Rue20 Español/Rabat
La final del Mundial de 2030 se ha convertido en el trofeo más codiciado incluso antes de que ruede el balón. Y mientras España confiaba en la historia del Bernabéu o la grandeza del Camp Nou, Marruecos ha estado levantando, ladrillo a ladrillo, una candidatura que ya no solo compite, sino que se perfila como la gran favorita para escribir el capítulo más especial del centenario del fútbol.
No se trata de una ocurrencia tardía. La ambición marroquí, impulsada directamente por el Rey Mohamed VI, ha transformado una candidatura tripartita en una declaración de intenciones. La orden es clara: la final debe estar en Casablanca, y el instrumento para lograrlo es el Estadio Hassan II, una mole de 115.000 espectadores que se levanta a toda velocidad en Bensilmane. «Esto no es Qatar. Estamos preparándonos para el Mundial pero también para lo que vendrá después», explicaba recientemente Soussi Yassir, director de la obra, dejando claro que el legado es tan importante como el evento.
Mientras el Santiago Bernabéu o el Camp Nou son recintos ya consolidados en plena urbe, Marruecos ha apostado por un proyecto integral. El estadio no es un fin, sino el eje de una ciudad deportiva que incluirá autopistas, trenes de alta velocidad y zonas de hospitalidad que son un auténtico imán para la FIFA. «La FIFA ama el proyecto. Tenemos una relación continua», sentenció Yassir, evidenciando que la comunicación con Zúrich es fluida y constante. El objetivo es tener la joya lista para diciembre de 2027, con 10.000 obreros trabajando en tres turnos para que ningún plazo se incumpla.
Esta ambición arquitectónica se ha traducido en un respaldo político y deportivo arrollador. Según ha trascendido, Marruecos habría asegurado una mayoría aplastante en el Consejo de la FIFA. La operación, orquestada por el presidente de la Federación Marroquí, Fouzi Lekjaa, y el embajador en EE.UU., Youssef Amrani, habría conseguido atar entre 20 y 22 de los 37 votos necesarios.
Ante este escenario, el secretario de Estado de Vivienda, Adib Benbrahim, no dudaba en presumir de un proyecto que define como «una verdadera referencia arquitectónica y ecológica con certificación internacional».
Frente a esta apisonadora, el nerviosismo en España es palpable. Declaraciones como las de la ministra Milagros Tolón, asegurando que «no hay nada oficial», contrastan con la certeza que emana de Rabat. El propio presidente de la RFEF, Rafael Louzán, reconocía que «no sería entendible que España no fuese la sede», aunque admitía que «queda mucho recorrido». Recorrido que, a todas luces, se está acabando.
Marruecos no solo aspira a ser sede de la final; está construyendo el escenario perfecto para que el fútbol celebre su centenario en un país que vibra con este deporte. La final del Mundial 2030 ya tiene nombre propio: Casablanca. El resto, como suele decirse en el fútbol, es historia.
