Rue20 Español/Rabat
Las elecciones presidenciales en Argelia, celebradas en septiembre de 2024, han dejado al descubierto, una vez más, la verdadera naturaleza del régimen argelino: un Estado militar con una fina capa de maquillaje civil. La reelección de Abdelmayjid Tebboune con un 84,30% de los votos evidencia la ausencia de una competencia real y confirma, además, lo que el documento de la Iniciativa de la Reforma Árabe analiza en detalle: el dominio absoluto de los generales sobre la vida política argelina.
La supuesta «nueva era» que prometió Tebboune tras la caída de Bouteflika en 2019 se ha revelado como una simple continuidad del sistema militarizado, donde las elecciones son una formalidad diseñada para dar una ilusión de cambio. El documento destaca cómo el régimen, lejos de evolucionar hacia una democratización genuina, ha reforzado su control sobre la sociedad, incrementando la represión y cerrando los pocos espacios de expresión que quedaban abiertos tras el Hirak.
Desde 2019, el ejército no ha hecho más que afianzar su control sobre todas las instituciones del Estado, convirtiendo la administración civil en un simple apéndice de su aparato de poder. El documento señala que la segunda presidencia de Tebboune no traerá más que una continuación del mismo modelo de gobierno: un ejecutivo sin autonomía real, subordinado a los dictados del alto mando militar. La incapacidad de Tebboune para generar una base de apoyo propia es evidente: su gobierno no cuenta con el respaldo ni de la vieja élite política ni de la población, lo que lo convierte en un presidente débil, sostenido únicamente por la maquinaria represiva del Estado.
El texto publicado por Iniciativa de la Reforma Árabe es claro en señalar que la represión ha sido la principal respuesta del régimen ante el descontento popular. La criminalización de la oposición política, el encarcelamiento de activistas y la censura a los medios de comunicación han convertido a Argelia en un Estado policial, donde cualquier intento de cuestionar la autoridad de los generales es sofocado de inmediato. El documento menciona la instrumentalización de la justicia para eliminar a figuras incómodas y mantener el control absoluto sobre la esfera pública, lo que demuestra que el régimen sigue dependiendo del miedo y la coerción para mantenerse en pie.
El análisis también aborda el colapso del modelo económico argelino, basado en la renta de los hidrocarburos y carente de una estrategia de diversificación efectiva. La política de distribución de subsidios como herramienta para contener el descontento social es insostenible a largo plazo, y la falta de inversión extranjera deja a Argelia rezagada frente a sus vecinos del Magreb. A pesar de los intentos del régimen por proyectar una imagen de fortaleza económica, la realidad descrita en el documento es otra: un país atrapado en su dependencia del gas y el petróleo, sin perspectivas reales de crecimiento.
Uno de los aspectos más llamativos del informe es cómo el régimen ha utilizado la política exterior para tratar de compensar su debilidad interna. La fallida adhesión de Argelia a los BRICS es un reflejo de su falta de influencia real en el escenario internacional. El documento subraya que la diplomacia argelina ha fracasado en su intento de posicionar al país como un actor relevante en la política global, quedando relegado a un papel marginal en comparación con el avance de Marruecos en la consolidación de alianzas estratégicas.
El informe no menciona explícitamente el tema del Sáhara, pero es evidente que el régimen argelino ha convertido su obsesión con Marruecos en una de sus principales herramientas de distracción interna. Cada vez que el sistema argelino enfrenta una crisis de legitimidad, los medios estatales y la propaganda oficial redoblan su retórica hostil contra Rabat, como si la cuestión del Sáhara fuera el único problema que enfrenta el país. Sin embargo, el documento deja claro que las verdaderas amenazas para el régimen argelino no provienen del exterior, sino de su propia incapacidad para renovarse y responder a las demandas de su población.
Las elecciones de 2024 han demostrado que el sistema argelino no es capaz ni siquiera de ejecutar su propio fraude electoral con eficacia. El informe expone cómo las cifras de participación y los resultados fueron manipulados de manera tan burda que la propia corte constitucional tuvo que corregirlas, dejando en evidencia las divisiones internas dentro del aparato de poder. Este episodio no es más que una señal del agotamiento del régimen: incluso dentro del ejército, existen fracturas que dificultan la perpetuación del sistema en su forma actual.
La conclusión del documento es contundente: Argelia se enfrenta a un futuro incierto, donde la incapacidad del régimen para reformarse puede desembocar en una nueva crisis política de gran escala. El sistema ha perdido su capacidad de reinventarse y depende exclusivamente de la represión para mantenerse en pie. Sin embargo, como la historia ha demostrado una y otra vez, los regímenes que gobiernan con el miedo terminan cayendo cuando el miedo deja de ser suficiente.
