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miércoles, junio 3, 2026

Argelia y Mali chocan en ONU: Acusaciones de terrorismo y ruptura diplomática

 

Rue20 Español/Rabat

En la ONU, Mali y Argelia han trasladado su enfrentamiento diplomático a la tribuna internacional. El primer ministro maliense, Abdoulaye Maïga, acusó sin rodeos a Argel de haberse convertido en “campeón de la promoción del terrorismo y exportador de terroristas”. La respuesta del ministro argelino de Exteriores, Ahmed Attaf, no fue la de un Estado responsable, sino la de un régimen a la defensiva; insultos personales y un lenguaje que refleja más nerviosismo que argumentos.

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El incidente que disparó la tensión se produjo en abril, cuando el ejército argelino derribó un dron de combate maliense. Argel alegó que había violado su espacio aéreo, pero Bamako asegura que sobrevolaba territorio nacional. En lugar de aceptar un arbitraje internacional, el régimen argelino se negó a que la Corte Internacional de Justicia analizara el caso. Con esa negativa, Argelia evitó rendir cuentas y reforzó la imagen de un poder militar poco transparente y reacio a la legalidad.

Las relaciones entre ambos países ya estaban deterioradas. En 2024, Mali decidió romper el Acuerdo de Paz de Argel, firmado en 2015, acusando a su vecino de favorecer a los grupos separatistas tuaregs y de interferir de manera sistemática en sus asuntos internos. Para Bamako, la supuesta mediación de Argelia en el Sahel nunca fue más que un disfraz para proteger a actores armados con los que mantiene complicidades históricas.

La hostilidad argelina no se limita al terreno militar. El régimen también ofreció refugio político a opositores malienses, como el influyente imam Mahmoud Dicko, recibido oficialmente por el presidente Abdelmadjid Tebboune. Un gesto que fue percibido en Bamako como una provocación deliberada y como la prueba de que Argelia utiliza a sus vecinos como piezas en un tablero geopolítico diseñado para sostener su influencia regional.

Mientras tanto, Argelia critica la presencia en Mali del grupo Wagner, rebautizado como Africa Corps. Pero el discurso argelino oculta lo esencial; el verdadero factor de inestabilidad no es la cooperación militar de Bamako con Rusia, sino la ambigüedad calculada de Argel frente a los grupos armados del norte. La incoherencia es evidente; rechaza la ayuda rusa, pero apoya de forma encubierta a actores que desafían al Estado saheliano.

El choque diplomático tuvo consecuencias inmediatas. Mali y Argelia retiraron a sus embajadores y cerraron sus espacios aéreos. En un gesto de solidaridad, Burkina Faso y Níger —aliados de Mali en la Alianza de Estados del Sahel— también retiraron a sus representantes en Argel. Una señal clara de que el aislamiento regional ya no pesa sobre Bamako, sino sobre el propio régimen argelino, atrapado en una política exterior agresiva que le ha hecho perder credibilidad.

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La situación en el norte de Mali sigue siendo alarmante. Los grupos tuaregs, ahora reorganizados en el Frente de Liberación del Azawad (FLA), han prometido continuar la lucha. Para Bamako, la mano de Argelia en este proceso es evidente, dado que muchos combatientes circulan libremente entre los dos países y cuentan con la pasividad, cuando no con la complicidad, de las autoridades argelinas. Lejos de contribuir a la paz, Argelia alimenta un conflicto que desangra al pueblo maliense.

Los analistas coinciden en que un enfrentamiento militar abierto entre Mali y Argelia es improbable. Sin embargo, nadie duda de que la política de injerencia de Argel, dirigida por un régimen militar que prefiere sembrar desconfianza antes que cooperar, amenaza con prolongar la inestabilidad en el Sahel. Mali pide diálogo, pero para que sea posible Argelia tendría que abandonar la arrogancia y el doble juego que la han convertido en una potencia desestabilizadora. Y eso, por ahora, parece lejos de suceder.

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