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viernes, abril 19, 2024

RECUERDO INCIPIENTE (2)

 

 

Abderrahmane Belaaichi

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“Este relato y otros, los he escrito en momentos diferentes, momentos en que sentía y creía que necesitaba ese ejercicio para salvarme de la obsesión de tanto pensar que me ata sin clemencia. Creía que la escritura podría liberarme y confieso que lo ha conseguido. A lo mejor son relatos sueltos e independientes, pero forman parte de la misma cadena. La cadena de la Vida. La mía y quizá también la de muchos, como yo.”

 

El impacto de la escena del espejo era tan fuerte que no podía oponer resistencia a sus reminiscencias cuyas riendas están ahora irrevocablemente sueltas más que nunca. Y todo lo que antes rehuía y eludía lo ve ahora desfilarse ante sus asombrados y claros ojos; la escena ha hecho desencadenar milagrosamente lo que antes pertenecía a lo imposible e inaccesible.

 

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Abandonó el cuarto de baño pero no sin antes echar una nueva ojeada aguda y seria al imponente y resplandeciente espejo, quizá como signo de reconocimiento o agradecimiento de haberlo arrastrado hasta franquear los límites de un sueño que permaneció mucho tiempo en el mundo de las utópicas ilusiones. Se abalanzó suavemente sobre su caótica y desarreglada cama dejando desprender un disgusto inesperado tras estas remembranzas. Cruzó los brazos por debajo de la cabeza y clavó esmeradamente su vista en el techo pardusco del dormitorio como queriendo recuperar en lo hondo de sí mismo algún detalle perdido, algún eslabón que pudiera hilvanar y restituir unidad a su dislocado y desfasado pensamiento. Meditaba un buen rato y pensaba que las cosas al fin y al cabo no estaban tan malas como daban la impresión. El caso era sentarse y contemplarlas bien con cierto distanciamiento, seguro, pero no con indiferencia e impasibilidad. Miró de nuevo el reloj; había pasado casi media hora desde que se levantó. Estuvo a punto de dar un salto en el aire si no fuese enredado de nuevo por unas ideas abismales y borrosas que él mismo se empeñó en arrojar de sí aunque en vano. Recordó que no nació en aquella habitación del espejo aunque sí en ella se gestaban sus primeras ambiciones de niño; constituía de algún modo el semillero de sus prematuros e infantiles sueños.

 

La habitación era una extensión de la original, la que era escenario y testigo de casi todos los partos que tenían lugar en su casa; partos que asumía su madre sin rechistar porque estaba hecha, así decía la gente del pueblo, para ello. La habitación matriz era cuadrara, un poco oscura al parecer ya que estaba cercada por cuatro piezas, pero aireada porque su puerta estaba contigua a las ventanas de las dos habitaciones que la confinaban por el este y por el oeste. Encarnaba el símbolo de la procreación y fecundación. Tenía por eso unos valores humanos y afectivos inestimables por las vidas que en ella han visto el día y por los objetos preciosos y valiosos que contenía. Cajones rojos antiguos y artesanales de distinto tamaño que estos días se afanan los bazaristas en adquirir a precios respetables, incluso a veces inesperados y seductores, dentro de los cuales yacían doblados los tapices multicolores típicos, con motivos y guarniciones puramente beréberes, confeccionados por las hábiles manos de las mujeres del pueblo. Tapices que guardan todavía viva la memoria de una época, y a través de ella, de toda una generación que ahora descansa en las tumbas. Tapices que sólo se ven, para los más dichosos, en ocasiones de fiesta, bodas, circuncisiones; en fin, en ocasiones tan especiales. Son el orgullo, entre otras cosas, de mis padres y de todos nosotros. Estos tapices los persiguen también los bazaristas por ser locamente apreciados por los turistas occidentales que afluyen masivamente a esta región durante todo el año. El legado de la habitación se completa por cuatro objetos de gran valor afectivo para toda la familia.

 

El primero es imponente por su tamaño y forma, es una barra cilíndrica apiramidada de azúcar de cuatro kilogramos y de una altura de casi cuarenta centímetros, única en su género en el pueblo. La barra cilíndrica está envuelta en una hoja de papel azul oscuro pegado en medio por otro pequeño y redondo que lleva el logotipo de la compañía nacional que lo ha producido, lo cual sirve a la vez de garantía de la autenticidad y protección de la materia de manchas ya que es de un color blanco como la nieve. Yacía, fuera del alcance de los niños a una altura bastante notable, sobre un estante puesto a su vez sobre dos varas de hierro bien clavadas en la pared. Más atractivas eran también las barritas azules de azúcar, muy minúsculas de tan sólo unos gramos, colgadas en las palos largos que sostienen el techo de la habitación.

 

Había asimismo en la pared, que separaba esta habitación con la del espejo, dos fotografías, en blanco y negro, pegadas una al lado de otra como si fueran una sola: una de Mohamed V y otra de Jamal Abdenacer. Estas marcaban para siempre el espacio por asistir y presenciar el nacimiento de casi todos sus hermanos tanto mayores como menores.

 

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Se podrían considerar auténticos padrinos de todos los hijos de Ben Abdallah y su mujer Fátima. El paisaje contenía igualmente unos cuantos haces de espigas de trigo bien maduro, dorado y muy brillante, como si fuesen segadas recientemente. Estaban también colgadas en clavos hundidos en los palos de la habitación después de atadas por un hilo. El cuarto elemento de naturaleza religiosa y nostálgica lo constituía un bolso de plástico blanco que contenía grasa que su padre trajo de la Meca, en aquel entonces el hijo tendría seis o siete años. Aquella grasa de camello era para todos sagrada y se creía que traía suerte y buenaventura. Para el padre debía representar algo más que esto.

 

En fin, la habitación se convirtió en medio de estos elementos decorativos en un museo de objetos raros e inusitados; la simbólica sin embargo de los mismos era innegable y rotunda a los ojos de todos: yendo de lo que conforma el orgullo de la economía nacional, pasando por el espíritu patriótico y nacionalista de las fotos y la dedicación fundamental de los pueblerinos, y llegando a lo sagrado. Constituían de alguna manera la mascota de la casa.

 

Juntos confirieron al espacio un aire misterioso; la habitación imponía indudablemente, por ello, admiración y veneración. Si la misma tenía aberturas hacia los dos sentidos horizontales, asimismo las tenía verticalmente. En su centro había un orificio abierto sobre el zaguán de la planta de abajo y otro abierto lateralmente en el techo junto a la pared de los retratos que permitía la instalación del tubo que salió de la chimenea de la calefacción que había en la habitación y que funcionaba con gasoil. Ahora ambas grieta están tapadas con tamices de hierro que dejan entrar la luz e impiden que los bichos se deslicen al interior.

 

No parecía de ningún modo la habitación aislada ni cerrada como se podía imaginar a primera vista; al contrario acapara toda la importancia ocupando el centro de esta parte relativamente moderna de la casa.

 

Completaban el paisaje los muchos anaqueles fijados desordenadamente aquí y allí, sobre los que ponían frascos de distinto tamaño y uso, botellas, utensilios, clavos, tornillos, llaves de candados desconocidos. Había también dos grandes y anchos estantes, uno a la derecha y otro a la izquierda, más grande, que servían para poner ropa lavada, mantas, alfombras y tapices que no cabían en los grandes cajones. La habitación se parecía así a una feria de trajes de segunda mano y de otros trastos de poca importancia.

 

Se quedó pasmoso ante la claridad y la minuciosidad con que consiguió recordar y describir lo que era el dormitorio de sus padres. Todo lo tiene ahors ante sus hundidos ojos. Cada cual guarda en sus entrañas algo, comatoso en la mayoría de los casos, que ni la intransigencia de los años ni las tormentas y los percances de la vida pueden barrer o tambalear. Este algo es en cambio lo que incita, insufla savia y gallardía, da sabor y ganas de seguir viviendo, y suministra la inmunidad requerida para encarar con más perspicacia las peripecias y retos. La vida es tan buena que merece la pena combatir por ella. Es el mejor regalo de Dios.

 

Se acercó de la ventana que daba a la calle para contemplar cómo empezó este nuevo día. La calle estaba repleta de peatones, vagabundos, comerciantes ambulantes. Estuvo conquistada aquella incipiente mañana de rumores estrepitosos y estruendos confusos y agudos de esta tan animada e incansable muchedumbre. Era sábado y la gente procuraba aprovechar al máximo del fin de semana no sólo para descansar sino también para dedicarse a actividades que no se podían practicar en días laborales. Sin embargo no era este el caso de todos.

 

Después de tragarse unos sorbitos de café con leche, salió sin demora a perderse entre el bullicio caliente de la calle fresca por la suave brisa matinal de aquel mes de marzo…

Cuentista e Hispanista 

 

RECUERDO INCIPIENTE 1/2

 

RECUERDO INCIPIENTE 2/2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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