La medina de Tetuán en 1860, vista por los cronistas españoles

Juan Goytisolo: "En contra de lo que generalmente se cree, la ciudad islámica fue en sus orígenes producto de una organización racional y programada"

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Rue20 Español/ FEZ 

 

Mustafa Akalay Nasser 

 

In Memóriam

A la memoria del Tetuaní Nourdine Fatah,

que nos dejó el 08/12/2020.

¡Que los dioses le sean propicios! 

 

 

Tetuán es ocupada por las tropas españolas en 1860, a raíz de la guerra hispano-marroquí conocida bajo el nombre de la “guerra de África” guerra que se ha intentado representar y maquillar como “romántica” por la propaganda oficial de la época. En febrero de 1860, los militares españoles al ocuparla, la proclaman “Plaza de Tetuán” y la declaran propiedad de la Corona como lo viene requiriendo la tradición desde la conquista de América Latina. 

 

Tácitamente pues, estos territorios, nuevamente conquistados, pertenecen a la propiedad de la reina Isabel II, la primera interesada en esta empresa colonial y para formarse una clara idea de ello bastará recordar su gesto al ofrecer sus joyas para el tesoro de guerra: 

 

Que se vendan todas mis joyas, si es necesario al logro de tan santa empresa, y que se disponga sin reparo alguno de mi patrimonio. Disminuiré mi fasto: una humilde cinta brillará en mi cuello mejor que hilos de brillantes, si éstos pueden defender la honra de España”. (Miguel Martin).

 

Foto de María A. Trujillo

 

La visión ideológica del desorden de la urbe o medina

 

Según los documentos de la época, los nuevos ocupantes se sienten raramente en armonía con la ciudad de Tetuán. Si en ocasiones llegan a percibir su belleza  a vista de pájaro , al aproximarse a ella, una vez que algunos de ellos se adentran en Tetuán, y más concretamente en la medina, su opinión se modifica y  en la mayoría de las ocasiones dejan notar una sensación de decepción debida en gran parte al hecho de que no logran entender la nueva estructura urbana-(calles angostas y casas apiñadas)-,sus temores, recelos y prejuicios terminan poniendo un límite a sus iniciales entusiasmos y hacen referencia a la suciedad existente en sus calles y al abandono que presentan.

 

La ciudad de Tetuán despertó una inquietud y causó incomprensión en los ocupantes españoles. Nadie pudo librarse de prejuicios. Cada descripción relata una bien concreta decepción y una apreciación muy negativa de Tetuán y sus habitantes, transmitiendo la imagen de una medina sucia y miserable, en estado avanzado de ruina, describiendo su estructura en la calidad de un laberinto tan confuso e inaccesible. 

 

Aquí tiene el nuevo cuadro que trazan los ofensores de Tetuán: 

 

Tetuán es peor que el último pueblo de España; sus calles están sucias, irregulares, estrechas y completamente desadoquinadas, sin aceras, ni cunetas, sin desagües, ni nombres, ni números. El aspecto de sus casas, totalmente desprovistas de balcones, es pobrísimo y miserable. Apenas se ve entre ellas un edificio que merezca llamarse tal. Aquí no hay monumentos, ni paseos públicos, ni teatros, ni fondas, ni cafés, ni casinos, ni mercados. La policía urbana no se ha imaginado siquiera. De noche no hay alumbrado ni serenos. ¡Esto es horrible! ¡Esto es detestable! ¡Aquí no se puede vivir! ¡Un pueblo de la mancha ofrece más comodidades y recursos»

 

Otros sienten un cierto malestar. Entre ellos, el orientalista Emilio de la Fuente Alcántara que dice lo siguiente:

 

Apenas penetramos en la ciudad cuando de golpe se apodera del alma una sensación de tristeza y de desaliento. Casas irregulares y con poca apariencia, esto es lo que se ofrece a la vista desde todas partes”. 

 

Foto de María A. Trujillo

 

Sin embargo, estas descripciones negativas de algunos viajeros se encuentran suavizadas por autores que alaban los encantos de Tetuán y su situación geográfica, caso del literato granadino Pedro Antonio Alarcón autor del libro: Diario de un testigo de la guerra de África, que recoge sus vivencias de voluntario en dicha guerra: 

 

De buen grado me hubiera pasado horas y horas contemplando a Tetuán desde aquella altura. Ciertamente, nada nuevo habría visto que no hubiese observado a la primera ojeada…Pero ¿era acaso la materialidad de un conjunto de edificios lo que yo consideraba con tal avidez, con tal emoción, con tal recogimiento? ¡Oh, no! la ciudad que yo miraba no era ya aquella que se extendía bajo mis pies…Era la ciudad de mis recuerdos, la de mi soñadora fantasía, la de mis amores de poeta. Era la ciudad oriental, la ciudad árabe, cualquier que fuese, llamárase de este o de aquel modo…Era el misterioso albergue de una raza apartada del mundo. Era el secreto de una olvidada historia. Era la realidad de mis ilusiones de niño. Era la Granada del siglo XIV. Era Damasco; era Medina; era Ispahán…”.

 

Otros viajeros que la visitaron, la calificaron de blanca, inmóvil, silenciosa como una tumba, que parecía una ciudad muerta, una ciudad osificada, un esqueleto, una momia, un fósil, algo que no existía. Desde el exterior, la medina mantiene la precisión de su configuración marcada por las murallas como una entidad autónoma y que la mirada puede circundar, seguramente porque gran parte de su perfil está rodeado por enormes extensiones verdes y cementerios. Pero esa precisión compositiva que ofrece al espectador que la contempla desde el exterior, se convierte en caos, en laberinto, en cuanto  penetra por alguna de las puertas y se sumerge en los callejones bordeados por  viviendas cuyos tejados se tocan en pasadizos cubiertos que le hacen pensar al viajero que la medina de Tetuán se convierte a trechos en un inmenso hormiguero subterráneo; o cuando de repente, las construcciones ceden en altura y uno se encuentra paseando entre las tapias de un huerto inesperado y es como si la aglomeración humana quedara muy lejos , hasta que, al torcer un recodo, vuelve a encontrarse inmerso en el reguero de hombres, bestias y mercancías que se aprietan en alguna concurrida calle comercial. 

 

La primera sensación del visitante es la del caos, una sensación que se matiza a medida que empieza a conocer la ciudad y que, si continua en su empeño, acabará casi por desaparecer, ya que la observación le mostrará que la medina de Tetuán se ordena con ritmos vitales evidentes, que, del mismo modo que, de una manera imperceptible, distribuye funciones y profesiones por barrios, su trazado tiene una rigurosa lógica de interacciones entre geografía y hombre. 

 

Foto de María A. Trujillo

 

El conjunto de obras y escritos referentes a Tetuán ha sido por una serie de razones geográficas e históricas, un terreno casi acotado de los viajeros hispanos… La fascinación ejercida por Tetuán es la misma. Belleza insólita, a la vez inmediata y extraña, que trae a la memoria el pasado islámico de España y enfrenta al curioso al misterio de lo desconocido. Pero la mirada del contemplador no es jamás inocente: viene cargada de imágenes, prejuicios, fantasías.

 

Por mejor decir todo forastero llega a Tetuán con una visión previa que se superpone a la real, la matiza, deforma y a veces, la falsifica. Algunos se esfuerzan en captar su esencia a través del filtro orientalista que les lleva a confundir Marruecos con Persia o las montañas del Rif con la selva africana… Otros ceden al cliché y se limitan a engarzar una sarta de estereotipos, sin advertir casi la ciudad real que se les cuela no obstante por los intersticios. Algunos textos literarios, anotaciones y artículos parecen glosar la obra de nuestros pintores orientalistas y su celebración suntuosa del harén. 

 

Privado de sus referencias habituales, el colono encuentra serias dificultades para orientarse en este espacio geométricamente irregular de trazo laberintico que es la Medina. Con lo cual, una de las primeras resoluciones referentes a la circulación en la ciudad de Tetuán llevan a la creación de un nuevo nomenclátor para marcar, adaptar, hacer más sociable y apropiarse el espacio laberíntico de la urbe islámica. 

 

El laberinto es desorientador, y, por tanto, impide la acción en la medida en que el usuario no comprende sus recodos. En su interior, la noción del tiempo desaparece, los sentidos se agudizan y sólo se cuenta con uno mismo para encontrar la salida. Por eso, aunque lo laberintico puede ser atroz para el neófito, es seguro y estéticamente seductor para quien de alguna manera y, consecuentemente puede servirse de él… El habitante conoce su trayecto personal, lo domina y puede al mismo tiempo llegar al lugar de la concentración. El desconocido, el extraño, el enemigo que ignora ese trayecto, no llega nunca, sin costosas inquisiciones, a violar el impenetrable.

 

La mirada objetiva de Juan Goytisolo del orden de la ciudad islámica.

 

Luchar contra los tópicos de propaganda engañosa y la ingente masa de descripciones etnocentristas que envuelven la ciudad islámica o medina la petrifican, enturbian, falsean tal es el propósito de Juan Goytisolo en lo que sigue al definir la urbe o cives islámica como gestación racional y planificada: “La medina islámica salvaguarda la improvisación fecunda, un esquema de vida opuesto a la intervención administrativa, un desafío a la lógica patronal del espacio abierto y saneado, un mayor respeto a las personas y su doble tendencia individual y gregaria. Callejas tortuosas, bifurcación arborescente, caminos sin salida, fructífera vuelta atrás, ausencia de rótulos y numeración, bloques de realidad impenetrable compacta… Alternancia de áreas privadas y públicas, ambigüedad de sus fronteras, percepción diferente de lo secreto… 

 

En contra de lo que generalmente se cree, la ciudad islámica fue en sus orígenes producto de una organización racional y programada. La estructura y forma de la cives dependen ante todo de sus orígenes. Mientras muchas son fruto de una lenta gestación urbana fomentada por un cúmulo de circunstancias, otras han nacido de una simple decisión adoptada por un monarca o jefe. La construcción de ciudades como Kufa, Basora o Fustat prueba la existencia de un plan que deja muy poco a la improvisación o el azar”.

 

 

Mustafa Akalay Nasser es director del Esmab, UPF, Fez.

 

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