Rue 20 Español / Rabat
La máscara ha caído. Ya sin eufemismos ni disfraces ideológicos, el Polisario se revela por lo que siempre fue en su núcleo: un grupo armado con métodos de guerra irregular, dispuesto a usar el terror como estrategia para frenar la marcha de Marruecos hacia el desarrollo, la estabilidad y la legitimidad internacional en el Sáhara.
En una reciente y grotesca declaración difundida por redes, Mustapha Sidi Ali El Bachir —uno de los jefes visibles del Polisario y autoproclamado “ministro de los territorios y de la diáspora”— ha amenazado abiertamente con atacar a turistas e inversores extranjeros presentes en el Sáhara marroquí. Ha dicho, sin rodeos, que sus vidas corren peligro. Que todo visitante occidental o del Golfo es una “meta legítima”.
Este tipo de discurso ya no es político: es criminal. Su objetivo es claro y miserable: sembrar el miedo y quebrar el dinamismo económico de una región que, gracias al impulso de Rabat, ha logrado integrarse al mapa de las inversiones internacionales y del turismo sostenible. El mensaje del Polisario no puede ser más claro: si no podemos dominar el territorio, lo convertiremos en un campo minado.
Es la lógica del fracaso: cuando el proyecto separatista se agota, cuando las tribus en los campamentos se rebelan, cuando el mundo le da la espalda a una “RASD” que ni siquiera el propio Mustapha Sidi Ali considera viable (como admitió en París y Rabuni), solo queda el chantaje violento. El terrorismo como último recurso de quienes ya no tienen narrativa ni legitimidad.
Lo más grave es que estas amenazas no son aisladas. Ya en 2022, el jefe de las milicias, Mohamed El Ouali Akeik, llamó a realizar “operaciones subversivas” en las ciudades del sur marroquí. Y mucho antes, figuras del régimen argelino —como el ex coronel Mokhtar Mediouni— llamaban abiertamente a “sembrar el caos” en la sociedad marroquí. Hay una continuidad del discurso: la violencia es el instrumento preferido por quienes han convertido los campamentos de Tinduf en un feudo tribal y militarizado, fuera del control legal y humanitario internacional.
La comunidad internacional debe dejar de mirar hacia otro lado. Los vínculos del Polisario con grupos como Al-Qaeda en el Sahel o con las milicias proiraníes en Siria han sido documentados por medios y centros de investigación de primer nivel. El think tank estadounidense Foundation for Defense of Democracies ya ha pedido la inclusión del Polisario en la lista de organizaciones terroristas. El congresista Joe Wilson trabaja una propuesta legislativa en ese mismo sentido. ¿Qué más se necesita? ¿Un atentado con víctimas occidentales en Dajla o en El Aaiún?
El mundo no puede seguir tratando al Polisario como un actor político válido mientras llama públicamente a asesinar civiles. El terrorismo no se justifica por razones geográficas ni por supuestos agravios históricos. Y Marruecos no se va a dejar amedrentar por amenazas lanzadas desde un rincón polvoriento de la Hamada.
El desarrollo del Sáhara avanza. Las inversiones no se detienen. Los vuelos llegan. Las conferencias se celebran. Marruecos construye paz, dignidad y futuro en cada kilómetro cuadrado de sus provincias del sur. El terrorismo, venga de quien venga, no frenará ese camino.
