La Gestión urbanística de Lyautey en El Marruecos Francés

Francia llevó a su zona de influencia sus inquietudes urbanísticas aun antes que en su metrópolis cristalizaran en un cuerpo de doctrina de alcance general.

0

 

Rue20 Español/FEZ

 

Mustafa Akalay Nasser

 

En materia de intervención urbana y en particular el tema de relaciones entre la nueva ciudad y la antigua medina, El Marruecos Francés bajo el mando del alto comisario Lyautey presenta un modelo urbano diferente al modelo Ensanche instaurado por la administración española en su zona de influencia.

 

La historia del urbanismo en la zona del protectorado francés en Marruecos, está vinculada al encuentro de dos modelos urbanos opuestos en todo, la geometría frente al laberinto, la movilidad (calle abierta) frente a la inmovilidad (callejón sin salida). Esta segregación espacial, resultado de culturas diferentes que de repente eran vecinas, se manifiesta en la elección de una solución arquitectónica y urbanística distinta. Era una cruzada de la línea recta contra la curva: cruzada de sociedades.

 

 

El mariscal Lyautey, inspirándose en los métodos de Alejandro, dispuso que los planes de urbanismo se estableciesen sobre la base del respeto a las antiguas villas marroquíes, que empezaban a ser invadidas por el flujo de los primeros inmigrantes. La idea predominante en Lyautey era el respeto a las creaciones ya existentes. En el fondo de su alma de artista y de su temperamento de aristócrata, Lyautey quería salvar las medinas del vandalismo europeo, no sólo para conservar en ellas todo su contenido artístico o su original y compacto caserío, sino también y muy principalmente, para afirmar su constante voluntad de dejar a los marroquíes vivir según sus costumbres, en los límites del marco que ellos mismos se habían trazado.

 

La voluntad de oponerse al deterioro de las medinas conduce a la creación en 1912 de un servicio de bellas artes y monumentos históricos, confiado a un artista enamorado del Marruecos tradicional Tranchant de Lunel… las servidumbres de construcción y restauración son muy estrictas: adopción obligatoria del estilo neo morisco, servidumbre de altura para evitar que los edificios nuevos destaquen por encima de las construcciones catalogadas.

 

Así fue cómo concibió que las nuevas ciudades europeas, dotadas de todos los perfeccionamientos del urbanismo moderno se levantasen separadas de las medinas. Con ello pretendía también evitar los conflictos que podían derivarse de la promiscuidad de dos núcleos de población que tienen profundas diferencias en su modo de vivir.

 

 

La política urbana de Lyautey en Marruecos responde a una faceta diferente de la ideología colonial vencedora llevada a cabo en Argelia anteriormente: Expresa abiertamente la evidencia de un dualismo extremado, por la yuxtaposición de las medinas, cuya trama y edificios se conservan en su mayor parte, y una ciudad europea, caracterizada por la geometría, el modernismo y la funcionalidad. Más allá de la fractura morfológica, las dos ciudades están vinculadas por un pensamiento urbanístico protector marcado por la voluntad de conservar y reformar la ciudad musulmana, pero buscando en ella una fuente de inspiración. Inversamente, la ciudad europea debe servir de modelo de salubridad o de estética.

 

Pero, acaso, el mariscal Lyautey iba más lejos: dejando a un lado las medinas con todo su bagaje de notas de arte, casas cuidadosamente decoradas, puertas monumentales, mezquitas y fuentes, que él se proponía salvar de la ruina y restaurar con amor, y construyendo aparte la ciudad europea con sus amplias vías asfaltadas, sus grandiosos edificios, sus inmuebles de múltiples pisos dotados de todos los perfeccionamientos de la vida moderna, tal vez Lyautey pensó que el marroquí podría juzgar mejor los beneficios materiales de una civilización de la cual podría considerar sus ventajas e inconvenientes antes de decidirse a adoptarlos.

 

Una vez tomada esta decisión, estructuró los organismos que habían de desarrollarla sobre el terreno. Estos organismos fueron dos: un servicio de bellas artes, al que incumbía el cuidado de investigar, descubrir, clasificar, restaurar y conservar todo cuanto podía presentar interés desde el punto de vista artístico y tradicional; y un servicio de planificación de las ciudades, encargado de examinar, primero, la cuestión en su conjunto; después , en cada caso particular, determinar los cambios y movimientos correspondientes, la posición relativa de los lugares residenciales, de trabajo y de placer, y fijar, en consecuencia, la posición definitiva de las calles principales, edificios administrativos, teniendo en cuenta siempre los accidentes del terreno, la naturaleza del suelo, el sol, los vientos dominantes, etc.

 

 

Para dirigir este último servicio, Lyautey designó al arquitecto Henri Prost, que se había distinguido notablemente en la redacción del plan de ordenación de la ciudad belga Amberes. El criterio que aplica Prost con carácter general a los nuevos trazados de las ciudades de Marruecos es el de desplazar la población europea dejando aisladas las medinas, alrededor de las cuales establece la servidumbre de zonas no edificadas, para conservar sus perspectivas características. A los pocos meses de la firma del tratado Lyautey convierte a Rabat en la capital del país.

 

Rabat estaba situada en una posición ideal para ser la capital administrativa del país, frente al prestigio tradicional de Fez. Además, se encontraba a noventa kilómetros de Casablanca, capital comercial, y en el eje litoral donde se encontraban gran parte de actividades económicas. Estaba también próxima a Kenitra, la zona agrícola más próspera de Marruecos. De ésta forma logra para la capital del país una neutralidad política y social que garantice el desarrollo y la prosperidad.

 

Su pensamiento en palabras de su sobrino Pierre Lyautey, era: “Rabat será como Washington, mientras que Casablanca como la Nueva York de África”. Bajo el lema del respeto a las creencias, costumbres y tradiciones de las diferentes comunidades que conviven en el país, se imponen unos principios rigurosos en materia de urbanismo: la ciudad antigua o medina, debe permanecer intacta; yuxtapuesta a ella y unida por un gran eje de comunicación, se construirán las zonas de residentes: la ciudad moderna. En ella se aplican los principios teóricos del urbanismo más moderno.

 

 

Prost supo sacar partido de la situación excepcional de Rabat, logró disponer las cosas en forma que, desde tres parques, a través de tres conos de visibilidad, pudiera contemplarse el bello panorama de las dos ciudades hermanas Rabat y Salé, blancas, rodeadas de murallas rojas y bordeadas por el estuario del río. La ciudad francesa fue construida extramuros, formando alrededor de la medina un amplio cinturón y compuesta por barrios de densidad muy variable. El urbanista Prost aisló la medina por medio de una avenida de circunvalación y una zona no edificada, y trazó la nueva ciudad escalonándola en dicha pendiente, limitó las alturas de los edificios en zonas sensiblemente paralelas al mar al objeto de que pudiera éste dominarse desde todos los puntos de la ciudad, disponiendo en torno a la medina una primera zona edificada cuya altura no excedía de ocho metros, y las demás con alturas máximas de 12 y 18 metros. Esta última altura, en la única parte comercial de la ciudad.

 

El trazado ceñido a las curvas de nivel deja dos grandes áreas destinadas a barrios de viviendas, en forma de ciudades–jardines. La última zona enclavada sobre la colina es el barrio administrativo donde se sitúan la residencia general y servicios de la dirección del protectorado. En el centro de la ciudad, inmediato a la medina y con objeto de dejar despejada la vista sobre el mismo, se sitúa el parque Lyautey, y en el exterior, próximo al palacio del sultán, se trazan los jardines del Aguedal.

 

Los esfuerzos de Lyautey conducen a éxitos incuestionables, de los cuales el mejor ejemplo es Rabat, debido a una hábil utilización del emplazamiento, a la unidad del conjunto y a su funcionalidad. Lyautey aprendiendo de los errores cometidos en Argelia por los ingenieros del ejército al imponer un control militar del territorio y una serie de intervenciones destructoras en la medina de Argel, es decir un estilo vencedor.

 

 

En el Marruecos francés los actores del urbanismo colonial abandonaron el estilo neoclásico en boga en el siglo XIX para optar por un estilo protector arabizante o neo morisco. Podemos decir que Francia llevó a su zona de influencia sus inquietudes urbanísticas aun antes que en su metrópolis cristalizaran en un cuerpo de doctrina de alcance general. Los medios puestos en práctica por la administración colonial son, por lo tanto, producto de la experimentación de proyectos ambiciosos, para los cuales el territorio marroquí ofrecía un amplio margen de maniobra como laboratorio de nuevas soluciones arquitectónicas y urbanísticas.

 

Mustafa Akalay Nasser es director del Esmab, UPF, Fez.

 

 

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.