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martes, julio 23, 2024

Fouad Laroui, escritor transcultural

 

Rue20 Español/ Fez

 

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Mostafa Akalay Nasser*

 

Fouad Laroui, matemático, ingeniero civil, doctor en economía, profesor de filosofía de las ciencias. Escritor, ensayista, poeta, analista político y columnista. Autor de más de treinta obras (novelas, relatos, ensayos, poesía), fue galardonado con el premio  Goncourt de relatos en 2013 y con la gran medalla  de la francofonía  por la academia francesa de relatos  en 2014. Su novela, Las tribulaciones del último Sigilmassi, ganó el Gran Premio Jean-Giono.

 

En este sentido, los escritos de Laroui pueden describirse como ilustrativos de la transculturalidad que lo inscribe en el mundo contemporáneo y lo convierte en un doble embajador de la cultura marroquí para los franceses y, más ampliamente, para los europeos, ya que algunas de sus novelas han sido traducidas al holandes  y al italiano. 

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El viaje personal de Fouad Laroui se refleja en sus escritos, invitándonos al encuentro con diversas culturas. La noción de transculturalidad le define claramente, aunque sólo sea por sus estancias en Francia, Gran Bretaña, los Países Bajos, Bélgica y, por supuesto, el Marruecos de sus orígenes, como tantas influencias que han forjado su identidad y escritura.  Transcultural es un adjetivo que combina el prefijo latino trans y la noción de cultura(s). El término procede del concepto de transculturación desarrollado por el antropólogo y etnólogo cubano Fernando Ortiz Fernández. Se utiliza para referirse a los contactos entre varias culturas del mismo modo que intercultural y multicultural.

 

El término transculturación se generó en el terreno de la antropología ; el concepto lo ideó Fernando Ortiz (en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar), refiriéndose  al artículo Nuestra América de José Martí. 

 

El término de transculturación fue creado por el antropólogo cubano Fernando Ortiz en los años 1940 y se enmarca en la escuela funcionalista de antropología, fundada por Bronislaw Malinowski. La transculturación procura encontrar una explicación para la dimensión cultural de procesos migratorios en la sociedad cubana, enfatizando la reciprocidad de encuentros culturales que a la vez son conflictivos y asimétricos, sobre todo para la cultura “receptora“ (1983:98,102). Según Ortiz, la transculturación suele ocurrir a través de procesos migratorios, políticas de poder oficial o por la influencia de los medios de comunicación (1983:101). Se diferencia del concepto aculturación, ampliamente usado en la antropología cultural estadounidense de aquel entonces.

 

“Entendemos que el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que en rigor indica la voz angloamericana acculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación, y, además, significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse de neoculturación.” (1983: 90) La transculturalidad actúa tanto a nivel macro (en las culturas siendo híbridas en si mismas) como micro (en los individuos) (2009:3, 5).

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La interculturalidad no designa una situación estática, es más bien una postura o en otras palabras una disposición en constante construcción. Pese a que incluye, necesariamente, acciones concretas, prácticas culturales y sociales. y, por lo tanto, discursivas, aquí  la retomamos como una disposición, como una práctica potencial, incorporada, hecha habitus, diría el gran  sociólogo francés Pierre Bourdieu. 

 

De este modo, el ser intercultural designa el acto mismo de pensar  y actuar conforme a un pensamiento intercultural, dispuesto para la relación con lo diferente, lo ajeno, lo distinto a uno mismo. Desde esta concepción, se puede establecer diferencias en torno a los discursos que se construyen  y realizan en situaciones en las que la interculturalidad como acto está presente. Es así que la interculturalidad implica siempre comunicación intercultural, es decir, interacción con lo distinto. Los procesos de comunicación intercultural requieren de actitudes cooperativas y disposiciones que permitan a los diferentes actores  compartir saberes, acciones, representaciones simbólicas. Las comunidades sociales no se mantienen inmóviles, no son construcciones monolíticas, inmutables sino que están sujetas a cambios. 

 

La identidad es una construcción permanente que avanza mediante procesos muy variados, a menudo contradictorios, a veces inestables y traumáticos en un mundo cada día globalizado. Las sociedades  tienden a ser  plurales en el  futuro y estarán compuestas de un mosaico de identidades polimorfas (multiformes), resultado del roce o hibridación de los diferentes pueblos de la tierra. Dicha hibridación cultural se apoya en el acopio de elementos que provienen de distintas tradiciones y que es en definitiva, el producto de la comunicación con el otro. 

 

Entre los mediadores de la cultura abiertos al cambio, conscientes de su propia cultura y de la cultura de los demás, los escritores son las figuras más emblemáticas, las más abiertas al encuentro. Si definimos la literatura como un sistema de representación de ideas e ideales arraigados en la vida. El escritor también puede considerarse un guía o passeur,  un «traductor» de una cultura a otra. Según el antropólogo  Serge Gruzinski, autor del pensamiento mestizo, la noción de «guia  cultural» abarca un abanico muy amplio de situaciones, desde traductor a editor, librero, periodista, creador y distribuidor de información y cultura.

 

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Mostafa Akalay y Fouad Laroui ante el liceo Abdellah Laroui

 

Los escritores, como sabemos, se leen unos a otros, y Laroui es un gran lector, que multiplica sus lecturas y determina así su cultura. Más de la mitad de la verdadera biografía de un autor consiste en los libros que ha leído. Un literato es ante todo un lingüista y un filólogo, y un escritor políglota siempre tendrá una enorme ventaja sobre un escritor monolingüe. 

 

Laroui disfruta aprendiendo, hablando y escribiendo lenguas extranjeras desde muy joven. Tiene fama de ser un viajero entusiasta, no es un turista con prisas en busca de emociones o exotismo. Está acostumbrado a pasar largas temporadas en Francia, Holanda, Bélgica, América e Inglaterra, dichos países son destinos donde  se empapa de alteridad   y se desarraiga ,donde  instala su despacho y constituye  una biblioteca. 

 

[La literatura contemporánea se aleja del nacionalismo; tiende a ser un laboratorio de universalidad supranacional. La literatura prevalece cada vez más sobre la nacionalidad… La literatura es la suma de libros traducidos; es un patrimonio compartido, un mediador mediatizado, de ahí la necesidad de escritores transmisores de saberes y  que dominan  lenguas extranjeras, según Jean-Yves Guérin].

 

En la obra de Laroui, el humor, la burla y el ingenio están al servicio de un humanismo heredero de la Ilustración y de los grandes pensadores árabes. Su lúcida visión de Marruecos, pero también de Occidente, se expresa con gracia y pertinencia, planteando las cuestiones fundamentales de la libertad individual, la identidad y la alteridad. Según Bernadette Rey Mimoso Ruiz: Laroui es un escritor sin fronteras, un escritor transcultural.

 

[El intercambio intercultural es un medio de prevenir la barbarie en un mundo amenazado por el fundamentalismo… un día el mundo ya no tendrá un centro y una periferia. La cosmópolis es el centro en todas partes. Todo el problema es pensar lo universal en la particularidad de una literatura o simplemente de una obra]. (Op. cit. Jean Yves Guérin).

 

En su ensayo Alegato por los árabes, intenta devolver a la civilización árabe el lugar que le corresponde, al tiempo que hace un llamamiento a los países árabes para que vuelvan a ser dignos de su pasado. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los árabes podían mirar al futuro con optimismo. Del siglo VII al XIII, la civilización árabe se adelantó a todas las demás, innovando en todos los campos.

 

 En 1884 Gustave Le Bon escribió: «Desde el punto de vista de las civilizaciones, muy pocos pueblos han superado a los árabes». En su alegato Laroui brinda un compendio  muy interesante y accesible de la historia  cultural y política árabe. Hubo un tiempo no muy lejano en que los árabes, sujetos de su propia historia, podían encarar el futuro con optimismo. Un tiempo en que las palabras arabe, modernidad y universalismo no  eran incompatibles. 

 

Antes de ceder la palabra a nuestro invitado de honor, concluiré leyendo esta cita de GK Chesterton, que introduce el libro Dios, las matemáticas, la locura y en la que Fouad Laroui retrata a matemáticos con destinos deslumbrantes, a veces trágicos, pero siempre fascinantes. El ruso Perelman, el francés Grothendieck, el alemán Cantor y el austriaco Godel son ejemplos sorprendentes que  cayeron en la locura buscando el infinito.

 

«Es la razón la que enloquece, no la imaginación. Los matemáticos y los ajedrecistas se vuelven locos, no los poetas. El peligro está en la lógica »  y no en la poesía que es reparadora en palabras de Gabriel Celaya. 

 

 Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

 Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

 

 

*Director de la Esmab UPF, Fez.

 

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