Rue20 Español/ Madrid
Abdelhamid Beyuki*
La designación de la candidatura conjunta Marruecos–España–Portugal para organizar el Mundial 2030 no es solo un triunfo deportivo. Para Marruecos, significa una ocasión histórica de modernización, apertura y diálogo entre orillas.
¿Qué gana Marruecos al participar en la organización del Mundial 2030?
Cuando se anunció oficialmente la victoria de la candidatura conjunta Marruecos–España–Portugal para organizar la Copa del Mundo de 2030, las reacciones fueron diversas, entusiasmo y orgullo por un lado, dudas y críticas por otro. Pero la pregunta esencial sigue siendo, más allá de los discursos políticos y las posiciones ideológicas, ¿qué puede ganar Marruecos realmente con esta participación?
Infraestructura, un legado que trasciende el torneo, la experiencia demuestra que la Copa del Mundo ha sido siempre una excusa para acelerar proyectos estructurales de gran calado en los países anfitriones. Marruecos necesita modernizar estadios de nivel internacional, actualizar sus redes de transporte, ampliar la capacidad de sus aeropuertos y reforzar el potencial de sus ciudades turísticas. Son inversiones que, aunque nacen del evento, beneficiarán tanto a ciudadanos como a visitantes durante décadas. El hecho de que este proceso se dé en alianza con España y Portugal añade una dimensión estratégica, empezando por compartir experiencias, estándares europeos y modelos de gestión que pueden dejar una huella duradera.
Turismo: Marruecos es un destino tradicional para europeos, pero el Mundial atrae hinchas de todos los continentes, especialmente de América Latina y Asia. Esto abre la puerta a mercados poco explorados hasta ahora. La experiencia de España en 1982 o la de Sudáfrica en 2010 muestran que un Mundial puede elevar la imagen turística de un país durante años. Aquí, la dimensión conjunta es clave, la combinación de la península ibérica y Marruecos proyecta un mosaico cultural único que puede seducir al mundo entero.
Economía: un evento global significa decenas de miles de empleos temporales y permanentes, en la construcción, los servicios, los medios de comunicación, la hostelería y el marketing. Las empresas marroquíes participarán directamente en contratos vinculados a la infraestructura y la logística. Además, el éxito organizativo reforzará la confianza de inversores internacionales en el mercado local. La cooperación con España y Portugal puede atraer aún más capital y oportunidades, en un marco ibero-mediterráneo con vocación de futuro.
Imagen de Marruecos en el mundo: gestionar un acontecimiento de esta magnitud es la mejor carta de presentación para demostrar que Marruecos es capaz de albergar grandes citas internacionales. Un triunfo organizativo, en coordinación estrecha con socios europeos, abrirá las puertas a futuros eventos deportivos, económicos y culturales. Más allá de la economía, se trata de consolidar una reputación global.
Dimensión social y cultural: desde estadios modernos que servirán a los clubes nacionales hasta la cultura de la organización y del trabajo colectivo, el legado social es innegable. La juventud marroquí tendrá acceso a infraestructuras que sin este desafío serían impensables. Estar en el corazón de un acontecimiento planetario refuerza el sentimiento de pertenencia y orgullo nacional. Además, el carácter compartido del proyecto con España y Portugal convierte este Mundial en un puente cultural entre las orillas del Mediterráneo, uniendo pueblos e historias que siempre estuvieron entrelazadas.
Es cierto que existen preocupaciones legítimas, algunos consideran que organizar el Mundial es un lujo innecesario frente a urgencias como la salud, la educación, la vivienda o el empleo. Estas voces reflejan una sensibilidad social que no debe ser ignorada. Pero reducir el torneo a un simple espectáculo efímero es una simplificación. Si se gestiona con transparencia y visión, se convierte en una inversión de largo plazo, estadios y transportes al servicio de los ciudadanos, una cultura de gestión moderna, y una nueva imagen internacional.
La historia ofrece ejemplos contrastados, países que acabaron con deudas y estadios vacíos, y otros que supieron transformar el Mundial en un motor de desarrollo sostenible. El desafío, pues, no es rechazar la idea sino garantizar su buena ejecución. Ello exige transparencia en los gastos, diseños flexibles que aseguren la sostenibilidad de las instalaciones, contratos claros que abran las puertas de los estadios a clubes y jóvenes, y un fondo de legado que financie proyectos educativos, deportivos y sociales. Así, la crítica se transforma en participación constructiva.
El verdadero lujo no es aspirar a organizar un evento global capaz de remodelar la infraestructura y ofrecer nuevas oportunidades a la juventud, sino permanecer pasivos esperando que los cambios lleguen por sí solos. A mi modesto juicio, Marruecos debe estar en el terreno de juego, junto a España y Portugal, y este paso merece debate, control y propuestas. La crítica es legítima, pero gana valor cuando se acompaña de una visión alternativa y mecanismos de seguimiento que conviertan la Copa del Mundo en una oportunidad de desarrollo y no en una carga para las generaciones futuras.
*Experto en las relaciones hispano-marroquíes.
