Rue20 Español/Madrid
El presidente estadounidense calificó a España de «caso perdido» y ordenó frenar los intercambios comerciales por su negativa a elevar el gasto militar al 5% del PIB. En paralelo, Rabat consolida una alianza de defensa con Washington que se extiende hasta 2036.
La cumbre de la OTAN celebrada este miércoles en Ankara ha dejado uno de los episodios más tensos de las últimas semanas entre Washington y Madrid. Donald Trump volvió a situar a España en el centro de sus reproches a los socios europeos y afirmó haber instruido al secretario del Tesoro, Scott Bessent, para frenar los intercambios comerciales con el país ibérico, al que definió como «un caso perdido».
El mandatario estadounidense compareció junto al secretario general de la Alianza Atlántica, Mark Rutte, momentos antes de la última sesión de trabajo de la cumbre, y lanzó su ofensiva sin que ningún periodista se lo hubiera preguntado. Antes de fijar su posición sobre Madrid, repasó sus contactos con otros socios europeos: «Hablé con Alemania, hablé con Francia, hablé con el Reino Unido, hablé con Italia… No hablé con España.»
A partir de ahí, el tono se endureció. Trump acusó a España de ser «un aliado terrible» dentro de la Alianza y reclamó frenar cualquier tipo de intercambio con el país: «No participan, no pagan. No quiero tener nada que ver con España. Corten todo el comercio con España, por favor, incluidas las visitas.» También apuntó al terreno económico, sosteniendo que Madrid se beneficia de forma desproporcionada de su relación comercial con Washington y que buscará revertir esa ventaja.
La amenaza no surge de la nada. Trump lleva meses presionando al Gobierno de Pedro Sánchez por su negativa a elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB acordado por el resto de aliados, un umbral que España sostiene poder eludir manteniendo sus compromisos de capacidades con un 2,1%.
A ese desencuentro se suma otro más delicado: la negativa española a autorizar el uso de las bases de Rota y Morón para operaciones estadounidenses vinculadas a la guerra con Irán, una decisión que Washington no ha olvidado.
El propio Rutte, lejos de salir con contundencia en defensa de Madrid, aprovechó su turno para atribuirse —y atribuir a la presión de Trump— el aumento del gasto militar español del último año: «Incluso usted logró que España pagara el 2%; dieron un enorme paso el año pasado». Un respaldo tibio que no impidió que Trump insistiera en que la conducta española «no tiene remedio».
El Gobierno español ha optado por no entrar en la confrontación directa. Fuentes de Moncloa han recibido las declaraciones «con tranquilidad y normalidad», recordando que la política comercial es una competencia exclusiva de la Unión Europea y no puede aplicarse de forma unilateral contra uno de sus Estados miembros. El Ejecutivo de Sánchez insiste, además, en que Estados Unidos mantiene superávit comercial con España, por lo que sería Washington quien más tendría que perder de una ruptura. «Mantenemos una magnífica relación social, cultural y económica con Estados Unidos y no es nuestra intención que eso cambie», ha zanjado el Gobierno.
Desde Bruselas, la Comisión Europea ha respaldado indirectamente a Madrid sin anunciar medidas concretas de represalia. Su portavoz, Olof Gill, aseguró que la institución «velará siempre» por que los intereses de la Unión y de todos sus socios «queden plenamente protegidos», y reiteró la apuesta europea por un comercio transatlántico «estable, predecible y mutuamente beneficioso».
Mientras Washington endurece el tono con Madrid, Rabat lleva meses recogiendo los frutos de una relación bilateral con Estados Unidos que atraviesa su mejor momento en décadas. En abril, representantes de Defensa de ambos países firmaron en el Pentágono una hoja de ruta de cooperación estratégica para el periodo 2026-2036, rubricada por el subsecretario estadounidense de Guerra, Elbridge Colby, y una delegación marroquí encabezada por el ministro delegado de Defensa Nacional, Abdellatif Loudiyi, y el general Mohammed Berrid. El acuerdo confirma a Marruecos como uno de los socios militares de mayor confianza de Washington en el norte de África.
Ese acercamiento ya se traduce en hechos concretos. Marruecos ha sido integrado en el sistema de comunicación táctica Link-16, hasta ahora reservado a miembros de la OTAN, validado en pruebas realizadas en Agadir el pasado 3 de febrero. Y entre abril y mayo, el país acogió una nueva edición de las maniobras African Lion —las mayores operaciones militares de Estados Unidos en el continente africano—, con la participación de más de cuarenta empresas tecnológicas estadounidenses en ciudades como Agadir, Kenitra, Tan-Tan, Taroudant y Benguerir.
El contraste con España no ha pasado desapercibido entre los analistas de defensa. El propio Robert Greenway, del centro conservador Heritage Foundation, cercano a la Casa Blanca, llegó a plantear públicamente el año pasado que era «hora de trasladar las bases de Rota y Morón… a Marruecos», una propuesta que, aunque no refleja una posición oficial de la Administración, ilustra el peso creciente que Rabat ha ganado en la lectura estratégica estadounidense del Mediterráneo occidental. Marruecos, además, ya contaba con la condición de aliado principal no perteneciente a la OTAN, lo que —en palabras del fundador de Mena Defense, Akram Kharief— le otorgaba «acceso al catálogo militar estadounidense» incluso antes de la nueva hoja de ruta.
El respaldo estadounidense también se refleja en cifras. El gasto en defensa marroquí rondó el 10% del PIB en 2025, tras un incremento presupuestario del 17,8%, con compromisos plurianuales de adquisición y sostenimiento de armamento que alcanzarán los 157.000 millones de dirhams —unos 14.500 millones de euros— destinados a modernizar artillería, blindados y aviación. Las previsiones apuntan a una estabilización en torno al 6% del PIB hacia 2036, lo que situaría la inversión militar marroquí cerca de los 18.900 millones de dólares anuales, reduciendo progresivamente —aunque sin cerrarla del todo— la distancia con la capacidad militar española.
