Rue20 Español/Rabat
La tensión política en Túnez se intensifica, trascendiendo una simple disputa entre el presidente Kais Saied y la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT). Lo que se observa es una pugna por el alma del Estado: un poder ejecutivo que busca la centralización absoluta versus la última institución popular con capacidad de resistencia.
Desde su consolidación de poderes en 2021, el presidente Saied ha expandido sistemáticamente su lista de «enemigos», abarcando desde partidos políticos y asociaciones civiles hasta jueces y periodistas.
Ahora, la UGTT, el sindicato galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su rol crucial en la transición democrática tras la revolución de 2011, se encuentra en la mira, acusada de corrupción y traición. La estrategia, según observadores, es clara: difamación, incitación y, finalmente, represión.
La paradoja reside en que, mientras la economía tunecina se tambalea bajo el peso del desempleo y la deuda, el gobierno concentra sus esfuerzos en desmantelar la «dedicación sindical» y perseguir judicialmente a sus miembros.
En lugar de abordar las crisis apremiantes, el presidente Saied se enfrasca en batallas ficticias, presentando a los sindicatos como responsables del colapso económico, producto, en realidad, de la deficiente gestión estatal.
El verdadero temor de Saied no radica en la supuesta corrupción sindical, sino en su independencia y capacidad de movilización. Con cientos de miles de afiliados, la UGTT tiene el poder de paralizar el país con una huelga general. Representa, además, el último reducto de la sociedad civil en un espacio político cada vez más restringido para las voces disidentes.
La retórica que tacha a los sindicalistas de «enemigos del pueblo» evoca las tácticas de regímenes autoritarios previos, como los de Bourguiba y Ben Ali. Bajo el pretexto de la «rendición de cuentas», el objetivo real parece ser la eliminación del pluralismo y la supresión de la disidencia.
La batalla de Saied ya no se limita a la oposición política, sino que se extiende a todo el espectro civil. Tras someter a partidos, asociaciones y medios de comunicación, el siguiente paso lógico es el sindicato. De lograrlo, el resultado sería un Estado sin intermediarios, moldeado a imagen y semejanza de un solo hombre.
Sin embargo, la Túnez que inspiró al mundo con su revolución no se resignará a convertirse en una prisión. La UGTT, con su historia de resistencia al colonialismo francés y a las dictaduras de Bourguiba y Ben Ali, no sucumbirá fácilmente a discursos incendiarios o decretos administrativos.
La verdadera cuestión en juego no son los «privilegios sindicales» ni la «presunta corrupción», sino la supervivencia del pluralismo, el derecho a la protesta y la libertad de organización. El futuro de Túnez pende de un hilo: ¿se consolidará la «República del Miedo» o se preservará el último bastión de la democracia?
La represión puede ser una victoria a corto plazo para Saied, pero no borrará la profunda conexión entre la UGTT y la identidad de lucha del pueblo tunecino. Aplastar al sindicato equivaldría a declarar la muerte de la democracia en Túnez.
