Rue20 Español/Rabat
La reciente reunión entre los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump en la Casa Blanca, concebida para cerrar un año de tensiones bilaterales entre Bogotá y Washington, puede tener derivadas que trascienden la agenda inmediata.
Más allá de Venezuela, el narcotráfico o la energía limpia, el deshielo diplomático con Estados Unidos obliga a Colombia a repensar su política exterior desde una lógica de pragmatismo y coherencia estratégica; y en ese ejercicio, la relación con Marruecos y la cuestión del Sáhara no son asuntos menores.
El encuentro Trump-Petro, calificado por el propio mandatario colombiano con un notable alto, marca un retorno de Colombia a los márgenes de la Realpolitik.
Estados Unidos, principal socio estratégico de Colombia, ha reiterado de forma clara y pública su apoyo a la iniciativa marroquí de autonomía como solución “realista y creíble” al diferendo del Sáhara marroquí, respaldo consagrado en la resolución 2797 del Consejo de Seguridad de la ONU.
Ignorar este marco no solo aisla a Colombia de una tendencia internacional cada vez más amplia, sino que la coloca en contradicción con sus propios intereses geopolíticos.
En este contexto, resulta cada vez más evidente el desfase entre la posición personal del presidente Petro —materializada en su acercamiento al Polisario— y la institucionalidad colombiana.
El rechazo de más del 70 % del Senado al reconocimiento del movimiento separatista, así como el respaldo explícito Congreso de Colombia a la integridad territorial del Reino de Marruecos, reflejan una disonancia que erosiona la credibilidad de la política exterior colombiana.
No se trata de un debate ideológico, sino de coherencia estratégica y respeto al derecho internacional tal como hoy lo interpreta la comunidad internacional.
Marruecos ha consolidado su soberanía sobre el Sáhara no solo mediante resoluciones internacionales, sino a través del desarrollo económico, la participación política y la integración efectiva de las poblaciones saharauis en la vida nacional.
Ciudades como El Aaiún y Dajla son hoy polos de inversión y estabilidad, muy lejos del imaginario congelado de la Guerra Fría que aún alimenta el discurso separatista.
En ese tablero, Marruecos se erige como una puerta de entrada natural al continente africano y al mundo árabe; un socio fiable con el que Colombia mantiene intercambios comerciales significativos y potencial de crecimiento. Persistir en una postura hostil hacia Rabat no fortalece la presencia colombiana en África; la debilita.
El respaldo internacional a la iniciativa marroquí de autonomía —que suma apoyos en Europa, África, Asia y América Latina— confirma que el expediente del Sáhara avanza hacia una solución política definitiva bajo soberanía marroquí.
Frente a esa dinámica, el aislacionismo diplomático no es una opción sostenible. La política exterior no se construye sobre gestos simbólicos ni romanticismos ideológicos, sino sobre intereses nacionales, estabilidad regional y alianzas duraderas.
El encuentro Trump-Petro puede, y debería, actuar como un punto de inflexión. Si Colombia aspira a recomponer su relación con Washington y a proyectarse como un actor serio en el escenario global, tendrá que alinear su discurso con los consensos emergentes y escuchar a sus propias instituciones.
En ese camino, revisar la postura hacia Marruecos no sería una concesión, sino un acto de madurez diplomática.
A largo plazo, el pueblo colombiano —a través de su Congreso y de amplios sectores académicos y políticos— ha dejado claro que apuesta por relaciones sólidas con el Reino de Marruecos y por el respeto a su integridad territorial.
El tiempo dirá si el Ejecutivo acompasa su política exterior a esa voluntad mayoritaria y a la realidad internacional. Porque, en diplomacia, nadar contra la corriente suele tener un desenlace previsible: el aislamiento.
