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lunes, junio 8, 2026

Argelia, a contrapié en la crisis regional

 

Rue20 Español/Rabat

La tardía reacción de Argelia frente a la escalada en Oriente Medio no ha pasado desapercibida en el mundo árabe. Tras casi un mes de silencio, la diplomacia argelina ha optado por corregir el rumbo con una declaración que, más que despejar dudas, parece confirmar las contradicciones de su posicionamiento inicial.

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Mientras la mayoría de los países árabes condenaban desde el primer momento las acciones militares iraníes contra Estados de la región, Argel optó por refugiarse en un discurso genérico sobre la desescalada, evitando cuidadosamente señalar responsabilidades.

Esa cautela, presentada como prudencia diplomática, ha sido percibida por numerosos observadores como una forma de ambigüedad difícil de justificar en un contexto de ataques directos contra varios países miembros de la Liga Árabe.

No fue hasta una reunión ministerial reciente cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Ahmed Attaf, introdujo un cambio de tono, calificando las acciones iraníes de “injustificadas” e “inaceptables” y expresando solidaridad con los Estados árabes.

Sin embargo, este viraje llega tarde y bajo presión, lo que debilita su credibilidad y lo sitúa más cerca de un ajuste táctico que de una convicción firme.

La cuestión de fondo no es únicamente el retraso, sino lo que este revela sobre las prioridades estratégicas de Argelia. En un momento en el que varios países árabes han sido directamente afectados, la ausencia de una condena clara desde el inicio ha sido interpretada como una falta de coherencia con los principios de solidaridad regional que el propio país reivindica en otros contextos.

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Además, este posicionamiento dubitativo se produce en un escenario internacional donde Argelia difícilmente puede permitirse ambigüedades. La presión de ciertos países del Golfo, con los que mantiene relaciones tensas, se suma a un entorno global en el que cualquier percepción de cercanía con Irán tiene consecuencias políticas.

En particular, el debate en Estados Unidos sobre la posible designación de actores vinculados a Argel como organizaciones terroristas añade un elemento de riesgo que Argel no puede ignorar.

Lejos de proyectar una imagen de liderazgo o coherencia, la secuencia de los acontecimientos deja entrever una diplomacia reactiva, más pendiente de recalibrar su discurso ante las críticas que de anticipar las implicaciones de su silencio.

En un contexto de creciente polarización regional, la equidistancia selectiva no solo resulta insostenible, sino que erosiona la credibilidad de quien la practica.

La intervención de Ahmed Attaf parece así un intento de corregir el daño reputacional acumulado. Pero cuando la solidaridad llega tarde, corre el riesgo de parecer más una obligación que una convicción.

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