Errancia (2/2)

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Rue20 Español/ Agadir

 

 

Abderrahmane Belaaichi

 

“Este relato y otros, los he escrito en momentos diferentes, momentos en que sentía y creía que necesitaba ese ejercicio para salvarme de la obsesión de tanto pensar que me ata sin clemencia. Creía que la escritura podría liberarme y confieso que lo ha conseguido. A lo mejor son relatos sueltos e independientes, pero forman parte de la misma cadena. La cadena de la Vida. La mía y quizá también la de muchos, como yo.”

 

 

Cambió de rumbo y se puso en una callejuela también muy atiborrada por caras de diferentes vistas. Algunas de muy pocos amigos y de poco fiar. Caras que ahora lo miran y lo acechan. Se sintió molesto porque no le gustaba nunca que se convirtiera en objeto de miradas. Ahora quiere pasar desapercibido, quería que su pasaje fuera inadvertido.

En ambos lados de la calle ya peatonal por imposible que pasasen los coches y carros a esas horas del día había gente, jóvenes, chicos y chicas, hombres y mujeres que limosneaban o vendían al aire libre lo que podían o consideraban bueno para ganarse temporalmente la vida o simplemente ocupando rincones y sitios estratégicos para mirar, acechar a los transeúntes, esperar una oportunidad de cualquier tipo, mirar las caderas de las mujeres que llevaban djelabas o pantalones vaqueros apretados que dejaban ver las carnes desbordadas de sus traseros, nalgas o caderas. Mujeres que salían a la calle de escaparates para mostrar sus propiedades y cualidades en término mercantil, mostrar sus pechos salientes y bien hechos, sus piernas carnosas y blancas, sus cuellos atractivos y apetitosos. Mujeres que salían con el propósito de gustar e impresionar, atraer y cazar para sobrevivir. Mujeres que pretendían que eran capaces de ofrecer placeres permitidos y prohibidos. Mujeres dispuestas a vender sus carnes y sus cuerpos a cambio de unas monedas que apenas sirven para poner cosas en sus cestos y volver al día siguiente a hacer lo mismo.

Los ruidos se confundían, se entremezclaban y ya no se podía distinguir quién decía qué y daban la impresión de una confusión y un caos incomparables. Era como encontrarse en un rastro o zoco semanal al que afluían los ciudadanos de las comarcas de un perímetro concreto acompañados de sus hijos, de sus mujeres montados todos sobre mulos o burros.

El ruido se apoderó ya de las grandes y principales calles que frecuentaban los visitantes y también los residentes. A ambos lados de las calles y cerrando el paso y la vista a las tiendas que vendían diversas mercancías se extendían vendedores ambulantes que vendían verduras, legumbres, frutas, huevos y a veces ropa de segunda mano y que gritaban en un gesto de emulación inhumana y salvaje adulando sus mercancías o anunciando precios imbatibles. Y todo ofrece un cuadro variopinto raro y muy teatral y espectacular. Se mezclaban las voces con los sonidos, de música y de voces humanas de diversos tonos y cadencias con el único objetivo de vender.

Sintió que su cabeza daba vueltas y dio señales de una marea. Temía que se desmayara o que perdiera consciencia y nadie le reconocería o identificaría. Sintió que su cabeza no podía suportar todo aquel jaleo que se propagaba por toda la ciudad y desde muy temprano por ser hoy sábado. Se dio cuenta entonces de los años que llevaba encima, que ya no era como antes cuando era joven y nada lo incomodaba o molestaba. Sintió el peso de los años y del tiempo. Recordó entonces que cuando era todavía más joven sólo podía respirar en medio del ruido y de los jaleos y tumultos. Meditaba cómo los años pasaron y dejaron lacras, rastros y cicatrices incorregibles, irreparables en su alma antes que su cuerpo. Los años y el tiempo son inclementes e inhumanos. Sintió que ya no quedaba mucho tiempo y había entonces que apresurarse y no perder tiempo. Había que vivir lo que quedaba plenamente. Ahora se da cuenta de lo duro que era el tiempo con él, no se detenía ni se detuvo en algún momento. El tiempo es imposible y solitario, no tiene amigos. Es el gran enemigo de los seres humanos.

Miraba ambos lados de la calle y apenas podía pasar. Los vendedores cerraron todos los pasos y ni les importó si cerraban o abrían los pasos como si buscasen frenar y obstaculizar el tráfico para que los transeúntes tuvieran el tiempo de mirar y comprar las mercancías que exponían y ofrecían.

Oía voces confusas que mezclaban el árabe y el beréber en una sintonía notable. Los vendedores se esforzaban en gritar para seducir a los potenciales clientes, en su mayoría mujeres que tenían que hacer buena gestión de la poca moneda que llevaban discretamente en sus monederos o bolsos pequeños y bien escindidos y protegidos. Las pobres estaban entre los gritos seductores de los vendedores y los agobios de los vagabundos y ladrones disimulados, infiltrados y disfrazados. Las calles estaban cada vez conquistadas por esas bandas de jóvenes inactivos parados perezosos que buscaban atajos para ganar dinero rápidamente en vez de buscar un trabajo decente y duradero.

Escuchaba muchas cifras en el aire que no podía distinguir. Cada vendedor alzaba lo más alto posible su voz para anunciar sus precios que decían que eran imbatibles, destacar sus mercancías con eslóganes bien rimados en tonos unísonos o variados. No paraban nunca y no dejaban de mirar al vecino qué vendió y qué no. No dejaban de gritar incluso cuando tenían a un cliente delante. Se conocían casi todos y eran cómplices en muchas cosas pero a la hora de vender cada uno por sí solo, “¡cada uno para sí y Dios para todos!”.

Miraba las caras y dedujo que lo único que les interesaba era vender lo máximo que se podía, ganar beneficios y más beneficios para luego poder ofrecerse por la noche unos momentos de felicidad efímera comprada.

Esos comerciantes, aunque mantenían la sonrisa, era una sonrisa falsa. Sabían que éste no era su lugar legítimo ocupando espacios públicos y sobre todo agobiando a los locales comerciales y tiendas que había en las plantas bajas de los edificios y casas a los dos lados de las principales calles frecuentadas por una muchedumbre cada vez más en crecimiento y con exigencias en la mayoría de los casos intransigentes en gran parte por las mujeres. Esos vendedores ambulantes ilegítimos sabían que a la gente de aquí le gusta mucho ir de compras con el espíritu de regatear y tener sensación de saber negociar y ahorrar así unas monedas que pudieran evidentemente invertir en otro lugar y para otro fin.

Esos vendedores que cierran los pasos y agobian a todos niveles siguen la moda de dejar crecer la barba de manera desordenada y sin cuidar. Es un signo externo que manifiesta su tendencia aunque no aplican nada de doctrina, ni bajan la vista, al contrario no dejan de mirar los cuerpos de las mujeres del barrio que salen a veces con una djelaba fina que deja ver las partes más sensibles y sensuales de sus cuerpos. Sus miradas traducen un apetito tremendo e insaciable y una frustración irrecuperable. Sus miradas escrutaban los detalles de los cuerpos femeninos y casi los tienen muy de memoria por ser habituales a estos mercadillos caóticos. Esos vendedores además de mirar también saben ensuciar. Lo ensucian todo, echan los residuos, los restos de sus mercancías, los cartones y plástico en las calles a pesar de que todos van a la oración del mediodía y de la tarde. Van a los aseos para hacer sus necesidades y las abluciones antes de orar. Su religión incita mucho a la limpieza pero ellos hacen lo contrario creyendo que limpiar o dejar limpias las calles no forma parte de esos preceptos que ellos mismos escuchan de los oradores y los imanes en las mezquitas. La noción de espacio común y su gestión está lejos de su vocabulario, no forma parte de su educación ni de su percepción de la realidad religiosa. La religión está reducida para ellos a unos rituales que hay que hacer cinco veces al día y a secas sin relacionarlos con el comportamiento que se debe de un buen musulmán. Viven una situación de desfase entre práctica religiosa y actitud o comportamiento dentro de la comunidad.

Los comerciantes legales con tiendas y que pagan impuestos y alquileres son impotentes y sólo se contentan con mirar. Están directamente afectados y perjudicados pero ni pueden hablarlo con esos vendedores ilegales porque en tiempos duros se hacen más solidarios y constituyen un bloque imposible de franquear o tambalear. Luego tienen miedo de ser objeto de actos de represalias o de bandolerismo.

Se contentaban con mirar los espectáculos que ofrecía aquel zoco desordenado y muy estridente y confuso. Miraban las contradicciones de la sociedad en las que supuestamente ellos mismos habían contribuido sin querer. “Hemos cosechado lo que hemos sembrado”…ni más ni menos, pensaban.

La sociedad entera se desfilaba cada día en espectáculos que no terminaban nunca, pero siempre renovados y renovables. Una sociedad enferma pero que no se daba cuenta de su enfermedad y avanzaba con sus lacras y secuelas hacia un destino desconocido, cuyos resultados son incalculables. Como un barco titánico que iba a estrellarse fatalmente a las grandes rocas de la costa sin que la tripulación pudiera intervenir para evitar la catástrofe. No es una fatalidad la catástrofe, y la sociedad debe asumir de todas maneras.

Proseguía, a pesar de todo, su andadura y errancia. Se fundió en medio de esa muchedumbre, a su vez errante, e iba alejándose, caminando, andando y su mente empezaba a bullirse. La sentía muy agitada, mareada y su pensamiento se puso muy ambiguo y confuso. Empezaron las grandes preguntas a perfilarse y tomar forma. Se preguntaba qué hacía allí, se preguntaba sobre la actitud y el comportamiento de la sociedad, su indiferencia, su hipocresía, su impasibilidad, su violencia, su agresión, su intolerancia, la dictadura establecida en la calle, la impaciencia de sus ocupantes, la avidez de los vendedores. Nada ahora se parece a antes. La calle era gran escenario de la matanza colectiva de los valores que él había visto y conocido. Los valores que habían sustentado su comunidad y habían fortalecido su formación. Le habían dotado de una inmunidad fuerte resistente a amenazas de todo tipo.

Los valores que fueron la base de su educación ya han desaparecido y desvanecido con la llegada de las nuevas tecnologías. Nuevos factores y elementos han hecho irrupción repentina y violenta en el proceso de educación. Ni los padres ni la escuela, tanto coránica como moderna, pueden pretender hoy en día que controlan la situación. Los esfuerzos de hace mucho tiempo se han esfumado en el aire y pertenecen al pasado. Los hemos tumbado para siempre y no hay esperanza de que se produzca un milagro, una resurrección o cualquier otro incidente que los devuelva a la escena. Los tiempos han cambiado muchísimo y muy radicalmente…

 

Cuentista e Hispanista 

 

 

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