Las raíces marroquíes del Nobel Baruj Benacerraf, una historia de ciencia y excelencia

 

Rue20 Español/Rabat

El inmunólogo de origen marroquí que revolucionó la medicina moderna y cuya historia sigue siendo un orgullo para el Reino.

- Anuncio -

El 29 de octubre de 1920 nacía en Caracas, Venezuela, un niño que llevaba en la sangre el legado de dos mundos. Su nombre era Baruj Benacerraf Lasry, y décadas más tarde se convertiría en uno de los científicos más influyentes del siglo XX, galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1980. Pero lo que pocos conocen es que sus raíces, profundamente ancladas en el norte de África, tienen un sello inequívocamente marroquí.

La historia de los Benacerraf es, en gran medida, la historia de una familia sefardí que transitó entre el Mediterráneo y el Atlántico. Abraham Benacerraf, padre del futuro Nobel, nació en aMarruecos, en una región que bajo el protectorado español albergó durante siglos una vibrante comunidad judía sefardí con profundas raíces en el Reino.

Abraham era un empresario textil que, como tantos otros marroquíes de la época, emigró a Venezuela en busca de nuevos horizontes. Allí se casó con Henrietta Lasry, una mujer de origen argelino-francés, y juntos fundaron una familia que nunca olvidaría sus orígenes norteafricanos. El propio Baruj, en su autobiografía «From Caracas to Stockholm: A Life in Medical Science«, reconocería la influencia decisiva de su herencia sefardí y marroquí en su formación.

Cuando Baruj cumplió cinco años, la familia decidió trasladarse a París, donde el pequeño recibió una educación francesa que marcaría su carácter para siempre. Allí vivieron hasta 1939, cuando el estallido de la Segunda Guerra Mundial les obligó a regresar a Venezuela.

Fue entonces cuando Abraham Benacerraf tomó una decisión que cambiaría el rumbo de la historia de la medicina: envió a su hijo a Estados Unidos para que cursara estudios superiores. Baruj se matriculó en la Universidad de Columbia, donde obtuvo su licenciatura en Ciencias en 1942. Sin embargo, el camino no fue fácil. El joven Benacerraf, con su apellido de origen marroquí y su condición de judío sefardí, fue rechazado por numerosas facultades de medicina. Fue gracias a la intervención de George W. Bakeman, padre de un amigo, que logró ser admitido en el Medical College of Virginia.

- Anuncio -

Benacerraf se especializó en inmunología, una rama de la medicina que en aquella época apenas comenzaba a desarrollarse. Su gran obsesión era comprender por qué el sistema inmunológico reaccionaba de forma diferente en cada persona. Y fue precisamente allí donde realizó su hallazgo fundamental: identificó los genes que controlan las estructuras de la superficie celular, responsables de regular las reacciones inmunológicas del cuerpo.

Sus investigaciones demostraron la existencia de los denominados complejos mayores de histocompatibilidad (CMH), un conjunto de genes que codifican proteínas esenciales para que el sistema inmune distinga entre lo propio y lo ajeno. Este descubrimiento resultó crucial para entender por qué el organismo acepta o rechaza tejidos extraños, sentando las bases de los trasplantes de órganos y abriendo nuevas vías para el estudio de enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide o el lupus.

En 1980, la Academia Sueca concedió a Baruj Benacerraf, junto a los científicos Jean Dausset y George D. Snell, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por «sus descubrimientos sobre estructuras determinadas genéticamente en la superficie celular que regulan las reacciones inmunológicas» .

Con este galardón, Benacerraf no solo se convertía en el primer venezolano en obtener un Nobel, sino que también ponía el nombre de su familia —y con él, el de Marruecos— en el mapa de la ciencia universal. Su padre, Abraham, aquel comerciante textil nacido en el protectorado español, había sembrado en su hijo la semilla del esfuerzo y la perseverancia. Y Baruj, fiel a ese legado, llevó el apellido Benacerraf a la cima del conocimiento humano.

Aunque Benacerraf desarrolló la mayor parte de su carrera en Estados Unidos, donde fue profesor en la Escuela de Medicina de Harvard y director del Dana-Farber Cancer Institute, nunca olvidó sus raíces. En numerosas entrevistas, cuando se le preguntaba por su identidad, respondía con orgullo: «Por supuesto que me siento venezolano. Tengo unas raíces profundas que son puramente de allá» . Pero esas raíces, como bien sabía, se extendían mucho más allá de Caracas, hasta las ciudades del norte de Marruecos donde su padre había nacido y donde la comunidad sefardí había florecido durante siglos.

Falleció el 2 de agosto de 2011 en Boston, a los 90 años de edad, dejando un legado científico que sigue salvando vidas en todo el mundo. Pero su historia es también la historia de Marruecos: la de un país que ha sido cuna de talentos universales, puente entre culturas y tierra de acogida para pueblos que, como los sefardíes, han sabido preservar su identidad mientras contribuían al progreso de la humanidad.

Hoy, cuando Marruecos mira con orgullo a sus hijos dispersos por el mundo, el nombre de Baruj Benacerraf brilla con luz propia. Su apellido, sus orígenes y su trayectoria son un recordatorio de que el talento no entiende de fronteras y que el Reino, con su rica diversidad cultural, ha sido y sigue siendo semillero de grandes mentes.

Que un Nobel de Medicina llevara en sus venas la sangre de Marruecos es, sin duda, un motivo de orgullo para todos los marroquíes. Y que sus descubrimientos hayan salvado millones de vidas en todo el planeta es el mejor homenaje que se puede rendir a aquel comerciante textil que un día, desde el norte de África, decidió emprender un viaje que cambiaría la historia de la medicina.

Mira nuestro otro contenido

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Anuncio

VIDEOS

Entradas populares

CONTINÚA LEYENDO