Hernán Rivera Letelier: Premio Nacional de Literatura 2022 de Chile

Cuántas veces Hernán Rivera Letelier ha soñado con vivir las vidas de su propio coraje. Como un toro ha luchado por salir adelante y para no abatirse ante las bestias existenciales se ha enfrentado solo ante las ruinas de la humanidad descubriendo lo que llevaba en su interior: un poeta por dentro y un escritor de historias, por fuera, donde va el soplo total de la vida

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Rue20 Español/ Antofagasta (Chile)

 

Francisco Javier Villegas

 

Ninguna imagen del desierto de Chile es más prodigiosa que las palabras de las novelas del escritor Hernán Rivera Letelier que nacen desde el propio desierto de Atacama. 

 

Las palabras son sinceras. Llenas de globos con imágenes, infladas por metáforas y posadas y henchidas de historias que relatan vidas y experiencias que encantan a miles de lectores del mundo, pues su obra ha sido traducida a 23 idiomas.

 

Repasar una parte de la literatura chilena actual es sugerir y exaltar el vigor de la palabra que navega airosa en los retratos de una época que no existe; pero, que desplegó alas de sacrificio y esfuerzo de miles de personas que se trasladaron por esa fiebre del salitre, que envolvió a la región norte del país, solo con el propósito de atrapar un tiempo que era de trabajos brutales como “lomo de toro”.

 

Como un memorialista consumado, el rostro del escritor es un viento tranquilo como alguien que nos quiere contar más de alguna historia. Allí se ve la libertad de su mirada, sus deseos con alma y su juventud errante abarcando el Norte Grande. 

 

Por alguna curiosa circunstancia, el escritor nació en la zona central del país, en la ciudad de Talca, en casa de una tía, a cientos de kilómetros del norte grande. Y ya ese hecho, con los años, se transformó en un mito con estilo.

 

En el tiempo iluminado del año 1950, inicio de la vida de Rivera Letelier, el sur solo era un ensueño lleno de incógnitas y el norte, una bravura de llanura calcinante. Una época signada a lo inalcanzable, a soplidos de viento, a silencio evaporándose con todo ese color del salitre. 

 

Aunque nadie sabía de la promesa y realidad de un niño, en esos años, cuando quería asomarse para llegar a mirar el desierto. Y aunque parezca un embrujo, nadie, tampoco, quería entreabrir lo que iba contando el viento, mientras, el olvido se quedaba envejecido.

 

Seguramente, por esa razón, el escritor Rivera Letelier, sufrió la exacta tentación por escribir esas galerías de historias y personajes de la pampa revestidos de ilusiones, esperanzas y gestos fantasmagóricos; incontables páginas que guardan el alma de las personas que alguna vez dieron vida al propio viento y pusieron en trance al desierto, un poco imaginado y un poco real, también, en un tiempo que se evaporó como la propia sal del salitre en las manos de los trabajadores. 

 

Por eso el terreno quedó favorable para que el 8 de septiembre quede marcado a fuego para el escritor Rivera Letelier, para su obra y para su propio corazón. 

 

Seguramente, en ese ponerse a prueba, una vez más, cuando le brindaron la sorpresa de la noticia, debe haber recordado a sus padres y haber entornado un guiño a sus ancestros. La razón que le asistió, por cierto, fue una sola: haber sido galardonado en Chile con el Premio Nacional de Literatura año 2022.

 

Glenn Arcos, fotógrafo de las portadas de los libros de Rivera Letelier (izquierda); Hernán Rivera Letelier, Premio Nacional de Literatura en Chile (centro); y Francisco Javier Villegas, escritor.

Glenn Arcos, fotógrafo de las portadas de los libros de Rivera Letelier (izquierda); Hernán Rivera Letelier, Premio Nacional de Literatura en Chile (centro); y Francisco Javier Villegas, escritor. (Fotografía de Patricio Báez, Antofagasta)

 

Cuántas veces Hernán Rivera Letelier ha soñado con vivir las vidas de su propio coraje. Como un toro ha luchado por salir adelante y para no abatirse ante las bestias existenciales se ha enfrentado solo ante las ruinas de la humanidad descubriendo lo que llevaba en su interior: un poeta por dentro y un escritor de historias, por fuera, donde va el soplo total de la vida. 

 

Alguna vez la palabra, cumpliendo a cabalidad su rito, abrió su propia avidez regresando hacia nosotros, en la sequedad pedregosa de la pampa, cargada de novelas y con la dulzura más valiente donde todo es aire, tierra y energía humana. 

 

Así Hernán Rivera Letelier amalgama en el dulce y difícil silencio del trabajo escritural, lo que nuestros ojos no ven. Allí con el trémulo anhelo de la tierra, el escritor, va atrapando el verdadero asombro de los deseos de un tiempo que se fue, y fortalece su ojo crepuscular embriagado en la ligereza de ese sol aterido, de esos personajes que contempla la pupila abierta de los ojos del desierto y la verdad desnuda de una inquietud esplendorosa como el mismo silencio milenario.

 

En ocasiones, en esas gravitantes ocasiones, hay que dejarse arrobar por las expresiones de Rivera Letelier: “por la sensación del tarro duraznero”, por “la imaginación de soñar la mar”, por “el sortilegio de los nombres con eme” o por “las parábolas de abundantes pájaros ciegos”. 

 

Nada escapa, entonces, a la esencia del escritor Hernán Rivera Letelier: sueños, oficinas, botellas de vino, pampa, purgatorio, renacimiento del desierto, designio vigilante del abandono. 

 

Sus libros son para todos aquellos que vislumbrando el origen de la sal van levantando cada página, una y otra vez, nada más, dejando que la extensión de la pampa nos recuerde su anhelo cautivo y sus historias amansadas por palabras infinitas.

 

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