Bolton, la última carta de Argel en un juego sin futuro

 

Rue20 Español/Rabat

Mientras el Congreso estadounidense se prepara para debatir un proyecto de ley que podría clasificar al Polisario como organización terrorista, Argel ha vuelto a recurrir a la figura controvertida de John Bolton, exasesor de seguridad nacional de Donald Trump, para defender la narrativa separatista.

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Esta segunda intervención de Bolton en apenas unas semanas, concediendo una entrevista a un medio español, subraya la creciente desesperación del régimen argelino ante el cambio de paradigma en el conflicto artificial del Sáhara marroquí.

La reaparición de Bolton, despedido por Trump y calificado por este como «persona muy tonta», resulta paradójica. En un contexto donde las sospechas sobre las conexiones del Polisario con grupos extremistas son cada vez más evidentes, Argel se aferra a una figura de la diplomacia estadounidense de los años 90, cuyo único mérito en este asunto fue apoyar un plan de paz fracasado hace más de dos décadas. Que Bolton sea ahora la voz del Polisario ante la opinión pública estadounidense es una clara señal de la falta de apoyos creíbles para una narrativa fantasmagórica.

El discurso de Bolton, anclado en el pasado, repite los mismos argumentos obsoletos. Afirma haber visitado los campamentos de Tinduf «hace treinta años» y no haber visto «ni marxistas, ni yihadistas, ni iraníes», una afirmación anacrónica que ignora las numerosas alertas sobre la infiltración de grupos extremistas en la región. Además, desestima los recientes incidentes armados protagonizados por el Polisario, incluyendo disparos contra un cuartel de la MINURSO en Esmara, calificándolos de «propaganda marroquí».

Bolton insiste en la viabilidad de un supuesto “referéndum” basado en un censo español de 1974, ignorando la evolución del conflicto y el creciente apoyo internacional al plan de autonomía propuesto por Marruecos. Esta postura contrasta con la búsqueda de soluciones realistas por parte de la ONU y la mayoría de la comunidad internacional.

Mientras tanto, en el Congreso estadounidense, un proyecto de ley bipartidista impulsado por los representantes Joe Wilson y Jimmy Panetta acusa al Polisario de ser una milicia marxista con vínculos con Irán, Hezbolá y Rusia. Esta iniciativa legislativa pone de manifiesto el creciente escepticismo hacia el Polisario en Washington.

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La estrategia de Argel de confiar su narrativa a una figura desacreditada como Bolton se revela como un error garrafal. Lejos de influir en la opinión pública, esta maniobra refuerza la imagen de un régimen aislado, aferrado a una diplomacia obsoleta y desconectado de la realidad del conflicto.

En Washington, Bolton es considerado una reliquia del pasado, un símbolo de una época de intimidación e ideología rígida que ya no tiene cabida en la resolución de un conflicto complejo como el del Sáhara marroquí.

La insistencia de Argel en recurrir a Bolton —dos veces en un mes— ilustra la ceguera de un régimen que parece creer que puede manipular la opinión internacional con figuras desgastadas. Mientras las principales capitales del mundo reafirman su apoyo a la iniciativa marroquí, Argel se aferra a un salvavidas agujereado, símbolo de su creciente aislamiento.

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