Rue20 Español/Rabat
El reciente ataque israelí contra instalaciones iraníes trasciende la simple prevención nuclear, según el analista geopolítico Hicham Mouatadid.
En una entrevista con Hespress, Mouatadid argumenta que la ofensiva forma parte de una estrategia de ingeniería geopolítica que busca remodelar el orden en Oriente Medio, con potenciales ramificaciones globales. El ataque, más allá de su objetivo táctico, busca debilitar los cimientos ideológicos, militares y simbólicos del régimen iraní.
El ataque a altos mandos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), pilar del poder clerical iraní, revela la intención israelí de fracturar la cohesión interna del régimen, creando divisiones entre las fuerzas de seguridad, el ejército y la población civil.
La invocación del lema «Mujer, vida, libertad» por parte del Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no es un gesto simbólico, sino una herramienta de guerra psicológica destinada a exacerbar las tensiones sociales y políticas internas.
Mouatadid advierte que la respuesta iraní podría materializarse a través de su red de aliados no estatales, como Hezbollah, los hutíes y las milicias chiitas en Irak y Siria.
Esta red, parte de la «media luna chiita», otorga a Irán una profundidad estratégica y una capacidad de daño considerable, con el potencial de extender el conflicto a múltiples frentes.
Este escenario transformaría el conflicto en una guerra híbrida, asimétrica y desterritorializada; complicando cualquier respuesta militar convencional y convirtiendo al Mediterráneo oriental, el Golfo y el Mar Rojo en posibles teatros de operaciones.
Estados Unidos, tradicional aliado de Israel, se encuentra en un dilema: apoyar a su aliado regional sin provocar una confrontación directa con Irán, que podría escalar a un conflicto por poderes con Rusia. La implicación rusa en Oriente Medio, especialmente en Siria y a través de acuerdos energéticos con Irán, añade otra capa de complejidad. Una mayor intervención estadounidense podría reactivar la dinámica de contrapeso ruso-iraní, convirtiendo el conflicto en una nueva guerra fría.
Los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos, como el Consejo de Seguridad de la ONU y la Liga Árabe, parecen ineficaces ante la escalada de tensión. Esta falta de mediación diplomática crea un vacío estratégico que fomenta iniciativas bilaterales basadas en la fuerza y los intereses inmediatos, una situación especialmente preocupante en una región nuclearizada y fragmentada como el Levante.
En este nuevo tablero geopolítico, cada potencia persigue sus propios intereses. Estados Unidos busca contener a Irán, asegurar el mercado petrolero y fortalecer el eje israelo-golfo. Rusia busca reafirmar su influencia internacional, obstaculizar los intereses occidentales y mantener sus posiciones en el Levante.
China, por su parte, adopta una postura más cautelosa, buscando proteger sus intereses económicos en el Golfo y posicionarse como mediador.
La pregunta ya no es si una conflagración global es posible, sino cuándo las potencias implicadas considerarán la intervención menos costosa que la inacción.
Un conflicto por poderes entre Estados Unidos y Rusia en Oriente Medio es un escenario latente, que podría activarse si Irán flaquea o se cruzan ciertas líneas rojas geoestratégicas. En este contexto de incertidumbre, el equilibrio mundial pende de un hilo.
