menos aún cuando el precio es negar lo evidente.

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