Rue20 Español/ Fez
El regreso de Trump a la Casa Blanca ha desatado una guerra comercial sin precedentes entre EE.UU. y China. Washington ha impuesto aranceles crecientes a las importaciones chinas, mientras que Beijing ha respondido con gravámenes sobre productos estratégicos y restricciones a empresas estadounidenses.
Los aranceles chinos se fijaron en un 15 % para el carbón y el gas natural licuado de EE.UU., y en un 10 % para el petróleo y la maquinaria agrícola. Además, sancionó a empresas estadounidenses y reforzó los controles sobre la exportación de metales estratégicos, según informan los medios internacionales.
El país norteamericano acusa a China de facilitar el tráfico de fentanilo para justificar sanciones adicionales. Al mismo tiempo, busca reducir la influencia china en América Latina promoviendo la toma de puertos estratégicos en Panamá, mientras que el gigante asiático denuncia estas medidas como intentos de frenar su crecimiento.
Sin embargo, la expansión de China es inminente. A pesar de las restricciones impuestas por EE.UU., el país asiático acelera su autosuficiencia en semiconductores, inteligencia artificial y computación cuántica.
Ante la posible disminución de la efectividad de las restricciones estadounidenses, empresas como Huawei y SMIC ya han puesto en marcha un plan B, reduciendo al máximo su dependencia de tecnología extranjera.
En EE.UU., los aranceles están impulsando la inflación y elevando los costos de producción, mientras que las represalias de China afectan las exportaciones agrícolas y manufactureras. Si la guerra comercial continúa, el país podría enfrentar una recesión.
EE.UU. intenta dividir los mercados en bloques opuestos, obligando a países y empresas a elegir entre Washington y Beijing. China, en respuesta, promueve un modelo tecnológico abierto y colaborativo, impulsando iniciativas como RISC-V y DeepSeek en inteligencia artificial. Esta fragmentación podría afectar el comercio global y elevar los costos de producción.
En definitiva, EE.UU. seguirá intentando contener a China, aunque su influencia se debilita. Mientras tanto, Beijing refuerza sus alianzas con economías emergentes y diversifica sus mercados. Todo apunta a una transición hacia un mundo multipolar, con una hegemonía estadounidense en declive.
