El mundo avanza hacia su fin

 

Rue20 Español/ Rabat

Por Abdelaziz Gougas

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«Sin duda, la violencia no es necesaria para destruir una civilización; cada civilización se derrumba por su indiferencia hacia los valores fundamentales sobre los que fue construida.» El filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila.

La reelección de Donald Trump y su regreso triunfal a la Casa Blanca indican que la democracia, junto con todos los grandes sistemas de pensamiento bajo los cuales crecimos y nos impregnamos de sus valores, está hoy en búsqueda de un funeral digno de ella. El discurso agresivo adoptado por el presidente estadounidense, las amenazas que lanzó incluso antes de su toma de posesión y la gran cantidad de decisiones que ha tomado desde el 20 de enero en un tiempo récord, son indicadores claros de que la política tradicional, tal como la conocíamos, ha caducado.

El mundo en el que vivimos los albores de su apocalipsis ya no está gobernado solo por lo que Régis Debray describió como el «poder invisible», esas fuerzas ocultas que controlan el destino de las naciones y la historia, sino que ahora está dominado por fuerzas visibles que ya no se ocultan: el dinero, los medios de comunicación, la maquinaria militar y la tecnología moderna. Estas fuerzas están encarnadas hoy por dos figuras emblemáticas: Donald Trump y Elon Musk, quienes representan el umbral superior del advenimiento de un nuevo mundo.

El fin de los medios tradicionales de la política

Somos testigos de una fase tragicómica en la política, donde los cambios más significativos en el escenario global indican la inminente desaparición de la política tradicional en su forma conocida. El concepto de política y su aplicación a nivel nacional e internacional han sufrido transformaciones radicales que anuncian el nacimiento de formas nuevas, algunas de las cuales pueden parecer extrañas o incluso irracionales.

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El nacionalismo resurge con fuerza, priorizando los asuntos internos sobre las relaciones exteriores. Además, los desafíos actuales ya no se limitan a la defensa de la democracia, los derechos humanos, la lucha contra el cambio climático o la búsqueda de justicia social e igualdad. Ahora giran en torno al desarrollo económico, la migración y los valores conservadores, especialmente en los países desarrollados que ven en estas cuestiones una justificación para adoptar métodos políticos innovadores y no convencionales.

En este contexto, los economistas y las grandes instituciones financieras han adquirido una influencia política sin precedentes, superando el peso del pensamiento político tradicional. Este cambio es resultado de la aceleración de la globalización, el avance tecnológico y las transformaciones continuas en los mercados financieros. Hoy en día, muchos líderes políticos prefieren tomar decisiones basadas en beneficios económicos a corto plazo en lugar de fundamentarse en principios ideológicos o valores políticos establecidos.

Vivimos una era en la que la política está subordinada al dinero y la democracia se ha convertido en un mero espasmo moral. Los nuevos líderes políticos están más preocupados por la gestión de crisis económicas diarias que por desarrollar una visión política a largo plazo, lo que los hace vulnerables a las presiones de los poderes económicos. Esto ha llevado a la pérdida de profundidad intelectual y a un entendimiento limitado de los problemas complejos. Figuras como Sarkozy, Macron y Trump representan esta nueva concepción de liderazgo político, que marca la erosión de los principios fundamentales del pensamiento político tradicional.

Cuando la economía se convierte en el único motor de la política, el resultado inevitable es la disolución de sistemas políticos e ideológicos construidos sobre la justicia, la igualdad, los derechos humanos y la independencia intelectual.

La locura es un arte, y la política es una aventura

El mundo está atravesando una transformación profunda que impacta en la esencia de la política y los valores sobre los que se han basado las prácticas políticas tradicionales. Los equilibrios de poder han cambiado radicalmente, tanto en las relaciones internacionales como dentro de los propios países.

En este nuevo contexto mundial, donde Trump encarna su símbolo más evidente, han surgido ideólogos de un nuevo tipo: los «locos de la política», que logran infiltrarse en los centros de poder y toma de decisiones. Uno de los más influyentes es Curtis Yarvin, un exempresario tecnológico que se ha convertido en uno de los pensadores más influyentes de la extrema derecha. Yarvin propone el concepto de «iluminación oscura», un término acuñado por el filósofo británico Nick Land en un manifiesto de 2012.

Yarvin, en una entrevista con The New York Times, llegó a afirmar: «No creo en el derecho al voto, la democracia es un sistema obsoleto y débil», proponiendo en su lugar un modelo de «empresa privada dirigida por un CEO», una metáfora moderna para el dictador en regímenes totalitarios.

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Este nuevo orden mundial ha llevado a un replanteamiento profundo de los principios políticos y sociales que hasta hace poco se consideraban inmutables. La creciente influencia de figuras como Trump y Musk refleja una fusión cada vez más estrecha entre el capital, la tecnología y la política.

El fin de la oligarquía democrática
Los nuevos amos del mundo ya no son líderes revolucionarios que encabezaron grandes luchas de liberación, ni visionarios que personificaron los sueños de sus pueblos. Ahora son empresarios, magnates y dueños de corporaciones que dominan la opinión pública y manipulan los procesos electorales con estrategias de marketing político sofisticadas.

El teórico alemán Hans Köchler advierte que la actual democracia representativa es un espejismo, ya que los parlamentarios no representan realmente la voluntad colectiva del pueblo, sino sus propios intereses o los de sus partidos. En este contexto, los grupos de presión y las élites económicas han sustituido a la soberanía popular, mientras que seguimos llamando democracia a un sistema que se asemeja más a una oligarquía disfrazada.

Bajo este modelo, las potencias mundiales han cometido graves abusos en nombre de la defensa de los derechos humanos y la democracia. Organismos internacionales han sido instrumentalizados para denunciar violaciones en países que no se alinean con los intereses de las grandes potencias, mientras se ignoran violaciones cometidas por sus aliados estratégicos.

La democracia que una vez representó los valores de justicia, libertad e igualdad ha sido reemplazada por una simulación cuidadosamente elaborada, diseñada para perpetuar el poder de unas pocas élites. Mientras tanto, el ciudadano común sigue atrapado en un sistema que le vende la ilusión de que su voz cuenta, cuando en realidad las decisiones clave se toman en esferas a las que nunca tendrá acceso.

La pregunta que queda en el aire es: ¿Estamos presenciando el colapso de la democracia tal como la conocemos, o simplemente su transformación en algo aún más inquietante?

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