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YOUSSEF AKMIR*
Tras la moción aprobada en el ayuntamiento de Jumilla, que vetó la celebración de las oraciones de las dos principales festividades del calendario musulmán (el Eid al-Fitr y el Eid al-Adha) en instalaciones deportivas públicas, el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, se ha sumado a la polémica. A través de una publicación en redes sociales, llamó a los musulmanes afincados en España «moritos» y les recriminó no condenar los asesinatos que sufrieron los cristianos en países islámicos.
A lo que el señor arzobispo se le escapa es el respeto con que cuenta el catolicismo en Marruecos, y más en particular las misiones españolas cuya presencia en el país vecino se remonta a siglos atrás. Los misioneros franciscanos eran considerados los más privilegiados de todas las misiones cristianas, un privilegio que se remontaba al siglo XVII, cuando el propio Majzén (el gobierno marroquí) consintió oficialmente a los padres franciscanos Juan de Prado y Matías de San Francisco permanecer en su imperio. Desde 1705, la Orden Franciscana ha utilizado un libro titulado El Libro en que se apuntan los misioneros que entran y salen por los puertos de África.
Durante esta época, los franciscanos se dedicaban a gestionar el rescate de los prisioneros europeos y a atender sus necesidades espirituales y sanitarias. El carácter humanitario de estos misioneros les ayudó a ganar el cariño y el respeto del pueblo marroquí y de su propio sultán, Mulay Ismail contó con los servicios de mediación del franciscano español fray Diego de los Ángeles ante la corte española, quien consiguió propiciar el entendimiento, la paz y el intercambio de cautivos entre ambos monarcas. Durante veinticinco años, Fray Diego de los Ángeles permaneció en Marruecos al servicio de su misión religiosa, humanitaria y diplomática.
En 1765, tras una larga época de enemistad, España y Marruecos comenzaron una nueva era. Carlos III envió a Marruecos a un misionero franciscano, sabiendo que la Orden siempre había contado con el aprecio y el respeto de los sultanes marroquíes. Fray Bartolomé Girón de la Concepción fue el personaje apropiado para desempeñar tal misión. Sus propuestas convencieron al sultán Sidi Mohamed Ben Abdellah para que enviara a su embajador, Sidi Ahmed El Gazzal, a Madrid a retomar las negociaciones que darían lugar a la firma del Tratado Hispano-Marroquí de Paz y Comercio de 1767. Dicho tratado estuvo a punto de convertirse en papel mojado en 1768, si no fuera por la mediación diplomática de Fray Tomás Bellido, el «Auspicio de Marrakech».
El misionero franciscano fue encargado por el secretario de Estado y del Despacho, el marqués de Grimaldi, de informar al sultán sobre la tensión que había suscitado el anclaje «imprevisto» del buque del embajador judío-marroquí Gesaya Benamur en el puerto de Barcelona, ya que su destino era Génova. Tomás Bellido tuvo que explicar al sultán cómo el Tribunal de la Santa Inquisición mantenía su poder sobre la totalidad de las instituciones del Estado e impedía que los judíos pisaran suelo español, aunque, en el caso del embajador marroquí, la intervención personal del rey Carlos III acabó reduciendo las tensiones.
Tras el asedio de Melilla que duró cien días (1774-1775) por las tropas del sultán, el primer ministro español, conde de Floridablanca, contactó en 1778 y 1779 con Fray José Boltas de Santa Bárbara para desempeñar una misión diplomática. El misionero franciscano, guardián del Real Convento de la Purísima Concepción de Mequínez, recibió la solicitud de mediar en esta crisis para negociar una urgente solución que pudiera restablecer las relaciones entre ambas monarquías.
La Misión Franciscana también se encargó de otras importantes labores, como la enseñanza, la acogida de niños abandonados, la sanidad, el albergue a los desfavorecidos y el reparto de comidas y ropa a los pobres. El caso de don José Lerchundi es un ejemplo paradigmático en este aspecto. Se trataba de un sacerdote con extraordinaria inteligencia y amplia formación cultural, religiosa y política. La misión del padre Lerchundi en Marruecos coincidió con la competencia internacional de la que España formaba parte. Su perfecto conocimiento del idioma y de las costumbres marroquíes le ayudó a ganarse la simpatía del Gobierno español y del marroquí.
El misionero franciscano tuvo buenas relaciones con el sultán Mulay Hassan I, y colaboró activamente con él para que enviara una embajada a la Santa Sede con el fin de felicitar a Su Santidad León XIII por su Jubileo sacerdotal. La embajada marroquí, acompañada por el padre Lerchundi, es recibida el 25 de febrero de 1888 por su Santidad en el Vaticano, en el Salón del Trono, con todos los honores que se merece tal comitiva.
Estos son, en suma, algunos pasajes históricos de las magníficas relaciones que la Iglesia Católica y la misión franciscana, en particular, mantuvieron con el Estado y la población marroquíes, desde edades muy tempranas hasta las recientes visitas papales. Se trata de una cooperación histórica entre el islam y el cristianismo cuyos objetivos sobrepasan la visión simplista que tanto defiende el señor arzobispo de Oviedo y que conecta con hechos del pasado; un pasado rico en ejemplos de tolerancia, respeto mutuo y diálogo interreligioso. Sus hechos son paradigmas que nos sirven para conocernos mejor, derribar prejuicios y propiciar la paz entre los ciudadanos, sin distinción de raza ni de color.
En definitiva, el conocimiento histórico hubiera sido de gran interés para el señor Sanz. Conocer el pasado de su propia orden religiosa en tierra de «los moritos» le hubiera ayudado a trascender las propagandas ultraconservadoras y a superar el odio que tanto pregonaba.
*Profesor de Historia de la Universidad Ibn Zohr/Agadir.
