Rue20 Español/Madrid
En cada ciclo electoral reaparece el mismo recurso: convertir a Marruecos en un problema útil para movilizar votos en España. Esta vez ha sido nuevamente el líder de Santiago Abascal quien ha recuperado una de las propuestas más simbólicas de la extrema derecha contemporánea: levantar un muro frente a Marruecos en Ceuta y Melilla. Una idea tan estridente como políticamente calculada.
El discurso no es nuevo. Vox lleva años construyendo parte de su identidad política sobre una narrativa de amenaza exterior en la que Marruecos ocupa un lugar central. El problema es que esta estrategia se sostiene más sobre emociones y sospechas que sobre hechos verificables. Presentar al Reino marroquí como un actor que “utiliza” la migración para presionar a España puede generar titulares y agitar a ciertos sectores del electorado, pero ignora deliberadamente la complejidad de un fenómeno migratorio que afecta a toda la región mediterránea.
La propuesta del muro tampoco nace de una reflexión original. Es una réplica evidente del modelo político impulsado por Donald Trump en la frontera entre Estados Unidos y México. La lógica es idéntica: simplificar un desafío global mediante una imagen contundente y emocional. El muro no pretende resolver el problema; pretende transmitir sensación de fuerza, autoridad y confrontación.
Sin embargo, la realidad contradice el relato alarmista de Vox. Mientras la extrema derecha insiste en alimentar una visión hostil hacia Marruecos, el Gobierno español ha reconocido en numerosas ocasiones la cooperación marroquí en materia migratoria y de seguridad. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha defendido públicamente el buen momento que atraviesan las relaciones entre Rabat y Madrid, calificándolas incluso como las mejores de su historia reciente.
Ese contraste resulta revelador. Por un lado, existe una cooperación estratégica entre dos países obligados a entenderse por geografía, economía y seguridad. Por otro, emerge un discurso político que necesita mantener vivo el miedo hacia Marruecos para consolidar una narrativa nacionalista. La paradoja es evidente: cuanto más se fortalecen las relaciones bilaterales, más necesita Vox exagerar supuestas amenazas marroquíes para mantener vigente su discurso.
Ceuta y Melilla se convierten así en símbolos electorales más que en espacios reales de convivencia y cooperación. En lugar de proponer soluciones diplomáticas, económicas o sociales, la extrema derecha opta por la política del choque permanente. Marruecos funciona como un enemigo conveniente, un “otro” al que culpar de tensiones internas y frustraciones sociales.
La historia europea demuestra que los discursos basados en el miedo al vecino extranjero suelen ofrecer rentabilidad electoral a corto plazo, pero rara vez aportan estabilidad o soluciones duraderas. Construir muros físicos o políticos puede resultar eficaz como eslogan de campaña, aunque no resuelva ninguno de los desafíos compartidos entre ambos países.
Al final, la cuestión no es únicamente Marruecos. Lo que está en juego es el tipo de política que se quiere normalizar en España: una basada en la cooperación y el pragmatismo o una alimentada por la sospecha permanente y la confrontación identitaria. Porque cuando faltan propuestas sólidas, siempre resulta más sencillo levantar muros imaginarios que construir respuestas reales.
