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viernes, abril 19, 2024

RECUERDO INCIPIENTE 1/2

 

Rue20 Español/ Agadir

 

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Abderrahmane Belaaichi

 

“Este relato y otros, los he escrito en momentos diferentes, momentos en que sentía y creía que necesitaba ese ejercicio para salvarme de la obsesión de tanto pensar que me ata sin clemencia. Creía que la escritura podría liberarme y confieso que lo ha conseguido. A lo mejor son relatos sueltos e independientes, pero forman parte de la misma cadena. La cadena de la Vida. La mía y quizá también la de muchos, como yo.”

 

Ahora que tiene treinta y tantos años ya no puede resistir a la idea que lo iba obsesionando desde hace mucho tiempo. La idea es ahora tan irresistible que es incapaz de esquivarla como hacía siempre. La obsesión es otra cara del capricho tanto cuanto aquella pesa demasiado e impregna el pensamiento y lo encauza hacia el centro mismo de lo obsesionado. No es sin embargo fácil girar la cabeza hacia atrás para percibir el itinerario que se ha caminado hasta ahora aunque, y esto es una evidencia, sí estampas, paradas y momentos con colores ora de tristeza y contento ora de confusión y brumas. Siempre que le asaltaba esta idea consideraba que era sólo de aquellas que cruzaban esporádicamente las mentes sin que su impacto fuese efectivo ni consecuente; de aquellas que se esfumaban en el aire al instante mismo de su nacimiento como si nunca hubiesen existido; de las que no guardamos recuerdo alguno. Y no le hacía caso. Sin embargo esta vez la idea está que no puede esperar de tal modo que no consigue escabullirse de ella. Levantó las manos, que antes tenía extendidas sobre sus piernas, hacia el cielo como para rogar a Dios o simplemente reconocer su derrota. Se levantó silenciosamente y, sin mucho pensar, sacó unos billetes del carcomido cajón que en su habitación yacía desde hace un par de años, y se perdió entre la muchedumbre que vagaba todavía en las calles de la ciudad.

No dejaba de pensar a lo largo del camino, pensaba en todo hasta en su actual e injustificada vagancia. El rumor estridente de los pasos, del tráfico y de los ambulantes le perdió la concentración, y sintió por primera vez un ansia vehemente y rara de querer apartarse de su contorno, del mundo entero. Sentía agobio y malestar; y las primeras gotas frías del sudor las sintió en sus axilas y le causaron escalofrío. Entró en una cafetería como para rehuir a todos. El local no era de aquellos que pudieran inspirarle o siquiera aliviar su pesadumbre y sin embargo fingió no percatarse de ello. Apenas se sentó, vio las azules manos largas del camarero despejando la mesa y limpiándola con un maloliente trapo negro. No era muy cafetero mas pidió un cortado; creía que el café cortado restablecería el orden en su mente. Se sentó cerca del mostrador y se dejó relajar tras haberlo invadido el calor que generaba el vapor exhalado por las máquinas…

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No se acordó de cuándo había regresado a casa ni de cuánto tiempo había permanecido en la cafetería pero estaba seguro de que la cafetería era la mejor idea que nunca se le había ocurrido. Cuando se despertó, el sol había derramado ya sus radiantes y diáfanos rayos por casi la totalidad de la habitación. Verificó el despertador cuya alerta no había activado, además no iría al trabajo. Eran las 10. No tenía ganas de abandonar la cama. Tenía la sensación de haber sido nacido de nuevo o por lo menos de haber dormido muchos días. De todas maneras, estaba seguro de que nunca había dormido tan profundamente, tan cómodamente como hoy. Mas no quería darle al asunto tanta importancia porque quería olvidarse de todo. Los recuerdos los odia y la situación que acaba de vivir debe pertenecer ya al pasado. El caso era hacer cara a lo venidero aunque no tenía planes claros o previstos para ello. Se deslizó de repente de su camastro sin arreglarlo y se dirigió al baño. Se quedó un buen rato mirándose en el espejo intentando sacar algo al que él mismo no consiguió dar forma. Algo que todos buscamos en nosotros cuando nos encontramos cara a cara, a solas y rodeados de la intimidad que nos proporciona el espacio, con nosotros mismos o nuestro doble delante del espejo. Lo que veía era una cara algo barbuda y rojiza por el sueño. Notó también que las arrugas empiezan ya a ser visibles en sus sienes. Pero cuando se miró en los ojos no podía disimular el asombro que le infundieron la brillantez y la solidez que arrojaban. Dio un guiño con el ojo derecho y esbozó una leve sonrisa, que parecía más falsa, más compasiva.

Ahora recuerda que hacía el mismo ademán desde que se miró por primera vez en el espejo cuando era pequeño. Era grande aquel espejo pegado a la puerta derecha del armario marrón puesto al fondo del dormitorio de sus padres. Recuerda asimismo aquel día en que llegó el armario por primera vez al pueblo. Lo hicieron entrar espectacularmente por las grandes ventanas de la habitación que daba a la corral; era además la única manera de que formase parte de los trastos que contenía la alcoba; la escalera era tan baja, angosta y muy oscura que, siempre que emprendíamos la bajada o la subida, nos encorvábamos escrupulosamente y muy a menudo, cuando no damos resbalones, nuestros cráneos chocaban con los varillas descortezadas que sostenían el bajísimo techo de la escalera. Todos los miembros de la familia guardan recuerdos entrañables e íntimos de esta escalera de sólo cinco escalones no obstante muy resbaladizos y mortíferos; recuerdos de alguna forma indelebles; recuerdos que no se asemejan por tener cada uno de ellos su propia génesis y protagonistas, sin contar las infinitas veces en que los bebés caían por la mismísima escalera. De los invitados y foráneos se entramaban inusitadas y dilatadas leyendas. Cuando la percusión resultaba fuerte, sobre todo en las bajadas precipitadas, las víctimas, sentadas al suelo al pie de la escalera, apretaban con las fuerzas de sus brazos sus cabezas hasta que pasara la marea que sentían. Se entiende así por qué todos los muebles de cierto tamaño, que se encontraban en las habitaciones de esta planta, habían de pasar a la fuerza por la misma vía. La habitación, que era angosta, se reflejaba en aquel espejo grande y larga; el espejo dilataba en su profundidad la superficie del lugar y lo agrandaba más de lo que parecía. Los primeros días los pasábamos delante del espejo. Y no nos cansábamos. Al contrario cada día nos veíamos de otra manera, en otra dimensión. Era algo como trascender nuestro físico para acceder a las entrañas de nuestra esencia; explorar y despejar su incógnita. Poco a poco el espejo pasaba a formar otro ingrediente indispensable e integrante de aquel abigarrado paisaje. Con cierta carga emocional, formaba parte no desdeñable de aquel legado desproporcionado de la habitación entera, de la casa así como de la vida de aquellos que se vieron crecer y desenvolver mirándose en él.

El impacto de la escena del espejo era tan fuerte que no podía oponer resistencia a sus reminiscencias cuyas riendas están ahora irrevocablemente sueltas más que nunca. Y todo lo que antes rehuía y eludía lo ve ahora desfilarse ante sus asombrados y claros ojos; la escena ha hecho desencadenar milagrosamente lo que antes pertenecía a lo imposible e inaccesible.

 

 

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