Rue20 Español/ Madrid
Abdelhamid El Beyuki*
En el corazón de Torre Pacheco, ese pueblo aparentemente tranquilo, se han desarrollado últimamente unos hechos dignos de una película absurda dirigida por Kafka con guion escrito por George Orwell, aunque con un toque español impregnado de vino, melones y caza de migrantes.
Los medios de comunicación españoles han destacado recientemente la aparición de grupos extremistas que promueven la mal llamada «caza del moro« (y no se trata, por supuesto, de rituales festivos o celebraciones populares, sino de persecuciones reales de personas de origen magrebí), en una escena que recuerda a los tiempos oscuros… pero en versión moderna: con cuentas de Telegram y eslóganes patrióticos falsificados que claman por “proteger la patria de los indeseables”.
Pero no nos entristezcamos demasiado, porque aún queda una chispa de esperanza en este país que sabe perfectamente cómo equilibrar la dureza con la ternura. En el mismo noticiero, tras un extenso informe sobre la persecución de migrantes como si fueran conejos en temporada de caza, se dio esta noticia:
«Aumenta el número de españoles que alojan a sus perros en hoteles de lujo durante el verano«, los precios de alojamiento de perros superan el salario de un trabajador agrícola marroquí en los campos de sandías de Torre Pacheco.
¡Qué momento humano tan conmovedor!
Mientras al ser humano de piel oscura se le trata como un blanco legítimo en el nuevo pasatiempo nacional, al perro se le considera una figura VIP que necesita jacuzzi, habitación con aire acondicionado y comidas orgánicas sin gluten.
La paradoja es tan brutal que el ciudadano medio en Marruecos, ya no sabe si debería preocuparse por su primo que trabaja en el campo o sentir envidia del perro de «Roberto», que pasa sus vacaciones en el «Canine Resort Deluxe« por 50 euros la noche y recibe masajes con hierbas naturales.
El problema por supuesto, no son los perros, pues un perro mimado no tiene la culpa. El problema es que el perro duerme en una cama más limpia que la celda donde se encierra a un migrante sin papeles, y cena un plato más caro que el bocadillo de tomate que come el jornalero después de 12 horas de trabajo bajo el sol ardiente de Torre Pacheco..
Señores, estamos ante una civilización que ha alcanzado un alto nivel de conciencia humana… pero solo cuando el sujeto es un «perrito de pelaje suave». Si se trata de un «extranjero«, es decir, alguien nacido en Murcia de padres extranjeros, la historia cambia: se le aplican leyes de emergencia, discursos sobre «identidad nacional» y temores alimentados por la ultraderecha sobre una supuesta «invasión silenciosa» o el retorno de los descendientes de Ibn Arabi murciano a “sus tierras”.
Con esta amargura, no puedo sino lanzar un llamamiento abierto a Occidente, a quienes apoyan, normalizan, justifican… e incluso a quienes guardan silencio.
Si temen que sus perros se sientan solos en verano, imaginen por un instante lo que siente un migrante que corre por las calles de Torre pacheco, perseguido por jóvenes encapuchados, solo porque se llama Mohamed y no Manuel. E imaginen, por otro lado, que quien huye fuera un europeo corriendo asustado por las calles de Tánger, solo porque se llama Manuel.
Si la democracia occidental es ciega, tal vez ha llegado el momento de preguntarse si también ha perdido el olfato, porque el hedor de la hipocresía ya resulta insoportable en la forma en que Occidente trata las guerras, ya sea en Ucrania o en el genocidio humano de Gaza, ya sea la víctima musulmana, cristiana o incluso budista del Himalaya.
Y aun así, en los platos de los pueblos de Occidente queda algo de miel, y muchos de los ciudadanos europeos tienen posturas dignas y valientes: apoyando a los palestinos en Gaza, denunciando la violencia y las persecuciones enlos campos de Cartagena, y enfrentándose a esta triste decadencia.
Es triste, pero existe…
*Experto en las relaciones hispano-marroquíes
