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lunes, julio 15, 2024

Principio de Nash y fin de Argelia

Rue20 Español/ Bruselas

Abdel-Wahed OUARZAZI*

Argelia ha sido el jugador número uno de un juego basado en el equilibrio geopolítico regional que, tradicionalmente, mantenía una cierta relación de fuerzas con el Reino de Marruecos, a pesar de las divergencias.

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Hablando de equilibrios, qué mejor citar aquí a Nash, quien lo define como aquella situación en la que ningún jugador encuentra su mejor estrategia de juego al depender de los movimientos del rival; por tanto, los contendientes sólo se conforman con satisfacer objetivos limitados.

En la época del difunto rey Hassan II, el Reino de Marruecos y Argelia mantenían un cierto equilibrio, yo diría de Nash, que dibujaba una situación donde ambos países no tenían ningún incentivo en cambiar de estrategia teniendo en cuenta sus respectivas capacidades que, por entonces, no eran muchas; donde el tablero geopolítico estaba dominado por la guerra fría.

En consecuencia, ninguna de las partes optimizaba su estrategia, aunque cada cual admitía el resultado de tal comportamiento y sus consecuencias. Un equilibrio sostenido esencialmente por la cooperación que ambos países prometían bajo el paraguas de la ONU. Tal colaboración aseguraba el equilibrio de Nash que, con el transcurso del tiempo, se convertiría en un absurdo bloqueo que duró 30 años y condenaba a las partes al subdesarrollo y a la pobreza.

La entronización del rey Mohamed VI en 1999 hizo saltar los condicionantes de ese equilibrio para pasar a una estrategia dominante con decisiones soberanas. Ya no importaba la obstinación argelina en mantenerse en un statu quo tan anacrónico como perjudicial.

Tras varios intentos fallidos de mano tendida, Marruecos apostó por el progreso y por la autonomía del Sáhara bajo su soberanía, independientemente de la deriva argelina quien curiosamente no encontraba ningún aliciente en avanzar en un mundo que, por 2003, evolucionaba vertiginosamente tras la caída en 1991 de la ideología predilecta de Argelia, el comunismo.

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Así, mientras Argelia confiaba su destino a la volatilidad de los hidrocarburos, Marruecos emprendía mega infraestructuras para asentar su industrialización; implantó tecnología punta para introducirse en las cadenas de valor de las principales industrias mundiales, aeronáutica civil y militar, automóviles, energías renovables y un largo etcétera. Todo ello a través de inversiones públicas y privadas, además de la captación de significativas inversiones extranjeras directas con la finalidad de convertirse en hub de la producción global.

Avance que supuso un punto de inflexión geoeconómico que impulsaría su posicionamiento geopolítico y una ventaja estratégica dominante que puso fin a las ansias expansionistas de una Argelia que se ha visto descolocada, arrastrada por las decisiones de Rabat. Esto es, por cada acción marroquí hay una ridícula reacción argelina para frustrarla descaradamente, o un “copia y pega” sin sentido ni originalidad alguna.

Los militares argelinos debieron atender, en su momento, los ofrecimientos del rey Mohamed VI de colaborar juntos relanzando la Unión del Magreb Árabe (UMA) y de dinamizar la economía del Norte de África. Entrando en ese juego, Argelia hubiese avanzado a la par que Marruecos sin perder su posición de actor relevante; incluso manteniendo sus diferencias, se hubiese re-alcanzado un nuevo equilibrio, también de Nash, pero esta vez a nivel dominante, donde Argelia estaría disfrutando igualmente del progreso y de una salida al Atlántico del hierro, resultante de la explotación conjunta de la mina de Gara Yebilat, en Tinduf, acordada en 1962.

Sin embargo, el régimen argelino optó por lo peor, a saber, cierre de fronteras y del espacio aéreo y, finalmente, por romper unilateralmente las relaciones diplomáticas con Marruecos, alejándose de toda cooperación y de todo equilibrio posible. Decisiones que han ido hundiendo el país en la miseria, privando a su población del derecho inalienable de vivir en paz y en dignidad.

Argelia pudo ser una gran nación por su tamaño y sus recursos naturales, pero se conformó con ser un país de delincuentes embaucadores; carente de identidad cultural, que no consigue usurpar a Marruecos, y de cultura política propias.

Su discurso beligerante esconde su colapso; e intenta hurgar peligrosamente una guerra abierta, pese a que sufre de aislamiento internacional por su nefasta política Exterior y de inestabilidad, por sus divisiones internas (pugnas y vendettas entre clanes de diferentes servicios de seguridad). Afronta continuos descontentos sociales y levantamientos de la población secuestrada en Tinduf, así como reivindicaciones independentistas de la recién proclamada República de la Cabilia o tensiones que mantiene en la frontera sur con Mauritania y Mali, al este con Libia y oeste con Marruecos.

El estallido de una guerra hará estallar Argelia desde dentro y fuera por su debilidad política y social, así como por su nula relevancia internacional. Los expertos ven preocupante su preparación para enfrentarse a Marruecos y, por su desastroso poder diplomático, tampoco sabría gestionar sus repercusiones. O lo que es lo mismo, la guerra superaría su verdadero potencial, así como su ilusoria confianza que tiene en, corriendo el peligro de acabar como Siria, con tanques de la OTAN en la Moradía.

El poder político-militar argelino ha mostrado, igualmente, su indisposición a cooperar con la ONU a través de las mesas redondas por miedo a ser superado por las expectativas de un cambio al que no está preparado el país. De hecho, desde su creación (1962), Argelia jamás convivió en entornos de paz ni de prosperidad, prefiriendo permanecer en zonas oscuras, ora Guerra de las Arenas ora ETA ora MPAIC ora Polisario ora Irán y su milicia Hezbolá.

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Marruecos, socio privilegiado de la OTAN y guardián de la seguridad en el flanco sur, jamás amenaza, sino ejecuta. Si los militares argelinos, por error u omisión, toman la iniciativa, Marruecos, al unísono, no se detendrá hasta desbancar al fallido Estado terrorista de Argelia.

El potencial bélico, defensivo y ofensivo, del Reino supera con creces al argelino en calidad y efectividad. Dispone de una inteligencia eficaz y eficiente, y de unas fuerzas armadas reales altamente moralizadas, cualificadas y experimentadas, además del respaldo unánime de una población marroquí harta de las payasadas del dúo octogenario Chengriha-Teboune.

Bajo el liderazgo del rey Mohamed VI, el país tomó la sabia decisión de mutar de una economía mediocre a una potencia continental en tan sólo 20 años, adquiriendo con ello un importante soft power. Consiguió transformar el panorama geopolítico del Norte de África al cambiar la relación de fuerzas a favor de su causa nacional. Un éxito marroquí, respaldado por sus aliados y por la comunidad internacional defensora de su integridad territorial, de la paz y de la seguridad en la región.

La dictadura argelina, rezagada en su deriva y en su inmovilismo, se encuentra inmersa en un dilema insalvable. No asume el cambio de equilibrio ni coopera para conseguirlo, y apenas digiere los logros del Reino de Marruecos a quien llama, en clave bélica, “enemigo”, culpándolo de sus desgracias.

A Argelia le ha faltado cooperación, esencial para cualquier equilibrio y le ha sobrado soberbia. Razones por las cuales está sufriendo graves consecuencias y pagará muy caro por todos y cada uno de los errores cometidos a lo largo de estos últimos 50 años, a menos que se rinda.

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Abdel-Wahed OUARZAZI

*Experto en Economía Política

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